endormathom's Journal

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Friday, July 3rd, 2009
8:26 pm - 2009 Gripe A en Argentina
http://es.wikipedia.org/wiki/Pandemia_de_gripe_A_(H1N1)_de_2009
Finalmente los bastardos lo hicieron,no?Resucitar,clonar el virus de la gripe española,y transpferirlo genèticamente.
Yo lo llamarìa el virus Babel.
QUE DIOS NOS AYUDE A TODOS.-y que preserve a los animales de la locura humana-

current mood: distressed
current music: LOTR

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Friday, February 20th, 2009
9:43 pm - Barack Obama y su postulaciòn por derechos de los animales
Entregado por Carina,Vero y catsanddogs@telered.com.ar
Barack Obama, en apoyo de los derechos de los animales
Fuente: HSUS. Traducción: Fundación Altarriba
Durante un mitin en Henderson (Nevada) el demócrata Barack Obama afirmó que no sería sólo un presidente para los americanos, sino también para los animales. "¿Y qué pasa con los derechos de los animales?", le preguntó una mujer durante su aparición en Las Vegas, después de que hablara sobre temas humanos, como la guerra, la sanidad y la economía. Obama contestó que los derechos animales le preocupan, y "no sólo porque yo tenga una hija de 9 años y otra de 6 que quieren un perro". Dijo que como senador había apoyado una ley estatal para prohibir en Illinois el sacrificio de caballos, y que en reiteradas ocasiones había recibido el respaldo de la Humane Society of the United States
"Creo que la manera que tenemos de tratar a los animales refleja la manera que tenemos de tratarnos unos a otros", dijo. "Y es de gran importancia que un presidente de nuestro país sea consciente de la crueldad que sufren los animales".
El entonces senador Barack Obama además respaldaba casi todas las proposiciones de ley en materia de protección animal que estaban en trámite el Congreso, y afirmaba que trabajaría con los departamentos ejecutivos, como el Departamento de Agricultura, para que se implantaran políticas más humanitarias. Ha escrito y hablado sobre el papel importante que tienen los animales en nuestras vidas, como compañeros en los hogares o como fauna salvaje en su propio entorno, y también al servicio del hombre con las fuerzas de seguridad o con discapacitados.
También se ha referido a esa fina línea que separa el maltrato animal de la violencia en el seno de la propia sociedad: "He votado con insistencia a favor de endurecer las penas por maltrato y violencia contra los animales y, esto es importante, para que se exija una valoración psicológica, como parte de la pena impuesta, a quienes se comportan de esa forma, sobre todo en los casos de violencia doméstica, porque debemos ser conscientes de esa relación y trabajar sabiéndolo. Las penas duras son importantes y yo las respaldo, pero hay que ser conscientes de que la encarcelación por sí sola no resuelve todos los problemas. Como presidente, me seguiré asegurando de que se afronte la crueldad con los animales como el hecho grave que es, y porque además presenta una evidente conexión con otras formas de violencia."
Durante los ocho años que ha sido Senador por Illinois, ha votado a favor de al menos doce leyes de protección animal, incluyendo leyes estatales:

• Autorizar la creación de entidades que ofrezcan a los animales de compañía cuidados de por vida.

• Incrementar las penas por crueldad contra los animales

• Exigir pruebas psiquiátricas a quienes abusan de los animales

• Exigir a los veterinarios que informen sobre posibles actos de crueldad o sobre peleas de animales

• Prohibir el sacrificio de caballos para el consumo humano (un hecho destacable porque Illinois es, junto con Texas, el único Estado con mataderos activos de caballos).

• Crear restricciones adicionales para dificultar las actividades de las "fábricas" de perros.

Obama votó en 2005 a favor de eliminar las subvenciones para el sacrificio de caballos, y fue uno de los promotores de una nueva ley para prohibir dicho sacrificio y la exportación de caballos para el consumo humano. También inició acciones legislativas para endurecer las penas por peleas de perros y de gallos, para prohibir la tenencia de perros de pelea y para ser espectador de dicha actividad. Con su firma, solicitó más fondos para aplicar la Ley de Bienestar Animal, la Ley de Sacrificio Humanitario y la ley federal de peleas de animales; también escribió personalmente al Zoo Nacional manifestando su preocupación por las condiciones del elefante Toni. Se ha unido a la lucha contra las "fábricas" de perros y aparece en el libro de Jana Kohl sobre su perro Baby, que sobrevivió una década en un criadero de ese tipo.
Y Obama ha dicho que "para dejar que me presentara a Presidente, mis hijas Malia y Sasha nos han hecho prometer a Michelle y a mí que, tanto si gano como si pierdo, después tendríamos un perro. Así que siguen la campaña con gran interés, en la espera de que se acabe y podamos ir a buscarlo".

El 22 de septiembre de 2008 la HSUS hizo público su respaldo a la candidatura de Barack Obama: "Aunque hemos respaldado a cientos de candidatos al Congreso, tanto Demócratas como republicanos, nunca antes lo habíamos hecho con un candidato a la Presidencia. Tenemos socios de derechas, de izquierdas y de centro, y sabíamos que optar por el candidato de un partido para dirigir el país podría generar controversia. Pero en un momento como este debemos posicionarnos en la carrera política más importante del país. Mantenernos al margen ya no es una opción para nosotros. Anuncio con orgullo que el Consejo de la HSLF ha votado, de forma unánime, para respaldar la candidatura de Barack Obama a la Presidencia de los Estados Unidos. El equipo Obama-Biden es la mejor opción para la protección de los animales, y solicitamos el voto para ellos a los electores, de cualquier afiliación política, que tengan sensibilidad hacia el trato que reciben los animales". Mike Markarian, Presidente de la Humane Society

current mood: chipper
current music: Final act 1 Tuyrandot Pavarotti

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Friday, February 6th, 2009
12:05 am - Idioma Valar
ValarinValarin - como el brillo de las espadas
También llamado: Valian, y (en quenya) Valya o Lambë Valarinwa


HISTORIA INTERNA
Los Valar han creado su propio idioma, indudablemente el más antiguo de todas
las lenguas de Arda. No necesitaban un lenguaje hablado; eran espíritus
angelicales y podían comunicarse mediante la telepatía fácilmente. Pero en el
Ailunindalë dice, "los Valar tomaron para si mismos forma y color" cuando
entraron en Eä al comienzo del Tiempo, llegaron a ser encarnaciones de si
mismos. "La creación de una lambë [lengua] es el interés principal de un
Encarnado," observó Pengolodh, el sabio de Gondolin. "Los Valar, habiéndolos
creado así, inevitablemente habrían hecho, durante su larga estancia en Arda,
una lambë para ellos mismos." ((*)WJ:397). No hay duda de que esto fue,
efectivamente, la causa de que hubiera referencias al idioma de los Valar en la
tradición popular de los Noldor.
Cuando los Eldar llegaron a Valinor, los Valar y los Maiar pronto adoptaron el
quenya y algunas veces lo usaban entre ellos. Aún así el valarin no fue de
ninguna forma desplazado por el quenya, y podía incluso oirse cuando los Valar
estaban teniendo uno de sus grandes debates. "Las lenguas y las voces de los
Valar son grandes y severas," escribió Rúmil de Tirion, "y así también rápidas y
sutiles de movimiento, creando sonidos que encontramos difíciles de imitar, y
sus palabras son mayormente largas y rápidas, como el brillo de las espadas,
como un torbellino de hojas en un gran viento o la caída de piedras en las
montañas." Pengolodh es menos lírico, y también menos cortés: "Simplemente el
efecto del valarin sobre los oidos élficos no era placentero." ((*)WJ:398) El
valarin usaba muchas lenguas que eran extrañas para los idiomas Eldarin.
Sin embargo, el quenya tomó algunas palabras del valarin, aunque a menudo
tuvieron que ser cambiadas para adaptarlas a la restrictiva fonología del alto
élfico. Del Silmarillion recordamos el Ezellohar, el Montículo Verde, y el
Máhanaxar, el Anillo del Juicio. Éstos son préstamos lingüísticos en quenya,
adoptados y adaptados de las palabras valarin Ezellôchâr y Mâchananaskad. Los
nombres de los Valar Manwë, Aulë, Tulkas, Oromë y Ulmo fueron tomados de las
palabras valarin Mânawenûz, A3ûlêz, Tulukastâz, Arômêz y Ulubôz (o Ullubôz). De
la misma forma que el nombre del Maia Ossë (Ososai, Ossai). Los nombres Eönwë y
posiblemente Nessa también parecen ser adoptados del valarin, sin embargo las
formas originales de los nombres no son recordadas.
Algunas veces una palabra en quenya derivada del valarin no significa
exactamente lo mismo que la palabra original. Axan "ley, regla, mandamiento"
deriva del verbo akasân, con el supuesto significado "Dice" - "él" no es otro
más que Eru Mismo. Los Vanyar, que estuvieron en más íntima relacion con los
Valar que los Noldor, también adoptaron más palabras de su lengua, como ulban
"azul" (la palabra original no fue dada). Pero los Valar mismos ayudaron a los
Elfos a traducir palabras valarin a su propia lejana lengua en lugar de adoptar
y adaptar las formas originales valarin. Y de esa forma solían hacerlo: Los
nombres Eru "el Único = Dios", Varda "la Sublime", Melkor "El que se alza en el
Poder" y muchas otras son cien por cien élficas, pero también traducciones de
los nombres en valarin. Véase (*)WJ:402-403 para una lista completa de esos
nombres y palabras traducidos.
Por motivos misteriosos, el valarin también influyó sobre otros idiomas además
del quenya. Es interesante recalcar que la palabra en valarin iniðil "azucena u
otra sencilla flor larga" aparece en el adûnaico (númenóreano) como inzil "flor"
(como en Inziladûn "Flor del Oeste", CI:290). ¿Como pudo entrar una palabra
valarin en el adûnaico? ¿Por medio de los Elfos, posiblemente los Vanya, cuando
visitaban Númenor? ¿Por medio del khuzdul, si Aulë puso esta palabra en la
lengua que creó para los Enanos? Hay una pequeña incertidumbre que dice que la
lengua de los antepasados de los Edain estuvo fuertemente influida por el
khuzdul. No hay ningún documento que diga que algún Vala haya visitado a los
Númenóreanos y les haya hablado directamente, y si alguna vez uno lo hizo,
habria usado un idioma que ellos pudieran entender, no el valarin.
Anthony Appleyard ha puntualizado que una palabra de la Lengua Negra de Sauron,
nazg "anillo", parece ser tomada de la valarin naskad (¿o anaskad? La palabra
está aislada de Mâchananaskad "Anillo del Juicio", así que no podemos estar
seguros de la forma exacta). Como un Maia, Sauron conocería el valarin.


HISTORIA EXTERNA
Las ideas de Tolkien sobre la lengua de los Valar cambiaba con el tiempo. Su
concepto original era que el valarin fuera el último antepasado de las lenguas
élficas - que el élfico primitivo surgiese cuando los Elfos empezaron a aprender
valarin de Oromë en el Cuiviénen (ver CP:195-196). Esta idea fue rechazada más
tarde; en el Silmarillion publicado, los Elfos inventaron su propia lengua antes
de que Oromë los encontrase. Por un rato, todo el concepto de una lengua de los
Valar fue abandonado: En 1958, en una carta a Rhona Beare, Tolkien dijo que "los
Valar no tienen lengua propia, no necesitan una" ((*)Cartas:282). Pero poco
después, en el ensayo Quendi y Eldar, que data más o menos de 1960, el idioma
valarin reapareció, sin embargo ahora fue concebido siendo muy diferente de las
lenguas élficas y desde luego no su antepasado ((*)WJ:397-407). Como se dice
arriba, palabras valarin 'quenyarizadas' aparecen el el Silmarillion publicado:
Ezellohar, Máhanaxar.
En los orígenes encontramos etimlogías élficas para los nombres ahora explicado
como tomados del valarin. Por ejemplo, el nombre de Aulë, dios de la artesanía,
es derivado de un término GAWA "idear, concebir" en las Etimologías (CP:414). El
nombre en valarin A3ûlêz vino después.


LA ESTRUCTURA DEL VALARIN
El valarin usa una gran cantidad de sonidos, y Tolkien también usó
excepcionalmente algunas letras especiales para escribirlos. Hay por lo menos
siete vocales,V a, e, i, o, u (larga y corta), además de æ (como la a en el cat
inglés) y una variedad especial, abierta, de o, probablemente a medio camino
entre las vocales inglesas a.o como en card, y sore. Hay también unas pocas
aspiradas:T: ð (como th en la palabra inglesa the), þ ([como z en zapato]), 3 (
[como la j en jamón] ). Las explosivas incluyen las sonoras b, d, g y las sordas
p, t, k. Las digrafiadas ph, th, bh presumiblemente representan a las aspiradas
explosivas, i.e. p, t, b seguidas por h. Hay, para finalizar, tres silibantes,
z, s y s, la última como sh en la palabra inglesa she. Dos nasales, m y n, son
encontradas. El valarin también tiene la vibrante r y la lateral l, además de
las semivocales y y w.
Muchas palabras siguen el patrón (V)CVCV...etc, con pocos grupos consonánticos,
aunque br, lg, ll, gw, sk, st aparecen de vez en cuando.
Un infijo de plural -um- se da en Mâchanâz pl. Mâchanumâz "Autoridades,
Aratar". Esto es todo lo que podemos decir sobre la gramática valarin. El único
verbo atestado es akasân, ya dicho que significa "Dice". Presumiblemente esta
palabra puede ser separada en una raíz "decir" y afijos significando "él" y
"tiempo presente", pero no podemos aislar los morfemas con ninguna confianza.
Como puntualizó Rúmil, las palabras, especialmente los nombres, tendían a ser
largos, por encima de las ocho sílabas como en Ibrîniðilpathânezel "Telperion".
Casi todos los nombres conocidos de los Valar acaban en -z: A3ûlêz "Aulë",
Arômêz "Oromë" (ver la lista de palabras concerniendo a la escritura), Mânawenûz
"Manwë", Tulukastâz "Tulkas", Ulubôz o Ullubôz "Ulmo". Otros nombres no tienen
este final, como el nombre del Maia Ossë (Ososai, Ossai). Pero quizás
significantemente, las palabras ayanûz "ainu" y Mâchanumâz "Aratar" tienen el
mismo final.
La única cosa que podemos decir sobre la sintaxis es que los adjetivos parecen
seguir al nombre al que se refieren: Aþâraphelûn Amanaisal "Arda Unmarred",
Aþâraphelûn Dusamanûðân "Arda Marred".


LISTA DE PALABRAS VALARIN
Las vocales largas son indicadas mediante el uso de circunflejos (^); las
fuentes usan macros en cambio. Un sonido correspondiente a la palabra alemana
ach-Laut es escrita con la letra griega chi en las fuentes; aquí la grafía ch es
usada en su lugar. En las fuentes, la j escrita a menudo gh por Tolkien es
escrita con una letra especial similar al número 3, que es el que se usa aquí.
Las palabras vanyar para los colores nasar "rojo" y ulban "azul" son formas
derivadas del valarin, pero como las formas originales no son dadas, no se
incluyen en esta lista.

A3ûlêz nombre de significado desconocido, alterado para producir la palabra
quenya Aulë. ((*)WJ:399)
amanaisal "no estropeada" ((*)WJ:401)
aþar "tiempo fijo, festival" (adoptado al quenya, llegando a ser asar en el
dialecto Noldorin con el cambio general þ [th] > s). ((*)WJ:399) Cf. aþâra.
aþâra "fijado, señalado" (cf. aþar) ((*)WJ:399) En Aþâraigas, significaría
"calor fijado" y usado para el sol, y Aþâraphelûn, con un supuesto significado
"morada señalada", pero usada con el mismo sentido como en la palabra quenya
Arda (el significado de esta palabra, puro élfico en si mismo al principio, fue
influenciado por Aþâraphelûn). Aþâraphelûn Amanaisal "Arda no estropeada",
Aþâraphelûn Dusamanûðân "Arda Estropeada". ((*)WJ:399, 401)
akasân con el supuesto significado "Dice" referiéndose a Eru; la raíz de la
palabra quenya axan "ley, regla, mandamiento". ((*)WJ:399)
Arômêz (en las fuentes, la letra ô tiene un til diacrítico que se abre como la
a) un nombre adaptado al quenya como Oromë y al Sindarin como Araw. ((*)WJ:400)
De acuerdo con la etimología del pueblo élfico, Oromë significaba "soplador del
cuerno" o "cuerno soplador", pero el nombre valarin original simplemente denota
a este Vala y no tiene ninguna etimología más allá de eso ((*)WJ:401).
asata "pelo de la cabeza", también sólo sata. ((*)WJ:399)
ayanûz "ainu" (esta palabra quenya es adoptada y adaptada del valarin)
((*)WJ:399)
Dâhan-igwis-telgûn probablemente el nombre en valarin del Taniquetil; vere
(*)WJ:417. El nombre quenya es una adaptación, parcialmente una "perversión"
motivada por la etimología del pueblo: Taniquetil debe ser interpretado "punto
alto y blanco", aunque este no es un buen quenya. Más comun, pero probablemente
una escritura menos exacta: Dahanigwishtilgûn.
delgûmâ una palabra valarin con un significado exacto que no es dado.
((*)WJ:399) Está comprobado, sin embargo, que influyó en la palabra quenya
telumë "cúpula, (especialmente) cúpula de los cielos" (CP:452 raíz TEL, TELU),
que fue alterado a telluma "cúpula", especialmente aplicado a la "Cúpula de
Varda" sobre Valinor, también usado en las cúpulas de la mansión de Manwë y
Varda sobre el Taniquetil. El significado que forma parece ser relevante en
Namarië: Vardo tellumar... yassen tintilar i eleni..." "Las bóvedas de
Varda...donde las estrellas tiemblan..." (ESdlA1/II cp. 8)
dusamanûðân "estropeado" ((*)WJ:401)
Ezellôchâr "el ;Montículo Verde", incorporando la palabra valarin para "verde"
qeu no es dada, pero fue adoptado al quenya como ez, ezella ((*)WJ:399).
Adaptada al quenya como Ezellohar (probablemente evoluciona a *Erellohar en el
dialecto de los Exiliados Noldorin con el cambio general z > r).i
Ibrîniðilpathânezel nombre valarin del Telperion ((*)WJ:401), la etimología no
es dada, pero el nombre parece incorporar iniðil "flor" y posiblemente ezel
"verde" (ver Ezellôchâr arriba). David Salo sugiere la interpretación
*"Plateada-flor-hoja-verde", que si fuese correcto emplicaría la existencia de
los elemento ibri "plateado" (¿o "blanco"?) y pathân "hoja".
igas "calor", aislado provisionalmente de Aþâraigas "calor fijado" (q.v.)
iniðil "lirio, u otra flor simple y larga" (el antecedente de la palabra en
quenya indil, y evidentemente también la del adûnaico inzil) ((*)WJ:399)
mâchanâz, pl. mâchanumâz "Autoridades", usada para nombrar a los grandes Valar,
llamados Aratar en quenya. La palabra valarin fue también una forma adaptada al
quenya como Máhan pl. Máhani.
machallâm cada uno de los asientos de los Valar en el Anillo del Juício,
antecedente de la palabra quenya mahalma "trono" ((*)WJ:399, cf. CI:305, 317)
mâchan supuestamente significa "autoridad, decisión autorizada" ((*)WJ:399). El
antecedente de la palabra quenya Máhan, uno de los ocho jefes de los Valar,
aunque la traducción Aratar era más usual. Este es un elemento en la palabra
Mâchananaskad "Juício-Anillo", Anillo del Juício, adaptada al quenya como
Máhanaxar o traducida como Rithil-Anamo. ((*)WJ:401)
Mânawenûz "El Bendecido, El que está de acuerdo con Eru". En quenya reducido y
alterado para producir Manwë. ((*)WJ:399)
mirub- "vino", un elemento que también aparece en mirubhôzê- (supuestamente el
comienzo de una palabra más larga) = al miruvórë o miruvor quenya, el nombre de
un vino o licor especias, traducido "hidromiel" en la traducción de Namarië en
ESdlA, en donde aparece esta palabra (yéni ve lintë yuldar
avánier...lisse-miruvóreva, "los años han pasado como sorbos rápidos y dulces de
hidromiel", ESdlA1/II cp. 8) Probablemente la palabra fue adaptada originalmente
como *miruvózë, evolucionando a miruvórë en el dialecto Noldorin con el cambio
general de z > r. Puede apareces *miruvózë en vanyarin. RGEO:69 confirma que
miruvórë era "una palabra derivada del idioma de los Valar, el nombre que ellos
le daban a la bebida que se vertía en sus festivales".
naskad (o anaskad?) un elemento aislado provisionalmente de Mâchananaskad y que
posiblemente significa "anillo", ver Lengua Negra nazg.
Næchærra (sin compilar en el vocabulario) el nombre valarin original que fue
adaptado al Quenta como Nahar, el caballo de Oromë, supuestamente onomatopeya de
su relincho. ((*)WJ:401)
Ososai, Ossai un nombre con el supuesto significado de "espumoso", adaptado al
quenya como Ossai > Ossë, Sindarin Yssion, Gaerys. ((*)WJ:400)
Phanaikelûth (sic, no **Phanaikelûþ) supuestamente significa "espejo
brillante", palabra usada para decir luna ((*)WJ:401)
phelûn "morada, vivienda", aislada provisionalmente de Aþâraphelûn, q.v.
rusur "fuego" (también urus) ((*)WJ:401)
sata "pelo de la cabeza", también asata ((*)WJ:399)
sebeth (sic, no **sebeþ) "aire" ((*)WJ:401)
tulukha(n) "amarillo" ((*)WJ:399). Adaptada al quenya de los Vanyar como tulka.

Tulukhastâz (sic - ¿leer Tulukhastâz?) supuestamente es un nombre compueto que
contiene tulukha(n) "amarillo" y (a)sata "pelo de la cabeza", por lo qeu "El de
Pelo Dorado". Adaptado al quenya como Tulkas. ((*)WJ:399)
Tulukhedelgorûs nombre valarin del Laurelin, la etimología no es dada, pero la
palabra incorpora aparentemente una forma de tulukha(n) "amarillo" ((*)WJ:401)
ulu, ullu "agua" ((*)WJ:400, 401). En Ulubôz, Ullubôz.
Ulubôz, Ullubôz un nombre que contiene ulu, ullu "agua", adaptado al quenya
como Ulmo y interpretado "El Derramador" por la etimología del pueblo.
((*)WJ:400)
urus "fuego" (también rusur) ((*)WJ:401)

current mood: cheerful

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12:02 am - diccionario Orco
Diccionario Orco
INTRODUCCION A UN DICCIONARIO ORCO



Abarzgur: abonoGrub: esclavo
Ari: espíritu malignoGurz: muerte
Ash: unoHaft: grilletes
Auga: ojoHai: pueblo; alto; resbaladizo
Bag: despreciableHaltz: áspero
Bal: fuegoHatur: odio
Blog: sangreHnifur: cuchillo
Bog: arco Hom: grupa; trasero
Bolvag: maldiciónHrizg: dolor
Bukra: garraHrja: acosar
Bunga: protuberancia Hugi: mente
Burz: oscuro, nocheHuka: rechoncho
Burzum: oscuridadHundur: perro
Daga: amanecerHogg: golpear
Dofna: entumecidoIlla: peor
Drartul: sargentoIllfysi: malicia
Draugur: fantasmaIllska: maléfico, odiado
Drep(a): matarInras: ataque
Durb: machoJargza: enterrar
Dyr: animalKasta: lanzar
Dy(s): cenagalKaugzi: pintarse
Eitur(ir):venenoKista: pecho
Ekla: carenciaKjaftur: grito
Egur: destruirKjani: (poca) comida
Fha: grandeKragor: colmillo
Flagz: monstruoKrimp: atar
Gaddur: espinaKorlash: quijada
Gagna: ayudante Kuga: fuerza
Galin: locoLaga: mágico
Gash: acuchillar Lug: torre
Ghash: fuegoLuy: vago
Gimb: encontrar Mattugur: poderoso
Glima: luchar Marzgi: aplastar
Gnyia: cóleraMolva: romper
Golug: elfo, especialmente noldo Nagli: uña
Gon(a): mirar Nazgul: espectro del Anillo
Gore: cornear Nazg: anillo
Gra: grisNjosahri: espía
Grafa: excavarOfl(s): fuerte
Gris: cerdoOgnir: terror
Gul: marillo;espectroOng: hierro
Goltur: jabalí Onreinn: sucio
Goth: señor, amoOkurt: tosco
Olog: gran troll
Orka: poder
Ovani: mala costumbreRaendi: ladrón
Ragur: cobardeRaugz: rojo
Rifa: demolerRum: cráneo
Ryk: polvoScara: lobo
Sharku: hombre viejoShiruk: saltador
Sjuk: enfermoSkagza: herido
Skamma: regañina, insultoSkessa: mujer troll
Skrigz: arrastrarse Skrarfa: cobarde
Skugga: sombraSma: pequeño
Snaga: esclavo Stor: enorme
Strigz: guerraThrak: traer
Thrug: asesinoThrugnm: asesinos
Tul: a ellos Uk: todos
Uruk: soldado orcoVelgia: naúsea
Vesall: miserableVir: estrella Blas

current mood: calm
current music: Stand by me

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Thursday, February 5th, 2009
11:51 pm - Rescatando del maletin de yahoo LENGUAJE TELERI TOLKIEN
TelerinTelerin - la lengua de los Elfos del Mar
También llamado Lindalambe, Lindárin (denominación propia, WJ:371)
HISTORIA INTERNA
El Silmarillion, en su quinto capítulo, cuenta cómo los Teleri, después de
cruzar el Mar, habitaron primero en Tol Eressëa: "Allí habitaron los Teleri como lo desearon bajo las estrellas del cielo, y sin embargo a la vista de Aman y de las costas inmortales; y por esa larga estadía en la Isla Solitaria la lengua de ellos fue separándose de la de los Vanyar y los Noldor". Más tarde llegaron finalmente a Aman. Algunos sostuvieron que la lengua de los Teleri era un dialecto del quenya, pero los propios Teleri la consideraron un idioma independiente, el Lindalambe o "lengua de los Lindar". En Aman, los hablantes del telerin sobrepasaban en número a los Vanyar y Noldor, que hablaban quenya,pero ni los Teleri ni su lenguaje estaban llamados a tener un rol predominante en la historia de Arda. Probablemente el telerin y el quenya fueran mutuamente inteligibles, pero su fonología difería grandemente, siendo el telerin a menudo más conservador que el quenya. (Se dice que Finarfin, hablante del quenya noldorin, aprendió telerin, lo cual indica claramente que éste era un lenguaje marcadamente distinto del suyo propio; CI:292 UT:229). El telerin de Aman fue el descendiente mejor conservado del telerin común, la lengua hablada por los Teleri del Gran Viaje desde Cuiviénen y en Beleriand antes de que muchos del Tercer Clan partieran por sobre el Mar. Vuelto a la Tierra Media, el telerin común produjo el nandorin y el sindarin.
Hay al menos un caso de adopción de una palabra telerin por parte del quenya. El descendiente lineal del telerin común *kyelepê "plata" se manifestó como telpe (o telepi) en telerin, y como tyelpe en quenya. Sin embargo: "En quenya la forma telpe fue de uso común por influencia del telerin; porque los Teleri apreciaban la plata más que el oro, y su habilidad como orfebres era estimada aun por los Noldor. Así, Telperion era más común que Tyelperion como nombre del Árbol Blanco de Valinor" (CI:337 UT:266).
HISTORIA EXTERNA
El telerin como lengua juega un papel muy pequeño en la narrativa de Tolkien, y el hecho de que éste, pese a ello, construyera algunas de sus partes confirma que, para él, los idiomas eran tan importantes como las historias, si no más. Los Elfos del Mar estuvieron siempre presente en la mitología de Tolkien, aunque bajo nombres diversos; en los textos más tempranos son llamados Solosimpi (originalmente, Tolkien aplicó el nombre de Teleri al Primer Clan, los Vanyar posteriores). Cualquiera fuera su nombre, evidentemente siempre se visualizó una lengua separada para los Elfos del Mar. En la primera lista de palabras élficas, el "Qenya Lexicon" de 1915, leemos (p. 38): "Felpa alga. Una palabra Solosimpe = filqe. So[losimpe] transformó q > p." Evidentemente, filqe es el equivalente "Qenya" de esta palabra "Solosimpe". Es sorprendente ver que una característica central de la fonología telerin posterior existía ya en 1915: que esta lengua tenía p en lugar del quenya qu (q). El Qenya Lexicon alude brevemente a algunas alternancias vocálicas que tienen lugar en "Solosimpe", pero no parece probable que esta información sea todavía válida en el telerin que Tolkien visualizó más tarde; la palabra felpa no se incluye en la lista más abajo.
Por lo que conocemos, Tolkien nunca mencionó ninguna inspiración específica para el telerin (como el finlandés fue la inspiración principal del quenya, y el galés del sindarin). Algunos detectan un aire italiano en el telerin. Al menos, a Tolkien le gustaba ese idioma: "Sigo enamorado del italiano, y me siento perdido sin la oportunidad de hablarlo" (Cartas #167) [mala traducción de Minotauro: "Sigo estando enamorado de Italia, y me siento perdido sin la
oportunidad de hablar de ello"].
LA ESTRUCTURA DEL TELERIN
Fonología conservadora
A pesar de que a menudo se piensa que el quenya es el lenguaje que menos cambió a partir de la lengua original inventada por los Elfos en Cuiviénen, parece que este honor en realidad pertenece al telerin, al menos en el campo fonológico. La fonología del telerin era conservadora en muchos aspectos. Por ejemplo, el grupo inicial del antiguo quendiano *sp no cambia, como en spanga "barba" a partir de la raíz SPÁNAG. Ninguna otra lengua eldarin, excepto el nandorin, conserva este grupo; tanto el sindarin como el quenya lo cambiaron por f. En tanto que el quenya cambió las b y las d iniciales por v y l (a veces n) respectivamente, estos sonidos permanecen inalterados en telerin: Bala por el quenya Vala (primitivo *Bálâ), delia "ir" por el quenya lelya (primitivo *del-ja, WJ:360).
Después de una vocal, d se transforma en r en quenya, pero no cambia en telerin:
el primitivo *awada "lejos" (reconstrucción mía) produce el quenya oar y el
telerin avad. El grupo medio *kt tampoco cambió (escrito ct en telerin),
mientras que se hizo ht en quenya (compárese el telerin hecta- "rechazar" con su equivalente quenya hehta-). La palabra gáialá "caído, terrible, duro" contiene un ejemplo absolutamente único de una vocal final larga (este tipo de vocales eran frecuentes en la lengua primitiva) todavía conservada en una lengua eldarin tardía: el primitivo *gayalâ (reconstrucción mía). En quenya estas vocales se habían abreviado, en sindarin se habían perdido. Sin embargo, parece que las vocales finales largas normalmente se abreviaban en telerin al igual que en quenya, cfr. aráta, no *arátá, del primitivo *arâtâ "noble" (PM:363).
Los principales cambios fonológicos son: el cambio en telerin común de KW por P (Pendi por Quendi) y la simplificación de ñg y mb iniciales por g y b (el nd inicial probablemente se convirtió en d, como en sindarin, pero nuestro pequeño corpus no contiene ejemplo alguno de esto). El quenya, en cambio, simplificó estos grupos a ñ > n y m (telerin golodo por quenya Ñoldo, Noldo, primitivo *ñgolodo; telerin bar "hogar" por quenya mar, primitivo *mbar). El telerin simplificó ny inicial por n; compárese el telerin nelli *"cantantes" (en Fallinelli) con el quenya nyeldi. El primitivo ky devino t, probablemente
pasando por ty, todavía conservado en quenya. La secuencia dl evidentemente se asimiló en ll: edlo (WJ:363) pasa a Ello. Puede observarse que en la palabra engole "sabiduría" (raíz ÑGOL) se ha desarrollado una vocal e delante de una ñ evidentemente silábica; en quenya esta vocal fue i (ingolë, WJ:383 cfr. PM:360; compárese también el telerin endo con el quenya indyo, ambos a partir de la raíz ÑGYÔ). La primitiva w inicial se convirtió en v, p. ej. en vilverin "mariposa" de la raíz WIL; compárese con el prefijo vó- que desciende de WO. En posición intervocálica se dio el mismo cambio, pues *kawâ "casa" (reconstrucción mía) produce cava (en quenya coa; el cambio de áwa, *áua por oa no ocurrió en telerin). Según WJ:367, "v sigue sonando como w"; ¿significa esto que no ocurrió en realidad ningún cambio, sino que las convenciones de escritura del quendiano primitivo y el telerin simplemente diferían en cuanto a la representación de [w]? Entre una consonante y una vocal, la semivocal w se convirtió en una vocal u plena; compárese el quenya Olwë, vanwa con el telerin Olue, vanua. De modo similar, y (también escrito como j por Tolkien) se hizo i, pues el primitivo delja "ir" produce delia (contrástese con el quenya lelya). El nombre Findo "Thingol" sugiere que el primitivo th se mafestó como f en telerin, por lo menos en posición inicial: la palabra bredele "haya" a partir de BERÉTH parece indicar que, después de una vocal, *th se hace, en cambio, d; ¿todas las oclusivas aspiradas sordas se convirtieron en oclusivas sonoras en esa posición? ph inicial da como resultado f, como en ferne a partir de PHÉREN, de modo que raíces como THIN y PHIN deben haberse mezclado en telerin. En una fuente tardía, Tolkien afirmó que el telerin poseía þ, sc. th como en el inglés think (PM:332), pero este sonido no aparece en nuestro corpus. En otras lenguas élficas que sí
tienen þ, el th primitivo aspirado es siempre uno de los orígenes de este
sonido, de modo que Tolkien quizás había cambiado de opinión con respecto al
desarrollo de esta aspirada en telerin. Pero, por supuesto, el telerin también puede haber desarrollado þ por otras vías.
El problema de la síncopa: El 17 de diciembre de 1972 (muy reciente = muy
confiable), Tolkien escribió a Richard Jeffery: "Tienes razón, por supuesto, al ver que la palabra para "plata" apunta a un[a forma] orig[inal] *kyelepê:
q[uenya] tyelpe (con síncopa regular de la segunda e]; s[indarin] celeb, y
telerin telepi (en telerin la síncopa de la segunda vocal en una secuencia de 2 vocales cortas de la misma calidad no era regular, sino que se daba en palabras largas, como Telperion)" (Cartas #347; se ha confirmado que telepi es una lectura errónea de *telepe; obsérvese que Humphrey Carpenter, al editar esta carta, se equivocó al leer el quenya ortane como "ortani" en la misma página de Cartas). Esto concuerda con material de las ya lejanas Etimologías de fines de los '30, y a la vez lo contradice. Bajo ÑGOL encontramos la foma sin síncopa golodo como la palabra telerin para "Noldo" (primitivo *ñgolodô, PM:360/WJ:383).
Sin embargo, en las Etimologías la palabra telerin para "plata" se da como telpe (KYELEP/TELEP), no telepi. En el ensayo Quendi y Eldar, de aproximadamente 1960, la palabra telerin para Noldo se da en la forma con síncopa goldo (WJ:383), no golodo. Debemos aceptar la información más reciente de Cartas, y rechazar la forma goldo, y más aún si la forma sin síncopa golodo reaparece en un ensayo no anterior a 1968 (PM:360). Sin embargo, los compuestos Goldórin y Goldolambe como nombres telerin del quenya pueden permanecer, siendo "palabras largas" en las que golodo se contraía, tal como telepe se contrae en Telperion. Nótese que el nombre telerin de Galadriel, Alatáriel, nombre que le dio su amante teleri teleporno/Celeborn, sufrió una síncopa y quedó como Altáriel cuando se lo adaptó al quenya (aunque es cierto que la forma quenya debería haber sido Ñaltariel, PM:347). La mayor parte de las evidencias, así, apoyan la idea de que normalmente no había síncopa en las palabras telerin. Parecería que Tolkien estaba en una fase "de síncopa" cuando escribió el importante ensayo Quendi y Eldar cerca de 1960; nótese que la palabra para "árbol" se da aquí como galla (cambiado por Tolkien a partir de galda), que representa obviamente el primitivo
galadâ. Luego de que Tolkien revisara (¡otra vez!) la fonología, la palabra
telerin para "árbol" hubiera sido, probablemente, *galada. (Todavía podemos
aceptar galla como una palabra telerin válida; quizás se vio influida por el
quenya alda. Los Teleri pueden haber adaptado el dual quenya Aldu, referido a
los Dos Árboles, como *Gallu, haciendo luego una forma singular basada en esta palabra).
A la luz de los muchos rasgos conservadores de la fonología telerin, ¿cómo
podían los Noldor insistir en que era el quenya, más que el telerin, la lengua que conservó "de manera más fiel el antiguo carácter del habla élfica"? (WJ:374). Es cierto que Tolkien imaginó que los Elfos tenían una comprensión más profunda de su lengua como un todo (PM:398), así que quizás debamos entender que la estructura fundamental contaba tanto como el "sonido" exterior de la lengua. El que el quenya hubiera convertido la oclusiva sonora original b en una v fricativa fue percibido quizás como un cambio totalmente superficial, dado que esto implicaba meramente una nueva forma de producir el fonema /b/. El telerin, por otra parte, no había introducido muchos sonidos nuevos si se lo compara con l élfico primitivo, pero había habido algunas simplificaciones de envergadura en el sistema fonémico. Había abandonado las series palatalizadas y velarizadas, y las había mezclado con otras clases, con el cambio de kw a p como ejemplo prominente: esto no era meramente una nueva forma de producir un fonema previamente existente, sino una combinación con un fonema existente, dado que la lengua ya tenía /p/. Los Noldor pueden haber percibido los cambios en el sistema fonémico como algo muy drástico, incluso si el "sonido" general de la lengua seguía siendo parecido. El quenya, por otra parte,retuvo muchas de las oposiciones fonémicas originales. El hecho de que la producción efectiva de los fonemas en cuestión haya cambiado a menudo puede haber parecido menos importante para los Eldar: a la hora de decidir si una lengua era "conservadora" o no,pueden haberse fijado más en que la estructura profunda permaneciera intacta,y no tanto en la producción exterior y superficial de esta estructura. (Cfr. la vehemente oposición de Feanor a la mezcla que se estaba produciendo en el quenya
entre þ y s: esto, una vez más, implicaba la combinación de dos fonemas
originalmente distintos,y los Amos del Conocimiento estuvieron Universalmente
en contra de un cambio tal. Véase PM:335).
Gramática telerin
Nuestro conocimiento, por supuesto, es totalmente fragmentario.Pueden hacerse
las siguientes observaciones:
El plural: La terminación de plural era aparentemente -i en todos los casos: él "estrella" pl. éli, Ello "Elfo, Elda" pl. Elloi. El quenya tiene la misma
terminación, como en Quendi, Teleri, pero se prefería la terminación de plural -r en el caso de raíces terminadas en vocales distintas de e, como en Valar, Noldor. El telerin también usa -i en el caso de raíces de ese tipo: compárese el quenya Lindar con el telerin Lindai. Según PM:402, la terminación de plural -r era una innovación que surgió primero en quenya noldorin, adoptada luego por los Vanyar, pero que evidentemente nunca llegó al telerin. Quizás el telerin usara también -i en las formas plurales de los verbos: él síla "brilla una estrella", *éli sílai "brillan estrellas".
Terminaciones de caso: Es muy probable que el telerin tuviera un sistema de
casos tan elaborado como el quenya, pero sólo conocemos un par de terminaciones.
Éstas sugieren que eran en general similares a las terminaciones del quenya. El telerin tenía la misma terminación de genitivo -o que el quenya. Era "usado más ampliamente que en quenya puro, es decir, en la mayoría de los casos en que el inglés usaría la inflexión -'s, u of" (WJ:369). A diferencia del sistema quenya,-o no se convirtió en -on en el plural (presumiblemente, se añadió simplemente al tema plural en -i, de modo que el genitivo plural de -él sería *-élio). La terminación de alativo -na (quenya -nna) está documentada en la palabra lúmena a partir del equivalente telerin de Elen síla lúmenn' omentielvo: Él síla lúmena vomentielguo. Compárese con el -na del sindarin Tuorna *"hacia Tuor".
Verbos: Sólo se conocen unos pocos verbos. Se da el pasado de delia- "ir" como delle, formado evidentemente directamente de la raíz del-; los verbos quenya (C)VC- también forman su pasado con la terminación -lë cuando la consonante final es l (p. ej., wil- "volar", wille "voló"). El presente (continuativo) está arcado, aparentemente, por la terminación -a, como en síla "brilla", idéntico a la forma quenya. Lo mismo que en quenya, las raíces verbales básicas parecen tener su vocal de la raíz alargada en el presente: de ahí que la forma sea síla, no **sila (raíz SIL). Probablemente la terminación de pasado quenya -në sea válida también en telerin, así que el pasado de hecta- "rechazar" sería *hectane (en quenya hehta-, hehtanë), pero no está documentada esta terminación en nuestro pequeño corpus. El perfecto del (muy irregular) verbo auta- "partir,alejarse" se da como avánie, lo cual sugiere que en telerin, tanto como en quenya, se usa el truco de prefijar la vocal de la raíz como un aumento en el perfecto.Es evidente que los imperativos tienen, al igual que en quenya,la terminación -a, como en éla! "¡mira!".
Pronombres: Conocemos un pronombre impersonal pen "uno, alguien, alguno". Se ve una terminación pronominal -n "yo", conocida también a partir del quenya, en aban "yo rehuso". Hay dos terminaciones de posesivo documentadas: -ria "su (de él)" en cavaria "la casa de él, *su casa" (WJ:369) y *-ngua "nuestro" (dual inclusivo),documentado solamente con la terminación de genitivo -o en
vomentielguo "de nuestro encuentro" (WJ:407). Esta terminación -ria cubre
probablemente tanto "su (de él)" como "su (de ella)", como lo hace el quenya
-rya. En el caso de un poseedor individual, a menudo se usó, en lugar de la
terminación de genitivo, una construcción que incluía estas terminaciones de
pronombre posesivo: "La casa de Olwë" se diría normalmente cavaria Olue "la casa de él, Olwe", en vez de cava Olueo.En quenya era válida una construcción similar. Las relaciones de genitivo también podían expresarse con sólo el orden de las palabras: cava Olue o (más antiguo) Olue cava; pero tales construcciones, al parecer, eran menos comunes.
Derivación: Se advierte una terminación de genitivo -ia en arpenia, adjetivo
derivado del sustantivo arpen "(hombre) noble". La terminación -ima,
"-able/-ible", bien conocida por el quenya, aparece en abapétima, "que no se ha de decir, *indecible".
Orden de los elementos en los compuestos: En PM:346,se nos informa que "el
orden de los elementos en los compuestos,especialmente en los nombres propios,
permaneció bastante libre en las 3 lenguas eldarin [quenya,telerin,sindarin; ¿olvidó Tolkien el nandorin?], pero el quenya prefería el orden (más antiguo) en el que las raíces adjetivas precedían, mientras que en telerin y en sindarin los elementos de adjetivo a menudo estaban situados en segundo lugar, especialmente en los nombres de factura reciente, según la ubicación normal de los adjetivos en el habla ordinaria de esos idiomas". A causa de esto, a veces era más fácil sindarizar los nombres telerin que los del quenya puro, como Findaráto y Angaráto (con el elemento de adjetivo aráto [véase aráta en la lista de palabras] al final), que devienen Finrod y Angrod en sindarin.
LISTA DE PALABRAS TELERIN con notas etimológicasLas vocales largas están indicadas con acentos; las fuentes usan para ello marcas largas. No se usa aquí la diéresis; en las fuentes señala unas pocas letras e finales, en las palabras de PM (Altáriellë, riellë, Olwë), pero no se usa para palabras telerin en otros sitios. En PM:365 se dice que el telerin tenía un "amplio vocabulario de palabras marinas", como podría esperarse de la
lengua de los Elfos del Mar, pero son pocas las palabras de ese tipo que se
halla en nuestro pequeño corpus. En las notas etimológicas, las formas
primitivas "reconstruidas" por Tolkien mismo no están marcadas con asterisco.
aba- (1) prefijo que señala algo prohibido: abapétima "que no ha de
decirse" (WJ:371). Compárese con el quenya ava-- y con el verbo emparentado aba y el imperativo abá. Derivado de la raíz primitiva ABA-, véase aba- #2 debajo.
aba- (2) verbo "rehusar", documentado solamente en la forma aban "yo
rehúso, no lo haré" (WJ:371): esto incluye la terminación pronominal -n "yo", q. v. El verbo aba- refleja directamente la forma y el significado de la raíz
verbal ABA- (WJ:370; no aparece en las Etimologías), de la cual se dice que es una elaboración de un elemento negativo primitivo BA "¡no!". Nótese que estos elementos tienen relación con la negativa para hacer algo, no con la negación de la veracidad de (lo que otros presentan como) un hecho.
abá "¡No (hagas eso)!", abá care "no lo hagas" (WJ:371). Abá es otro
derivado de los elementos primitivos BA, ABA-; véase aba- #2 arriba. Esta forma es, indudablemente, un equivalente directo del quenya avá, del cual se dice (en WJ:371) que incluye la partícula imperativa primitiva â; abá "no (hagas eso)" parecería representar así una frase imperativa *aba-â, *ab-â "¡rehúsa (tú)!"; en lo que respecta al segundo elemento de la frase abá care, véase care.
aipen "si alguien, quienquiera que"(WJ:375 cfr.372).Aparentemente,uno de los "pocos compuestos antiguos" (WJ:362) que incluyen el elemento pen
"persona", q. v. Compárese con el quenya aiquen; cfr. además el telerin arpen.
El prefijo ai parecería significar algo así como "cualquiera", de donde
literalmente *"cualquier persona", pero no puede ofrecerse ningun etimología
plausible de este elemento.
alata "radiación, reflejo brillante"(PM:347).Derivado de una raíz del eldarin común ÑAL "brillar por reflejo"; la forma primitiva está dada como ñalatâ "radiación, reflejo brillante", refiriéndose al brillo del agua, de las joyas, del vidrio o de los metales pulidos. Contrastado con el quenya ñalta, el telerin alata es un buen ejemplo de palabra no asincopada, con la segunda de un par de vocales idénticas conservada, no perdida como en quenya (cfr. Cartas #347). Ésta es la única palabra que provee un ejemplo de cómo se comporta en telerin la ñ (en tanto que opuesta de ñg-) inicial primitiva: se pierde sin dejar rastros.
Alatáriel, Alatárielle "Galadriel", "Doncella coronada con una guirnalda de brillante radiación" (compuesto de alata y rielle, q. v.) (PM:347,CI:337 UT:266). En MR:182, la forma primitiva del nombre de Galadriel se da como
galata-rîg-elle,pero esto hubiera producido en cambio **Galatáriel,
**Galatárielle. Sin embargo,Tolkien reinterpretó el elemento inicial,
derivándolo de ñalatâ- en vez de galata; véase alata más arriba.
alpa "cisne" (CI:335 UT:265, CP:403 s. v. ÁLAK). Forma primitiva dada
como alk-wâ, derivada de una raíz ÁLAK "impetuoso" (CP:403); alk-wâ parecería
ser una formación adjetiva (terminación -wâ), de modo que la palabra primitiva probablemente tendría el mismo significado que la aíz: "impetuoso", usado luego como un sustantivo "el impetuoso" y aplicado a un animal.
anga "hierro" (PM:347). No dado como palabra telerin en las Etimologías, pero dado que el equivalente quenya es idéntico en forma y significado, ambas palabras provienen del primitivo *angâ (CP:404 s. v. ANGÂ).
Esto se confirma con PM:347, donde se dice que angâ es una forma del eldarin
común. Parece que la raíz misma significa simplemente "hierro". En PM:366, se
menciona una raíz ANGA "hierro" entre las cuatro raíces para metales que son
comunes a todas las lenguas eldarin (las otras indican oro, plata y cobre).
Angaráto "Angrod"(PM:346).Aparentemente="hombre eminente-hierro",un compuesto de anga y aráto, q. v.
aran "rey", aislado a partir de Ciriáran, q. v.
aráta "noble" (evidentemente, personalizado en Angaráto, Findaráto)
(PM:363). La forma primitiva de aráta está dada en PM:363 como arâtâ, donde se explica que consiste en un raíz ara- "noble" (que no está en las Etimologías) "expandida" en arat- (véase Extensión en la sección "La raíz y sus modificaciones" en el artículo sobre el élfico primitivo); a esta raíz extendida se ha sufijado la terminación de adjetivo -â (WJ:382); el adjetivo resultante arâtâ mantiene el significado de la raíz. Para el alargamiento de la vocal en la penúltima sílaba, compárese quizás con formas como narâka (léase narâkâ) "rápido, violento" de la raíz NARÁK (CP:433). El sustantivo ñalatâ desde la raíz ÑAL (véase alata) expande la raíz a ñalat- tal como ara- está expandida a arat- en arâtâ, pero, quizás significativamente, la vocal de la penúltima sílaba no está alargada en ñalatâ. La forma aráto *"hombre noble" descendería de arâtô, con la terminación de masculino -ô en vez de la de adjetivo -â, no puede derivar del adjetivo aráta en una fecha tardía.
arpen "(hombre) noble" (WJ:375). Uno de los "pocos compuestos antiguos" (WJ:362) que contienen el elemento -pen "persona" (q. v.); el prefijo
ar- claramente debe relacionarse con la raíz ara- "noble" mencionada en PM:363.
arpenia *"noble", adjetivo correspondiente a arpen (WJ:375),la terminación de adjetivo -ia descendería del primitivo *-jâ (quenya -ya).
au también au- "fuera, lejos" como prefijo verbal. La expresión de Tolkien no es del todo clara, pero au parece ser no sólo un prefijo sino también un adverbio independiente "lejos", que corresponde al quenya oa (WJ:367 cfr. 365).Derivado de la raíz primitiva AWA,que "se relacionaba con un lejamiento,
desde el punto de vista de la cosa, persona o lugar desde la que el sujeto se
aleja" (WJ:361). Se dice que el quenya oa "lejos" deriva de awâ (WJ:366), y ésta al parecer es también la fuente del telerin au.
Audel "Elfo que partió de la Tierra Media", pl. Audelli (WJ:364 cfr.
360, 376). Forma primitiva dada como awa-delo o awâ-delo, literalmente
*"lejos-que parte", de la raíz AWA "lejos" + delo, una formación de agente
primitiva "que parte", proviniente de la base verbal DELE "ir" (WJ:360). Nótese, sin embargo, la doble ll en el plural; esto indica que el elemento final de la palabra era asociada (incorrectamente, desde el punto de vista de la etimología) con el sustantivo ello "Elfo, Elda". Compárese con el quenya Oarel pl. Oareldi (WJ:363), asumiendo que el elemento final es en realidad una forma abreviada de elda.
auta- "partir, abandonar". Pasado váne y perfecto avánie en el sentido
más abstracto "perderse", vante con perfecto avantie en el sentido concreto
"partir"; participio pasado vanua. (WJ:367 cfr. 366). Derivado de la raíz
primitiva AWA, que "se relacionaba con un alejamiento, desde el punto de vista de la cosa, persona o lugar desde la que el sujeto se aleja" (WJ:361), o de la raíz más corta *wâ- (WJ:366). Auta- vendría de *autâ (por *awtâ-) con una terminación verbal -tâ que está muy bien documentada (frecuentísima en el caso de verbos transitivos e incluso causativos, pero este verbo no es uno de ellos).
El pasado váne refleja la raíz más corta wâ-, a la cual se añade la terminación de pasado -ne también conocida por el quenya: forma primitiva probablemente *wânê. El pasado alternativo vante está conectado con auta-, una formación de pasado derivada por infijación nasal (antes de la t) y la terminación -e; sin embargo, podríamos haber esperado más bien *avantë, correspondiéndose de cerca con el equivalente quenya oantë (WJ:366, del cual se afirma que deriva de áwa-n-të). Quizás la a inicial desapareció bajo la influencia de la forma paralela váne. El perfecto avánie tiene un equivalente quenya idéntico, que según se dice deriva de awâniiê (WJ:366), sc. probablemente la raíz wâ con la vocal de la raíz prefijada y la terminación -iiê sufijada (evidentemente, la formación de perfecto primitiva normal); se afirma que la n se ha "introducido desde el pasado", sc. que ha aparecido en el perfecto por confusión con la forma de pasado váne (*wânê). El perfecto alternativo avantie, que corresponde al quenya oantië, parecería provenir de *awantiië. Esta forma puede estar influida por la forma de pasado vantë. El participio pasado vanua, en quenya vanwa, debe derivar directamente de la raíz wâ-; claramente se supone que la forma primitiva es *wânwâ o *wanwâ, donde la terminación -nwâ parece más que nada una versión con infijo nasal de la terminación de adjetivo -wâ.
avad "lejos" (WJ:367 cfr. 366). Derivado de la raíz primitiva AWA,
definida bajo auta- más arriba. Se dice que el quenya oa "lejos" deriva de awâ (WJ:366). El equivalente directo de avad es más bien una palabra quenya bastante distinta, oar, donde la -r final refleja una -d anterior que se conservó sin cambios en el telerin. Esta -d es el residuo (eldarin común) de la terminación primitiva de alativo -da, "que indica movimiento a o hacia un punto" (WJ:366).
Avad parecería representar por lo tanto *awâd(a), literalmente "hacia lejos".
Tolkien observa que el quenya oa puede referirse tanto al reposo (como en "allá lejos") como movimiento (como en "irse lejos"); pero oar, que incluye el resto de una terminación de alativo, presumiblemente se refiere sólo a movimiento, y esto corre también para el telerin avad. (La forma correspondiente al quenya oa parecería ser au).
avánie véase auta.
avántie véase auta.
bá exclamación usada para rechazar: "No lo haré" o "¡No (hagas eso)!"
(WJ:371). Derivada directamente del primitivo elemento negativo BA "¡no!"
(WJ:370).
Bala "Vala".En las Etimologías derivado de una raíz no definida BAL (CP:405); sin embargo, se compara con BAL un apartado posterior BEL "fuerte". La forma primitiva de bala se da como *bálâ, una formación, al parecer, paralela a
Bánâ a partir de BAN; véase Bana más abajo. En WJ:403 Tolkien proporciona alguna información acerca del quenya Vala, pariente cercano de Bala. Vala (y por lo tanto Bala) es propiamente un verbo "tiene poder"; y el plural Valar (telerin *Balai) puede interpretarse como "tienen poder". Más adelante estos verbos fueron usados como sustantivos: "un Poder, los Poderes". Bana "Vana", nombre de una Valië (escrito Vána en el Silmarillion publicado).Forma primitiva dada como Bánâ. La terminación -â es normalmente de adjetivo, y nunca explícitamente femenina; puede ser simplemente la vocal temática sufijada y alargada. Bánâ deriva de una raíz BAN (CP:406), no definida
en sí, pero que parece tener que ver con belleza; es el origen del quenya vanya "hermoso" (telerin *bania, no documentado).
bar *"hogar", aislado de Heculbar, Hecullobar. La forma quenya es -mar
(cfr. Heceldamar). Esta palabra telerin no se da en las Etimologías, pero es
claro que debe relacionarse con la raíz MBAR, "morar, habitar" (CP:430), y esto está confirmado por la historia fonológica: cuando una forma telerin (o
sindarin) en b- corresponde a una forma quenya en m-, la palabra primitiva
siempre comenzaba con la oclusiva nasalizada mb-.
Baradis "Varda", cambiado por Tolkien a partir de Barada. Esta forma
rechazada era el equivalente directo del quenya Varda; la forma primitiva se da como barádâ, un adjetivo "elevado, sublime", derivado de la raíz BARÁD (CP:407) con la terminación de adjetivo común -â. (Compárese con la palabra branda de la misma raíz). La raíz BARÁD no estaba en sí definida, pero la raíz BAR, cuyo significado original fue probablemente "elevarse", se compara con BARÁD en CP:407. Evidentemente, debe entenderse BARÁD como una forma extendida de BAR, aunque las extensiones en D son raras (lo normal es S o T). Cuando Tolkien cambió Barada por Baradis derivó esta última forma de una raíz BARATH, no definida pero "probablemente relacionada con BAR y BARÁD" (CP:407). Baradis está conectada con una forma primitiva Barathî, que representa claramete la raíz BARATH con la terminación primitiva de femenino -î (quenya -i como en heri "dama"). La th primitiva postvocálica se resuelve en d en telerin (compárese bredele "haya" a partir de la raíz BERÉTH), de modo que podríamos haber esperado que Barathî produjera *Baradi. Tolkien sugiere que la palabra telerin fue influida por barádâ "elevado", pero esto parece innecesario para explicar cómo th se convirtió en d, y no explica la s final de Baradis. En tanto que Tolkien no se refiera directamente a esta cuestión, debemos asumir que *Baradi se transformó en Baradis por influencia de una palabra derivada de la raíz NDIS (CP:434), forma reforzada de DIS "mujer". Una forma primitiva ndis- hubiera producido dis- en telerin. Baradis puede interpretarse así como "Dama Elevada".

current mood: cheerful
current music: ADRIANO CELENTANO PREGHERO

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11:31 pm - Vocabulario Tolkiano
VocabularioUna cata de élfico
Una vez Tolkien dijo que había "catado"un número de jenguajes en vez de
estudiarlos ((*)MC:192). Para proveer una "cata" de élfico he recolectado aquí
un número de términos del vocabulario quenya y sindarin, agrupándolos bajo
varios encabezamientos. Esto debe permitir a los estudiantes potenciales valorar
en estilo de estos idiomas y quizás dar sentido a la fusión de sonido y
significado que tanto alegró a Tolkien. Por supuesto, esta lista debe ser
únicamente de ayuda para adquirir algún vocabulario básico, pero temo que dentro
de un largo tiempo después veamos un tesoro élfico completo.
I: VOCABULARIO QUENYA SELECCIONADO
Saltar al sindarin
PUEBLOS: Quendë "Elfo" (pero esta es una palabra técnica reemplazada normalmente
por Elda, que se refiere estrictamente a los Elfos no Avari), Atan "Hombre
(mortal)" (pero este término debe ser asociado en principio con las Tres Casas
de los Edain), Firya y Fírima "Mortal", Nauco "Enano" (también Casar, del
khuzdul Khazâd), Picinauco o Pityanauco "Enano Mezquino", Orco o Urco "Orco".
Términos generales (presumiblemente) aplicable a todas las razas: quén "persona"
(pl. queni), nér "hombre" (pl. neri; cf. también vëo o vëaner = "adulto"), nís o
nissë "mujer" (pl. nissi), hína "niño/a", lapsë "bebé", seldo *"chico" (?),
wendë después vendë "doncella, chica". Un "pueblo" en conjunto es llamado un lië
(de ahí Eldalië = el pueblo de los Elfos ).
LA FAMILIA: verno "marido", vessë "esposa", indis "prometida" (algunas veces
usado para "esposa"), atar "padre" (atto = *"papá"), amil o ammë "madre" (mamil
= *"mamá"), yondo "hijo", yeldë "hija" (cambiado a yendë en las Etimologías,
pero el material posterior sugiere que Tolkien restauró yeldë), toron "hermano"
(pl. torni), onónë o seler "hermana" (pl. selli), indyo "nieto/a, descendiente",
onóna "gemelo" (pl. ónoni). Comparar con la palabra para "hermano" listada
arriba, también existe otorno "hermano jurado, cómplice" (la forma femenina
parece ser osellë, glosada "hermana, cómplice").
ANIMALES: Palabra general celva "animal que se muevel", cf. también laman (usada
para los cuadrúpedos, no para los insectos o los reptiles), andamunda
"elefante", huo "perro" (ronyo "perro de caza"), hyalma "concha" (¡al menos
técnicamente un animal y no una planta!), leuca "serpiente" (también ango pl.
angwi), lingwë "pez" (hala "pez pequeño"), lókë "gusano, dragón" (también la
forma extendida angulókë; cf. también rámalókë "dragón alado", urulókë "dragón
de fuego", lingwilókë "serpiente de agua"), máma "oveja", morco "oso", mundo
"buey" (esta palabra también puede significar "hocico"), *nyaro "rata" (mal
escrito "nyano" en CP:437), rá "león" (pl. rávi), ráca y narmo "lobo" (nauro
"licántropo"), rocco "caballo", rusco "zorro", wilwarin "mariposa". El material
temprano posee mëoi "gato", pero esta palabra parece extraña en quenya maduro
(ningún otro singular en -oi). Una fuente temprana tiene nion o nier para
"abeja", noldarë o nolpa para "topo" y yaxë (o yaxi) para "vaca. Aves: aiwë o
filit "pájaro (pequeño)" (pl. filici), alqua "cisne", ammalë un pájaro amarillo
o "escribano, cerillo", cu o cua "paloma", halatir o halatirno "martín
pescador", lindo "cantador" (pájaro cantador), lómelindë "ruiseñor" (tindómerel
= Sindarin tinúviel), maiwë "gaviota", soron o sornë "águila", tambaro "pájaro
carpintero", tuilindo "golondrina", quáco "cuervo" (también corco).
PLANTAS: olva "planta", uilë "planta trepadora larga, especialmente alga" (que
es explícitamente ëaruilë), salquë "hierba", sara "hierba seca y tiesa", lassë
"hoja", olwa "rama", tussa "arbusto", hwan "esponja, hongo", lótë "flor", lossë
"flor (de azahar)" (normalmente blanca), nieninquë "campanilla de invierno",
asëa aranion "athelas, hojas de reyes". Árboles: alda "árbol", ornë "árbol" (más
pequeño y más delgado, como un abedul o un serbal silvestre), alalmë "olmo",
feren "haya", ercassë "acebo", malinornë "mallorn", norno "roble", tasar o
tasarë "sauce", tyulussë "álamo". (Ver también la Botánica de David Salo, que
cubre el "qenya" temprano de Tolkien.)
METALES, SUBSTANCIAS, ELEMENTOS: erma, orma y hroa "materia (física)", tinco o
rauta "metal", malta "oro" (también la forma poética cullo "oro rojo"), telpë o
tyelpë "plata", anga "hierro", cemen "tierra", nén "agua", nárë "fuego, llama",
vilya, wilma o wista "aire", lossë "nieve", helcë "hielo", litsë "arena", asto
"polvo", ondo "piedra" (como material, también se usa como roca), rossë "rocío",
hrávë "carne"(no la comida, si no lo que cubre los huesos), sercë "sangre"
(también yár), hyellë "vidrio", tó "lana", fallë "espuma".
PARTES DEL CUERPO: cár "cabeza", loxë o findë "pelo" (el término para una cabeza
con pelo es findessë), anta "cara", hén "ojo" (pl. hendi, o dual hendu), lár
"par de orejas", nengwë "nariz", anto "boca", pé "labio" (esto de acuerdo con
una fuente posterior; en las Etimologías, la glosa era "boca"), nelet "diente"
(pl. nelci), lamba "lengua" (pero "lengua" = lenguaje es lambë), fanga "barba",
lanco "garganta", yat (yaht-) "cuello", hón "corazón (físico)" (indo = corazón
simbólico), ranco "brazo" (pl. ranqui), má "mano", cambë "hueco de la mano",
quárë "puño", lepsë "dedo", tiuco "muslo", telco "pierna" (pl. telqui), tál
"pie", tallunë "planta del pie", axo "hueso". El material anterior posee también
ólemë "codo" y aldamo "espalda". La palabra para todo el cuerpo es hroa (también
usado = "materia física"). En algún sitio debe haber un sobre sellado que
contiene una pieza de papel con las designaciones élficas de los genitales,
anotadas furtivamente por Tolkien a puerta cerrada.
ALGUNOS TÍTULOS Y PROFESIONES: aran "rey", tári "reina", cundu "príncipe",
aranel "princesa", heru "señor", heri "señora", arquen "un noble", aryon o
haryon "heredero", roquen "caballero", cáno "comandante", tercáno "heraldo",
istyar "erudito", sairon "mago" (pero Gandalf era un istar), ingólemo "sabio",
lambengolmo "sabio de las lenguas" (linguista), tano "artesano, herrero",
quentaro "narrador", samno "carpintero, constructor", tyaro "persona dinámica,
actor, agente", cemnaro o centano "alfarero". (Ver el encabezamiento Guerra y
Armamento para "guerrero" y "hombre con lanza".)
COMIDA: apsa "comida cocinada, carne", masta "pan", sáva "zumo", pirya "zumo,
almíbar", lís "miel" (liss-), yávë "fruta", porë "harina", culuma "naranja",
sulca "raíz comestible", coimas "lembas", miruvórë una bebida servida en los
festivales de Valinor (traducido "hidromiel" en Namárië), limpë "vino, bebida de
los Valar". El material temprano también nos da sulpa "sopa", pio "ciruela,
cereza", piucca "baya" (o específicamente "zarzamora, mora") y tyuru "queso".
TÉRMINOS GEOGRÁFICOS: nórë "tierra", nórië "país", arda "reino, una tierra o
región particular", ména "región", men "lugar, punto", réna "frontera", peler
"campo cercado", panda "cercamiento", oron "montaña" (pl. oronti), rassë y tildë
"cima, cúspide", ambo "colina", cilya "hendidura, grieta", nandë "valle", tumbo
"depresión, bajo o entre colinas", yáwë "barranco, abismo", pendë "pendiente,
declive, cuesta", mallë "camino, calle" (pl. maller), tië "sendero", taurë "gran
monte, bosque", ehtelë "manantial, fuente", ailin "lago, laguna" (también
linya), ringë "lago o laguna fría (en montañas)", sírë "río", nellë "arroyo",
hópa "refugio", hresta o hyapat "costa", falassë "playa", ëar "mar", celma
"canal", tol "isla" (pl. tolli; "tolle" en CP:455 es un error de escrutura
evidentemente), lóna "isla, isla remota". Direcciones: Formen "norte", Hyarmen
"sur", Númen "oeste", Rómen "este".
TIEMPO (atmosférico): mistë "lluvia fina", fanya "nube", lumbo "nube (oscura,
baja)", súrë y vaiwa "viento", árë "luz del sol", hísë y hísië "niebla", raumo
"(ruido de una) tormenta", nixë "escarcha". El material temprano tiene lúrë
"tiempo oscuro" y el sdjetivo correspondiente lúrëa "oscuro, nublado".
OBJETOS CELESTIALES: Anar "sol" (también llamado Naira y Vása), Isil "luna"
(también llamada Rána), elen (poético él) "estrella" (también tinwë y nillë,
algunas veces con ciertos matices en el significado), tingilyë o tingilindë
"estrella tintineante". Planetas: Eärendil "Venus", Carnil "Marte", Alcarinquë
"Júpiter" (y más tentativamente Nénar "Neptuno", Luinil "Urano" y Lumbar
"Saturno"). Constelaciones: Telumehtar o Menelmacar "Espadachín del Cielo" =
Orión, Valacirca "Hoz de los Valar" = Osa Mayor (Carro Grande, Arado), Wilwarin
"Mariposa" = Casiopea (?). Otras pocas constelaciones son nombradas pero son
difíciles de identificar. La palabra general para "cielo, los cielos": menel
(también hellë). Cf. también fanyarë "sobre los aires y los cielos".
MÚSICA, POESÍA, INSTRUMENTOS, MÚSICOS: lindalë o lindelë "música", lírë
"canción", lairë "poema" (no confundir con la palabra homófona que significa
"verano"), nainië "un lamento", verbo lir- "cantar", verbo nanda- "tocar el
arpa", nombre nandë "arpa" (nandellë "arpa pequeña"), nandaro "el que toca el
arpa", nyello "cantor" (también lindo, pero esta palabra es usada también para
los pájaros), nyellë "campana". El material anterior nos muestra salma "lira".
GUERRA Y ARMAMENTO: ohta "guerra", verbo ohtacar- "hacer la guerra", verbo
mahta- "blandir un arma, luchar", ohtar, ohtatyaro y mahtar "guerrero", ehtyar
"hombre que lleva una lanza", cotumo "enemigo", macil "espada", lango "espada
ancha", ecet "espada pequeña de hoja ancha", sicil "daga, cuchillo", quinga
"arco" (también cú), pilin "flecha" (pl. pilindi), nehtë "la cabeza de la
lanza", ehtë o ecco "lanza", turma "escudo", cassa o carma "yelmo". El
vocagulario más tempranos tiene hossë "ejército".
ARQUITECTURA: ataquë "construcción", coa "casa" (ver car, card-), ampano
"construcción, recibidor de madera", ando "puerta" (andon "gran puerta"), fenda
"umbral", sambë "habitación (cualquiera de la casa), cámara", caimasan
"habitación con cama" (pl. caimasambi), tópa "tejado", talan "suelo" (pl.
talami), ramba "pared", mindo "torre (aislada)" (mindon "gran torre"), osto
"ciudad, ciudad fortificada", opelë "casa o villa amurallada, ciudad", hróta
"morada subterránea, caverna artificial o salón tallado en la roca", telma "el
último objeto de una estructura" (como un manuscrito en una piedra, o un
pináculo en la cima).
TIEMPO: lú "una vez, ocasión", lúmë "hora", vanwië "el pasado", yárë "días
anteriores", yalúmë "tiempos anteriores", aurë "día" (también arë), lómë "noche"
(pero algunas veces usado como "crepúsculo"; otros términos para decir noche
incluyen ló, mórë y Hui/Fui), ára "alba", arin "mañana (desde el amanecer hasta
el mediodía)", arië "día", sinyë "tarde (cerca de la noche)", tindómë y undómë
"crepúsculo" (cerca del amanecer y cerca del anochecer, respectivamente),
anarórë "amanecer (no el verbo)", núro o andúnë "puesta de sol", asta "mes", loa
"año" (hablando astronómicamente llamado coranar "vuelta del sol"), yén "año
largo" (el "siglo" élfico, de 144 años solares), randa "ciclo, edad".
Estaciones: coirë "conmovedor" (primavera temprana), tuilë *"que promete"
(primavera tardía), lairë "verano" (no confundir don una palabra que significa
"poema", ver arriba), yávië "cosecha" (otoño temprano), quellë "marchitamiento"
(otoño tardío), hrívë "invierno". Para "otoño", las palabras lasselanta "caída
de hojas" y lassewinta *"unas pocas hojas" son usadas también. Meses: Narvinyë
"enero", Nénimë "febrero", Súlimë "marzo", Víressë "abril", Lótessë "mayo",
Nárië "junio", Cermië "julio", Úrimë "agosto", Yavannië "setiembre", Nénimë
"octubre", Hísimë "noviembre", Ringarë "diciembre".
NÚMEROS: minë 1, atta 2, neldë 3, canta 4, lempë 5, enquë 6, otso 7, tolto 8,
nertë 9, cainen 10, minquë 11. Para 12 sólo se da la raíz RÁSAT, pero
normalmente es aceptado que la palabra quenya debe ser *rasta. Los números más
altos no se conocen. La palabra haranye, el último año en un siglo, puede
significar literalmente "el centésimo", señalando a *haranya como la palabra
para "centésimo" y quizás *haran (¿*harna?) como la palabra para decir "cien".
La palabra sindarin host significa "gruesa", 144, el primer número de tres
dígitos en la cuenta duodecimal élfica, pero el equivalente quenya hosta es
simplemente definido como "un número largo".
COLORES: carnë "rojo", culuina "naranja" (¡sólo adjetivo - la fruta se llama
culuma!), fána o fánë "blanco" (como las nubes) [N. del T.: ¿blanco hueso?],
helwa "azul cielo", laiqua "verde", laurëa "dorado", lossë "blanco como la
nieve", luin "azul", malina "amarillo", morë o morna "negro", ninquë "blanco",
silma "plateado, blanco reluciente", sindë (o sinda) "gris", varnë "moreno,
marrón (oscuro)". Los Vanyar usaron también sagunas palabras para designar
colores adoptadas del Valarin: ezel o ezella "verde", nasar "rojo", ulban
"azul", tulca "amarillo". Parece que no eran usadas entre los Noldor.
ALGUNOS ADJETIVOS COMUNES: vanya o vanima "bello, hermosor" (también linda),
mára "bueno, útil" (de cosas), raica "erróneo, torcido", ulca o úmëa "malvado",
halla "alto", anda "largo", sinta "corto", alta "gran(de)" (en tamaño), úra
"grande" (en cantidad), úvëa "muy grande, abundante", titta "pequeñito", pitya
*"pequño", parca "seco", mixa "húmedo", arca "estrecho, angosto", nindë
"delgado, esbelto" (también teren), tiuca "grueso, gordo", lunga "pesado", lissë
"dulce", sára "amargo", quanta "repletol", lusta "vacío", lauca "templado",
ringa (o ringë) "frío", forya "diestro", hyarya "zurdo", vinya "nuevo" (también
sinya), yerna "viejo, gastado, usado" (de cosas), nessa "joven", linyenwa
"antiguo" (lit. "el que tienen muchos años"; esta palabra no connota debilidad,
pues los Elfos eran inmortales), cuina "vivo", coirëa "viviente", qualin
"muerto" (pero firin con referencia a la muerte natural de los mortales).
ALGUNOS VERBOS COMUNES: car- "hacer, crear", harya- "poseer, *tener", cen-
"ver", hlar- "oír", ista- "conocer" (pasado sintë), lelya- "ir" (pasado lendë),
mat- "comer", mer- "desear, querer", móta- "trabajar", tul- "venir", quet-
"hablar", hir- "encontrar", anta- "dar", mel- "querer" (como amigo), sil-
"brillar".
PREPOSICIONES: amba, ama "movimiento ascendente", an "para", ana "a, hacia"
(también na), apa "después", ara "fuera, cerca de", arta "a través de" (sóo
dertificado en el material temprano), arwa "teniendo, *con" (seguido de
genitivo), enga "salvo [=*excepto]", et "fuera de" (seguido de ablativo), hequa
"excepto", ho "de, desde" (el punto de vista del hablante estando fuera de la
cosa que deja), imbë "entre dos", mi "en (dentro de)" (mí "en el/la/los/las"),
mir o minna "en (dentro de)", na "a, hacia" (también ana), nu "bajo" (también
no), undu "movimiento descendente, bajo, debajo de", or "sobre", ter, terë
"aunque", ve "tal y como, como", yo *"con" (?). Echamos de menos especialmente
una palabra para decir "antes".
II: VOCABULARIO SINDARIN SELECCIONADO
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Nota: En "Noldorin", el lenguaje revisado por Tolkien para dar lugar al
Sindarin, muchas palabras muestran lh- y rh- iniciales, es decir L y R sordas.
Eventualmente, Tolkien revisó la fonología histórica, y en el Sindarin, tal como
lo conocemos desde eSdlA y otras fuentes posteriores, la mayoría de las palabras
"Noldorin" que comienzan por lh-, rh- tendrían en cambio l-, r- normales.
Compárese, por ejemplo, la palabra "Noldorin" lham "lengua" (LR:367 s.v. LAM)
con la palabra del Sindarin maduro lam (WJ:394). Las palabras "Noldorin"
listadas más abajo han sido alteradas para adecuarse a la visión posterior de
Tolkien sobre la fonología Sindarin, y lh-, rh- se mantienen sólo en donde esos
sonidos tienen una significación específica en Sindarin maduro (v.g. en rhaw
"carne").
GENTE: Edhel "Elfo" (más antiguo Eledh), Adan "Hombre (Mortal) " (pl. Edain -
pero este termino acabo por asociarse principalmente a los Hombres de las Tres
Casas), Fíreb "Mortal", Nogoth "Enano" (tb. Norn, pero en conjunto son llamados
normalmente Naugrim), Nibin-naug "Enano Mezquino", Orch "Orco". Términos
generales (presumiblemente) aplicables a todas las razas: benn "hombre"
(concretamente "marido", pero la palabra adquirió un sentido general y reemplazó
a la mas temprana dîr), bess "mujer" (concretamente "esposa", reemplazando de
manera semejante a dî), dess "mujer joven", hên "niño/a, muchacho/a", laes
"bebé", gwenn "dama, doncella". El término para "gente, multitud" (un grupo
étnico) es gwaith, pero al referirse a grupos menos civilizados (como Orcos y la
mayoria de los Hombres no-Edain), los Sindar a menudo usaban la palabra hoth
"horda".
LA FAMILIA: herven "marido", herves "esposa" (tb. bess, pero esta adquirió el
sentido general de "mujer"), dîs "prometida", adar "padre" (ada = *"papá"?),
naneth "madre" (nana = *"mamá"), iôn o ionn "hijo", sell (e iell) "hija",
muindor "hermano" (también la forma poética tôr), muinthel "hermana" (tb. thêl),
gwanunig "gemelo" (gwanûn "gemelos"; PM:365 nos da también el pl. gwenyn
"gemelos"). Además de las palabras para "hermano" dadas arriba, tenemos también
gwador "hermano juramentado" (la forma femenina sería gwathel). Término general
gwanur "familiar, *pariente". Cf. tb. herth "clan" (significando tb. "tribu").
ANIMALES: Término general lavan (no usado para insectos o reptiles), annabon
"elefante", aras "ciervo, venado", brôg "oso" (también llamado megli = "comedor
de miel"), cabor "rana", draug o garaf "lobo" (gaur "licántropo"), gwilwileth
"mariposa", half "caracol marino", hû "perro", lyg "serpiente", lim "pescado",
lhûg "gusano, dragón" (y tb. la foma más larga amlug; cf. tb. con limlug
"serpiente de mar"), maew "gaviota" (tb. pl. my^l "gaviotas", sg. no
comprobado), nâr "rata", raw "león", ry^n "sabueso, perro de caza" roch
"caballo". Aves: aew o fileg "pájaro (pequeño)", alph "cisne" (pl. eilph), corch
"cuervo" (tb. *craban, pl. crebain en ESdlA1/II cap. 3), cugu "paloma", emlin
"escribano", tb. cualquier pájaro amarillo, heledir "martín pescador", dúlin
"ruiseñor" (entrada antigua tinúviel), tavor "pico verde, pito real", thoron
"águila", tuilinn "golondrina".
PLANTAS: salch "césped" (thâr "hierba dura"), salab "hierba", uil "alga marina",
lass "hoja", golf "rama", loth "flor", gwaloth "flor, conjunto de flores", ereg
o êg "espina", aeglos 'espino blanco', planta semejante a la aulaga (tojo), pero
más grande y con flores blancas, alfirin algún tipo de flor (blanca?) también
conocida como uilos (llamada simbelmynë o "Recuerdo permanente" en Inglés
Antiguo representado en el Rohírrico; alfirin y uilos significan "inmortal" y
"siempreblanca"), athelas "hoja de reyes", elanor 'estrella-sol' (un tipo de
flor), niphredil "campanilla blanca", seregon "pan de cuco", hwand "esponja,
hongo". Árboles: galadh "árbol" (otra palabra, orn, ha dejado de usarse en el
habla común pero sobrevive en la poesía y como parte de muchos nombres), toss
"árbol de crecimiento lento" (tal como un arce, espino, endrino (espino negro),
acebo etc.), brethil "haya", doron "roble", ereg o eregdos "acebo", lalwen o
lalorn "olmo", mallorn lit. 'arbol amarillo', mallorn, tathar "sauce", thaun
(thôn) "pino", tulus "álamo".
METALES, SUBSTANCIAS, ELEMENTOS: tinc o raud "metal", malt (y glaur) "oro",
celeb "plata", ang "hierro", cef "tierra, suelo", nen "agua", naur "llama,
fuego", gwelw "aire", sarn "piedra" (como material), gloss "nieve", heleg
"hielo", lith "arena", ast "polvo", rhaw "carne", sereg o iâr "sangre", hele
"cristal", taw "lana", falf "espuma".
PARTES DEL CUERPO: dôl o dol "cabeza", hen "ojo" (cf. Amon Hen "Colina del Ojo"
en eSdlA- las Etimologías dan hên con vocal larga, pero además hên se glosa como
"muchacho/a"), nîf "cara" (tb. thîr), laws "cabello", fîn "un solo cabello",
finn "una trenza", lhewig "oreja" (lhaw "par de orejas"), nem "nariz", nêl o
neleg "diente", lam o lam "lengua", fang "barba", iaeth "nuca", lanc "cuello,
garganta", hûn "corazón", ranc "brazo", cam "mano" (camland "palma de la mano"),
paur "puño", lebed "dedo, tâl "pie" (pero la pata de un animal se dice pôd),
tellen "planta del pie".
ALGUNOS TÍTULOS Y PROFESIONES: aran "rey", rîs "reina" (cf. tb. rien, rîn "dama
coronada"), cunn "príncipe", hîr "lord, señor" (otra palabra para "lord" es
brannon), hiril "lady" (tb. brennil, el fem. análogo al masc. brannon, al igual
que hiril se corresponde con el masc. hîr), arphen "un noble", ithron (o
curunir) "mago", condir "alcalde", rochben "jinete, caballero", ceredir
"hacedor, artesano (?)", thavron "carpintero, constructor", orodben "montañés",
pethron "narrador", cennan "alfarero".
COMIDA: aes "alimento cocinado, comida", bast "pan", saw "zumo, jugo", peich
"jugo, sirope, jarabe", glî "miel", iau "grano, maíz", solch "raíz comestible",
miruvor el cordial de Imladris (evidentemente llamdo así después - pero casi el
mismo nombre - que el Quenya miruvórë), cram cake de harina muy molida o a medio
moler, y machacada (a menudo con miel o leche) usado en largos viajes, lembas el
pan del camino de los Elfos.
TERMINOS GEOGRÁFICOS: dôr (dor) "tierra", gardh "reino, lugar mas o menos
delimitado o definido, región" (así en WJ:402; las Etimologías tenemos ardh),
sad "lugar, punto", rain "borde, orilla", parth "campo", pel "campo vallado"
(pl. peli), orod "montaña" (pl. ered o eryd), till y rass "cuerno?", amon
"monte, colina" (pl. emyn), tunn "montículo, túmulo", dol o dôl "montaña, pico",
penn "declive", ambenn "colina arriba", dadbenn "colina abajo", talad "una
cuesta, inclinación", cîl "grieta, hendedura", ris o ress "barranco", iau
"barranco, endedura, abismo" (esta palabra también significa "grano, maíz", ver
más arriba), talf "campo llano", nan "valle" (pero nann "pradera amplia"), tum
"valle profundo, bajo o entre montañas ", athrad "vado, cruce", eryn
"bosquecillo, arboleda", taur "gran bosque, espesura", men "carretera", ael
"estanque, lago" (pl. aelin), lîn "estanque, charca", eithel "fuente,
manantial", habad "costa", sîr "río" (en algunos nombres también duin: Anduin,
Baranduin, Esgalduin), hûb o hobas "puerto, refugio" (tb. cirban), gaear (o
gaer) "mar", toll "isla". Direcciones: Forod "Norte", Harad "Sur", Annûn
"Oeste", Amrûn "Este". Para "Este" y "Oeste", también se usan las palabras rhûn
y dûn (cf. Dúnedain "Hombre del Oeste").
TIEMPO: gwaew "viento", alagos "huracán", hîth "niebla gris y espesa", mith
"neblina blanca, niebla húmeda", faun "nube", glawar "luz solar", ross "lluvia",
verbo eil "está lloviendo" (escrito probablemente ail en el estilo de eSdlA).
"luna creciente", gil "estrella" (tb tim, tinw "estrella pequeña centelleante"),
êl OBJETOS CELESTES: Anor "Sol", Ithil "Luna" (también llamada Rân), cúran
poético "estrella" (pl. cielo". Borgil nombre de una estrella roja, quizá
Betelgueuse o Algol. elin), elenath "la suma de estrellas, todas las estrellas
del Constelaciones: Valar" = la Osa Mayor o Carro, Remmirath = Pléyades (???).
Menelvagor = Orión, Cerch iMbelain (Quenya Valacirca) "Hoz de los Palabra
general para "firmamento, los cielos ": menel (tomada del Quenya).
MÚSICA, POESÍA, INSTRUMENTOS, MÚSICOS: glinn "canción, tonada", glîr "canción,
poema, lay", glaer "lay, poema narrativo", narn "cuento" (en verso, pero para
ser recitado más que cantado), el verbo *gliri- "cant-(ar)" (mal escrito "glin"
en LR:359), verbo gannado o ganno "tañ-(er) el arpa", nombre gannel "arpa",
talagand "arpista", verbo nella- "campanill-(ear)", nell "campana". En los
textos se menciona algún tipo de composición en verso ann-thennath y minlamad
thent/estent, pero no sabemos con precisión que significan.
GUERRA Y ARMAMENTO: auth "guerra", verbo dagro- "batall-(ar), hacer la guerra",
verbo maetha- "luch-(ar)", verbo degi- "mat-(ar), asesin-(ar)" (tiempo pretérito
quizá *danc), dangen "asesinado" (como nombre), maethor "guerrero", herth
"tropa" (tb. usada para "clan, familia"), gweth "tropa de hombres robustos,
orda, regimiento", coth "enemigo, enemistad", dagor "batalla" (pero un
enfrentamiento entre dos o pocos se dice maeth), hûl "llorar/gritar de rabia en
una batalla", megil o magol "espada", lang "chafarote", crist "cuchillo
(grande)", hathel "sable", sigil "daga, cuchillo", grond "porra", cú y peng
"arco", ech "lanza", naith or aith "punta de lanza", thôl "casco".
ARQUITECTURA: adab "edificación, casa" (pl. edeb), car o cardh "casa", henneth
"ventana", annon "gran puerta", fenn "umbral", thâm "hall", thamas "gran hall",
panas o talaf "suelo, piso", ram "muro", tobas "techumbre", telu "cúpula,
bóveda, tejado grande", rond "tejado abovedado o en cúpula, o un gran aposento,
cámara o sala techado así", barad, minas y mindon "torre", ost "ciudad, pueblo
con muralla alrededor, fortaleza", gobel "pueblo o casa amurallados", caras
"ciudad construida sobre tierra", othlon "camino pavimentado", ostrad "calle"
(en Minas Tirith tb. rath, ver UT:255).
TIEMPO: lû "momento, ocasión", erin "día", arad "el tiempo de un día, un día",
daw "tiempo nocturno, lobreguez" (fuin "dead of night"), amrûn "amanecer" (tb.
usado como = "Oriente, Este"), aur "día, mañana", thin (palabra poética)
"tarde", dû "anochecer, atardecer tardío", tinnu "starry twilight, noche
temprana", idhrin "año", anrand "ciclo, era". Estaciones: echuir
"estremecimiento" (primavera temprana), ethuil *"florecimiento" (primavera
tardía), laer "verano", iavas "cosecha" (otoño temprano), firith
"desvanecimiento/marchitamiento" (otoño tardío), rhîw "invierno". Para "otoño",
se usa tb. la palabra narbeleth "sol-menguante"; esta palabra se usa tb. en
referencia al mes de Octubre. La lista completa de los meses: Narwain "Enero",
Nínui "Febrero", Gwaeron "Marzo", Gwirith "Abril", Lothron "Mayo", Nórui
"Junio", Cerveth "Julio", Urui "Agosto", Ivanneth "Septiembre", Narbeleth
"Octubre", Hithui "Noviembre", Girithron "Diciembre".
NÚMEROS: min 1, tad o tâd 2, neled 3 (originalmente neledh), canad 4, leben 5,
eneg 6, odo o odog 7, toloth 8, neder 9, caer 10. Para 11 y 12 tenemos las
raíces primitivas MINIK-W- y RÁSAT , pero las palabras Sindarin no se dan;
"once" puede ser *minib o posiblemente *minig (Quenya minquë, cf. eneg = enquë).
Una "gruesa", 144, el primer número de tres dígitos en la cuenta duodecimal
Élfica, se dice en Sindarin host.
COLORES: baran "marrón (oscuro)" (cf. el río Baranduin), calen "verde" (tb.
laeg), caran "rojo" (tb. coll y narw/naru), crann "rubicundo, rojizo", donn
"moreno, atezado", fein "blanco" (como nubes; escrito quizá fain en el estilo de
eSdlA), gaer "cobrizo", elw "azul pálido", *glân "blanco" (sólo comprobada la
forma lenificada 'lân), gloss "blanco níveo" (tb. como nombre "nieve"),
luin"azul", malen "amarillo", mithren "gris", morn "oscuro, negro" (mal escrito
"moru" en LR:374), nim "blanco, pálido", rhosc "marrón", thinn "gris".
ALGUNOS ADJETIVOS COMUNES: bein "bello, hermoso", mell "querido", maer "útil,
bueno" (sobre cosas), um "malvado/maligno", *faeg "taimado, maligno", *raeg
"erróneo" (actualizado desde el "Noldorin" foeg, rhoeg en LR:387, 383), orchal
"alto, superior", ann "largo", thent "corto", beleg "grande", ûr "ancho", daer
"grande, grandioso", tithen y pigen "minúsculo, diminuto", parch "seco", mesc
"húmedo", ninn "delgado, escaso", tûg "grueso, gordo", long "pesado", pant
"lleno", lost "vacío" (tb. caun), laug "cálido, tibio", ring "frío", feir
"derecho", heir "izquierdo", taer "recto, derecho", raen "torcido, encorvado",
sein "nuevo", brûn "antiguo" (pero no cambiado o deteriorado), gern "viejo,
gastado" (para cosas), neth "jóven", iaur "viejo, anciano" (para cosas o
personas), ingem "viejo" (lit. "año-enfermo", enfermo por los años, sufrir por
avanzada edad; esta palabra fue acuñada después que los Elfos encontraran a los
Hombres Mortales), cuin "vivo", gwann "muerto, difunto". (Nota: En la variante
Sindarin empleada en eSdlA, podemos quizá encontrar ai en lugar de ei en los
adjetivos bein, feir, heir, sein.)
ALGUNOS VERBOS COMUNES: car- "hac-(er), fabric-(ar)" (t. pa. agor), gar-
"sosten-(er), ten-(er)", tiri- "mir-(ar), observ-(ar)", ?glenna- "raíz del verbo
ir" (anglenna- "aproxim-(ar)se"), medi "com-(er)", mudo- "labour, toil", teli-
"ven-(ir)" (tiempo presente tûl, tôl), ped- "habl-(ar)", anno- "d-(ar)".
PREPOSICIONES: adel "detrás, tras de", am "(arriba), encima", an "para, a", ab
"después" (solo comprobada como prefijo), ath- prefijo "a través, en ambos
lados", athan "más alla de", dad "(abajo), debajo", dan *"contra", o "desde, de"
(uin "desde el/la"), im "entre", na "a, con, por", nef "a este lado de", no
"bajo" (nui "bajo el/la"), or "sobre", tri "a través". Echamos de menos palabras
para "en" y "antes". La palabra ned que se ve en Sauron Defeated (p. 131, en
escritura Tengwar) ha sido usada por algunos como "en".
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Sunday, January 18th, 2009
3:44 pm - Yundi Li Fantasia Chopin UNICO


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Tuesday, November 18th, 2008
1:03 pm - La Señorita de Scudery tercera y ultima parte
"¡Oh, qué espanto!", exclamó la señorita cuando se hubo recuperado un poco. "¿Eres tú, Olivier, el hijo de mi Anne?, ¡y ahora!" "Sí", replicó Olivier con tranqui¬lidad, dominándose. "Sí, mi querida señorita, jamás hab¬ría podido presentir siquiera que el niño a quien mimó usted como la madre más tierna, a quien daba un dulce tras otro mientras lo mecía en su regazo, a quien hablaba tan dulcemente, estaría con los años en su presencia acusado de un horrible asesinato. Mi conducta no es irre¬prochable; la Chambre Ardente puede acusarme con to¬do derecho de un delito; pero tan cierto como que espero morir en la gracia de Dios, aun a manos de un verdugo, es que soy inocente de todo crimen. No fue por mi cul¬pa que murió el desgraciado Cardillac." Al decir esto, comenzó a temblar. En silencio, la señorita le indicó un pequeño sillón que estaba a su lado. El se sentó lenta¬mente.
"He tenido suficiente tiempo", comenzó, "para prepa¬rarme para esta conversación, que consideraba la última gracia del cielo,- y lograr toda la tranquilidad y el domi¬nio necesarios para relatarle la historia de mi destino inaudito y terrible. Tenga piedad de mí, y escúcheme con calma, por más que le sorprenda y la colme de terror la revelación de un secreto que seguramente jamás po¬dría haber imaginado. ¡Oh, si mi pobre padre nunca hubiera abandonado París! Todo lo que recuerdo de Gi¬nebra son las lágrimas sin consuelo de mis padres; sus quejas que yo no podía comprender también me hacían llorar a mí. Más tarde tuve la sensación clara, la abso¬luta conciencia de la penuria agobiante, de la profunda miseria en que ellos vivieron. Todas las esperanzas de mi padre se vieron defraudadas. Agobiado por un dolor intenso, murió cuando por fin había conseguido hacer¬me entrar como aprendiz en el taller de un orfebre. Mi madre hablaba mucho de usted; quería contarle todo, pe¬ro luego caía en esa depresión que siempre origina la miseria. Eso, junto con un falso pudor que muchas ve¬ces acompaña a un alma mortalmente herida, la hacía desistir de aquella determinación. Pocos meses después de la muerte de mi padre, mi madre lo siguió a la tum¬ba." "¡Pobre Anne, pobre Anne !", exclamaba la señori¬ta, doblegada por el dolor. "¡Gracias al cielo está ahora en el otro mundo, y no ha de ver a su hijo bajo la mano del verdugo, marcado por la infamia!" Así gritó Olivier lanzando una mirada salvaje y extraviada hacia lo al¬to. Afuera se oían ruidos, los hombres iban de un lado a otro. "¡Oh, oh!", dijo Olivier con una sonrisa amarga. "Desgrais alerta a sus hombres como si yo pudiera es¬caparme de aquí. Pero sigamos. Mi maestro me trata¬ba muy duramente sin importarle que al poco tiempo fuera yo el que mejor trabajaba y que finalmente incluso llegara a superarlo también a él. Sucedió que una vez vino a nuestro taller un extranjero que quería comprar una joya. Al ver una hermosa gargantilla que yo había hecho me palmeó la espalda con expresión amable y me dijo, mirando la joya: `¡Muy bien, mi joven amigo!' Es un trabajo excelente. En realidad no sé de nadie que pueda superarte, fuera de René Cardillac que es, sin lu¬gar a dudas, el mejor orfebre del mundo. Tendrías que ir a trabajar con él; te aceptará gustoso en su taller por¬que sólo tú podrías ayudarlo en su trabajo, y sólo de él podrías aprender. Las palabras que aquel hombre me había dicho penetraron en lo más hondo de mi alma. Ya no tenía paz en Ginebra, algo me arrastraba de allí con vio¬lencia. Por fin conseguí desligarme de mi maestro y vi¬ne a Paris. René Cardillac me recibió con frialdad y as¬pereza. Yo no renuncié; tenía que encomendarme alguna tarea, por más insignificante que fuese. Por fin, me dio a terminar un pequeño anillo. Cuando le llevé el traba¬jo, me miró fijo con sus ojos centellenates, como querien¬do penetrar hasta lo más hondo de mi ser. Después me dijo: `Eres un joven talentoso y esforzado; puedes que¬darte y ayudarme en el taller. Te pagaré bien y creo que estarás contento trabajando conmigo'. Cardillac mantu¬vo su palabra. Hacia ya varias semanas que estaba con-
él y todavía no había visto a Madelon, que si no me equivoco estaba en ese momento en casa de una tía de Cardi¬llac, en el campo. Finalmente, un día llegó. ¡Oh Señor de los Cielos! ¡Cuántas cosas sentí al ver esa imagen angelical! ¡ Qué hombre amó jamás como yo! ¡ Y aho¬ra ! ... ¡ Oh, Madelon !"
El inmenso dolor impidió a Olivier seguir hablando. Con ambas manos se cubrió el rostro y sollozaba inten¬samente. Por fin, venciendo con gran esfuerzo aquel dolor terrible que se había apoderado de él, continuó
Madelon me miraba amablemente. Venía al taller con frecuencia y yo descubría embelesado su amor. El padre nos vigilaba atentamente, pero nuestras manos, que a veces se encontraban furtivamente, sellaron nues¬tro pacto. Cardillac parecía no darse cuenta de nada. Yo pensaba captar primero su favor y alcanzar la maestría en el oficio, para luego solicitar la mano de Madelon. Una mañana, cuando iba a comenzar con mi trabajo, Car¬dillac se detuvo frente a mí con ojos siniestros y llenos de ira. `Ya no necesito tu trabajo' comenzó. `¡Fuera de esta casa, ahora mismo! Y que no vuelva a verte nun¬ca más. No hace falta que te diga la razón por la que ya no puedo soportarte. El dulce fruto al que aspiras, po¬bre diablo, está demasiado alto para ti.' Yo quise decir algo, responderle, pero me agarró con fuerza y me arro¬jó por la puerta de tal manera que me caí al suelo y me lastimé la cabeza y el brazo.
"Abandoné la casa indignado, destrozado por el dolor y la furia, y en un extremo de los suburbios de St. Mar¬tin, encontré por fin a un conocido que bondadosamente me dio alberge en su buhardilla. Yo no lograba calmar¬me. De noche me deslizaba rondando la casa de Cardi¬llac, imaginando que Madelon escucharía mis suspiros y mis quejas, que tal vez podría hablarme desde la venta¬na sin que su padre la escuchara. Por mi mente se cru¬zaban todo tipo de planes temerarios, y pensaba poder convencerla de llevarlos a cabo.
"Junto a. la casa de Cardillac, en la calle Nicaise, sé le¬vanta una pared alta con nichos que contienen viejas es¬tatuas de piedra semidestruidas. De pie junto a una de esas estatuas estoy yo una noche espiando las ventanas de la casa que dan al patio cercado por ese muro. De re¬pente veo que se enciende la luz en . el taller de Cardillac. Es medianoche; a esa hora Cardillac nunca trabajaba, so¬lía acostarse a las nueve en punto. El corazón me latió angustiado por oscuros presentimientos; pensé que aca¬so alguna circunstancia me permitiría entrar. Pero la luz volvió a desaparecer. Me adhiero más a la estatua junto al muro y retrocedo sobresaltado al sentir una presión; era como si la estatua hubiese cobrado vida. En la penumbra de la noche percibo entonces que la piedra gira lentamente y que por detrás se desliza una figura os¬cura que sale y se va. caminando por la calle con pasos sigilosos. Me acerco otra vez a la estatua, que está como antes pegada al muro. Involuntariamente, como obligado por una fuerza interior, me deslicé detrás de aquella per¬sona. Justo al pasar ante una capillita de la Virgen Ma¬ría, el hombre se dio vuelta y toda la luz del farol encen¬dido ante la imagen iluminó su rostro. ¡Es Cardillac! Me invadió un miedo indescriptible, un terror monstruo¬so, pero como dominado por un hechizo no pude dejar de seguir al sonámbulo fantasmal. De eso pensé que se tra¬taba aunque no era en realidad noche de luna llena, mo¬mento en que ese hechizo trastorna a los que duermen. Finalmente, Cardillac desapareció en la densa oscuridad, pero un carraspeo que conozco bien me advirtió que ha penetrado en el zaguán de una casa. `¿Qué significa eso? ¿Qué es lo que va a hacer?', me pregunté en el colmo de mi asombro, mientras me deslizaba junto a las paredes de las casas. Al poco rato, llegó un hombre cantando y silbando, con un magnífico sombrero de plumas y espue¬las resonantes. Como un tigre sobre su presa se arrojó Cardillac desde su escondite sobre el hombre, que cayó al suelo instantáneamente, agonizando. Yo me acerqué con un grito de espanto, mientras Cardillac saltaba so¬bre el hombre que yacía en el suelo. `¡Maestro Cardi¬llac ! ¿Qué hace T, exclamé. '¡Maldito!', gritó Cardillac, mientras pasaba corriendo como un rayo a mi lado y des¬aparecía. Sin ningún control sobre mí mismo, me acer¬qué al hombre que estaba en el suelo, con la esperanza de que todavía pudiera salvarse, pero ya estaba muerto. Es tal mi terror que no advertí que la Marechaussée me ha¬bía rodeado: `¡Otra vez uno de, estos demonios asesina¬dos! ¡Eh, joven!, ¿qué haces ahí? ¿Eres uno de la ban¬da? ¡Vamos, vamos!' Diciendo esto, me sujetaron con fuerza. Apenas pude decir que yo no había cometido se¬mejante crimen. Entonces uno de ellos me alumbra a la cara, y exclama riendo: `¡Pero si es Olivier Brusson, el oficial del orfebre que trabaja con nuestro querido y ho¬norable maestro Cardillac ! ¡No-va a estar matando gen¬te por la calle! ¿Acaso esos pillos asesinos se quedan la¬mentándose junto al cadáver para que los capturen? ¿Có¬mo fue muchacho? Cuenta, no tengas miedo'. `Muy cer¬ca de mí', dije, `un hombre se arrojó sobre ése, lo derribó y cuando yo grité se fue corriendo como un rayo. Sólo quise ver si todavía estaba vivo.' `No, hijo mío', exclama uno de los que están levantando el cadáver, `está muerto, el puñal le ha atravesado el corazón, como a los otros.' '¡Diablos!', dijo otro. `¡Llegamos tarde, siempre llega¬mos tarde!' Y así se marcharon llevándose el cadáver.
"Realmente, no es posible decir cómo me sentía: me palpaba para saber si no se trataba de una pesadilla que me estaba gastando una mala broma: -me parecía que en seguida me iba a despertar y que me maravillaría por ha¬ber tenido una alucinación tan extraña. ¡Cardillac, el
padre de Madelon, un perverso asesino! Yo me había dejado caer inerme sobre los escalones de piedra de una casa. Lentamente iba aclarando; un sombrero de ofi¬cial adornado con plumas yacía en el suelo. El horrible crimen de Cardillac, cometido en el mismo sitio donde yo estaba sentado en ese momento, iba adquiriendo toda su realidad. Espantado, me alejé corriendo de allí.
"Estaba en mi buhardilla, aturdido y sin poder orde¬nar mis ideas, cuando de pronto entró René Cardillac: `¿Qué busca usted, por Cristo?', le grité. Él, como si no me hubiera escuchado, se acerca a mi y me sonríe con una calma y una amabilidad que me aterran todavía más. Aproxima una vieja banqueta, medio destartalada, y se sienta a mi lado. Yo no logro levantarme del lecho de pa¬ja donde me había dejado caer. `Bien, Olivier', empieza a decirme. `¿Cómo te va, pobre muchacho? En realidad fui demasiado apresurado, lo reconozco, al arrojarte de mi casa. Me haces falta. en todos los rincones del taller. Justo ahora tengo por delante un trabajo que no podré terminar sin tu ayuda. ¿Qué te parece si volvieras a tra¬bajar conmigo? ¿No me respondes? Sí, ya sé que te he ofendido. No quería ocultarte que estaba enfurecido con¬tigo por tus amores con mi Madelon. Pero después he reflexionado más serenamente sobre el asunto, y creo que con tu habilidad, tu esfuerzo y tu lealtad, no podría ha¬ber encontrado un yerno mejor. Ven pues a mi casa, y procura ganarte a Madelon.'
"Las palabras de Cardillac me destrozaron. Temblaba ante su malignidad; no podía articular una sola palabra. '¡Dudas!', prosiguió con voz penetrante mientras me per¬foraba con su mirada. `¿Dadas?... Acaso no puedes venir hoy mismo conmigo ... Tienes otras cosas por de¬lante. Acaso tienes pensado ir a visitar a Desgrais, o presentarte ante Argenson o La Regnie. Ten cuidado, muchacho, que las garras que quieres echar para destruir a otros pueden caer sobre ti y destrozarte.' En ese mo¬mento, mi alma profundamente indignada consigue des¬ahogarse: `¡Que aquellos que se saben autores de críme¬nes espantosos se las entiendan con esos nombres que aca¬ba de pronunciar! Yo nada tengo que ver con ellos'. `En realidad', continúa Cardillac `en realidad, Olivier, para ti es un verdadero honor trabajar conmigo, con el orfe¬bre más afamado de su época., apreciado en todas partes por su franqueza y por su integridad, a tal punto que cualquier calumnia contra él repercutiría duramente so¬bre el calumniador. En lo que respecta a Madelon, de¬bo confesarte que sólo a ella deberás agradecer mi tole¬rancia. Te ama con una intensidad de la que no la creía capaz. Apenas te fuiste cayó a mis pies, me abrazó las rodillas y me confesó entre lágrimas que sin ti no podría vivir. Yo pensé que ésas eran imaginaciones de ella, co= mo suele suceder con los jóvenes enamorados, que dan la vida por la primera mirada amable con que se cruzan. Pero, en realidad, mi Madelon se puso débil, se enfermó, y cada vez que intentaba disuadirla de toda esa tonta cuestión, gritaba cien veces tu nombre. ¿Qué otra co¬sa podía .hacer, si no quería que se desesperara? Ayer le dije que aceptaba todo y que hoy vendría a buscar¬te. _ Durante esta noche floreció como una rosa, y: ahora te espera impaciente, colmada de todo su amor'. Que el Señor en el cielo me perdone, pero ni yo mismo sé cómo sucedió: de pronto me vi en casa de Cardillac, y Madelon exclamaba: `Olivier, mi Olivier, amor mío', se abalanzaba sobre mí, me abrazaba y me apretaba fuerte contra su corazón. ¡En el colmo del éxtasis, juré por la Virgen y todos los santos que nunca jamás la abando¬naría!"
Conmovido por el recuerdo de aquel instante decisivo, Olivier tuvo que hacer una pausa. La señorita de Scu¬déry, espantada por las atrocidades de un hombre que ella consideraba la virtud y la honradez personificadas, exclamó: "¡Qué horrible! ¡Cardillac pertenecía enton¬ces a la banda asesina que durante tanto tiempo hizo de nuestra ciudad un infierno del crimen!" "¿Qué dice us¬ted, señorita? ¿A la banda? Nunca existió tal banda. Era Cardillac y: nadie más que él. Desplegando una ac¬tividad febril y perversa, buscaba por toda la ciudad a su víctima hasta encontrarla. En ello reside la seguridad con que- cometía sus crímenes y la insuperable dificultad para dar con el rastro del asesino. Pero déjeme conti¬nuar, y así conocerá los secretos del hombre más atroz y al mismo tiempo más desdichado de todos los hombres. Cualquiera puede imaginar la situación en que yo me en¬contraba en su casa. El paso ya estaba dado y no podía volverme atrás. A veces sentía que yo mismo me había convertido en el cómplice de Cardillac; sólo por el amor de Madelon olvidaba aquel intenso sufrimiento que me atormentaba, sólo en su compañía. lograba borrar toda huella exterior de aquel dolor inefable. Cuando trabaja¬ba en el taller con el viejo, no podía mirarlo a la. cara y casi ni siquiera dirigirle una palabra a causa del terror que me provocaba la cercanía de aquel hombre espanto¬so que aparentaba todas las virtudes del padre cariñoso y del ciudadano ejemplar, mientras que la noche cubría con un velo sus crímenes. Madelon, una criatura pura e inocente como un ángel, lo adoraba. Se me destrozaba el corazón al pensar que si alguna vez aquel malvado fuera descubierto y castigado, ella, engañada con toda la in¬fernal astucia de Satanás, sucumbiría a la desespera¬ción más tremenda. Eso bastaba para cerrarme la boca, aunque por ello hubiese tenido que sufrir yo la muerte que se merecía ese asesino. Aparte de todo lo que yo po¬día inferir a partir de los informes de la Marechaussée, los crímenes de Cardillac, los móviles, el modo de come¬terlos seguían siendo un enigma para mí; la explicación de todo no tardó en llegar. Un día, Cardillac, que siem¬pre bromeaba y reía durante el trabajo, cosa que a mí me indignaba profundamente, se mostraba muy serio y ensimismado. De repente apartó con tal ímpetu la joya en la que estaba trabajando, que las piedras y las perlas rodaron por el suelo, entonces se levantó resueltamente y me dijo- `¡ Olivier ! Las cosas no pueden quedar así entre nosotros dos; no soporto más esta situación. A ti el azar te ha puesto entre las manos lo que la sagaci¬dad extrema de Desgrais y sus secuaces no ha podido de¬velar. Tú has descubierto mi actividad nocturna, a la que me empuja mi mala estrella sin que pueda resistirme. Y fue también tu mala estrella la que te hizo seguirme, la que te escondió tras un velo impenetrable, la que hizo tan ligeras tus pisadas que pudiste seguirme sin que te oyera, como un animal pequeñito, de modo que yo, que veo como un lince en la noche más oscura, que a cuadras de distancia oigo el sonido más leve, el zumbido de una mosca, no pude. sin embargo darme cuenta de tu presen¬cia. Fue tu mala estrella, amigo mío, la que te condujo hasta mí. A esta altura no puedo pensar que irás a dela¬tarme. Por eso voy a contártelo todo'. `¡Jamás seré tu cómplice, hombre malvado y perverso!' Eso es lo que yo quería gritar, pero el terror que se apoderó de mí al oír las palabras de Cardillac me hizo un nudo en la gar¬ganta. En lugar de aquellas palabras sólo pude emitir un sonido ininteligible. Cardillac volvió a sentarse en su banco de trabajo y se secó el sudor de la frente. Profun¬damente conmovido por el recuerdo del pasado, parecía que le costaba serenarse. Por fin comenzó: `Los sabios hablan mucho de las extrañas impresiones a que pueden estar sometidas las mujeres embarazadas, de la inexpli¬cable influencia de esas impresiones, vívidas e involun¬tarias, exteriores, en el niño por nacer. De mi madre se contaba una historia muy extraña. Cuando estaba en el primer mes de embarazo, asistió con otras señoras a una brillante fiesta de la Corte, que se daba en el Tria¬non . Recayó entonces su mirada en un caballero ves¬tido a la española, con una cadena de piedras preciosas al cuello, de la que se quedó prendada. Todo su ser era un ávido deseo de aquellas piedras brillantes, que le pare¬cían un bien sobrenatural. Ese mismo caballero había pretendido muchos anos atrás a mi madre, cuando ella todavía no estaba casada, pero había sido rechazado con indignación. Mi madre lo reconoció, pero ahora, a cau¬sa del brillo . de aquellos diamantes resplandecientes, le parecía un ser superior y de infinita belleza. El caballe¬ro notó las miradas nostálgicas y ardientes de mi madre y creyó que ahora tendría más suerte qué en otro tiem¬po. Supo acercarse a ella; más aún, apartarla de sus conocidos y llevarla a un lugar solitario. Allí la abrazó apasionadamente. Mi madre se había aferrado a la ca¬dena, pero en ese mismo instante él cayó al suelo y la arrastró también a ella. Tal vez en ese momento sufrie¬ra un ataque, lo que importa es que estaba muerto. Va¬nos fueron los esfuerzos de mi madre por desprenderse de los brazos acalambrados por la muerte. Mirándola con sus ojos vacíos que ya no veían, el muerto la retenía en el suelo. Gritó despavorida pidiendo ayuda, y los pa¬seantes se acercaron apresuradamente y la rescataron de los brazos de aquel siniestro amante. El terror postró a mi madre. Se pensó que moriríamos ambos, pero ella se recuperó y el parto fue más feliz de lo que habría podi¬do esperarse. Pero el horror de aquel momento espanto¬so había llegado hasta mí. Mi mala estrella se había en¬cendido y había lanzado un destello que despertó en mí una de las pasiones más extrañas y más tremendas. Ya desde mi primera infancia nada me llamaba más la aten¬ción que el oro y los diamantes. Se pensó que era una inclinación natural de la infancia. Pero luego se comprobó que. era otra cosa, porque de niño yo robaba oro y piedras preciosas siempre que tenía oportunidad de ha¬cerlo. Distinguía las joyas verdaderas de las imitaciones como el más experto; sólo las primeras me atraían, y el oro falso, como también el acuñado, lo dejaba sin siquie¬ra mirarlo. Esa codicia innata debió someterse ante los castigos más terribles de mi padre. Sólo para poder manipular el oro y las piedras preciosas opté por la pro¬fesión de orfebre. Trabajaba con verdadera pasión, y pronto me convertí en el mejor. Comenzó entonces una época en que el impulso innato, durante tanto tiempo re¬primido, se desató con violencia y creció poderosamente destruyendo todo lo que lo obstaculizaba. Apenas entre¬gaba yo una joya, caía en un estado de agitación, en un desconsuelo tal, que me robaban el sueño, la salud, las ganas de vivir. De día y de noche tenía ante los ojos, co¬mo un fantasma, luciendo mis alhajas, a la persona para la que había trabajado, y una voz me murmuraba al o!¬do: `¡Son tuyas, son tuyas, tómalas pues!... ¡De qué le sirven a un muerto las alhajas!'
Entonces opté por ro¬barlas. Yo tenía acceso a las casas de las personas más importantes; aprovechaba cualquier ocasión, no había cerrojo que resistiera mi habilidad; y pronto las joyas que yo había hecho estaban nuevamente en mi poder. Pe¬ro una vez logrado esto, no bastaba para calmar mi in¬quietud. Aquella voz monstruosa aún se dejaba oír y se burlaba de mí exclamando: `¡Oh, oh! Tus joyas las lle¬va un muerto.' Ni yo mismo sé cómo llegué a sentir un odio indescriptible hacia aquellas personas para las que había hecho alguna pieza, Sí, en lo más hondo de mi ser se levantaba contra ellos un instinto asesino que me ha¬cía estremecer. Fue por esa época que compré esta casa. Había llegado a un acuerdo con su anterior propietario. Aquí, en este cuarto, estábamos .los dos, contentos por el negocio que habíamos concluido, y nos bebimos una bo¬tella de vino. Se había hecho de noche y ya iba a mar¬charme, cuando el vendedor me dijo: `Espere, maestro René: antes de que se vaya le revelaré un secreto de esta casa'. Entonces abrió aquel armario empotrado en el mu¬ro, corrió la pared posterior, penetró en un cuarto pe¬queño, se inclinó, levantó una trampa y descendimos por una escalera empinada y estrecha. Llegamos a una puer¬tita angosta que él abrió, y salimos al patio abierto. En¬tonces el viejo, mi vendedor, se acercó al muro; empujó una palanca de hierro que apenas sobresalía y al momen¬to una parte del muro se corrió dejando espacio suficien¬te como para que un hombre pudiera deslizarse cómoda¬mente por la abertura y salir a la calle. Algún día, Oli¬vier, podrás ver ese artificio que seguramente hicieron construir los astutos monjes del convento que funciona¬ba aquí en otros tiempos para poder salir y entrar sin que nadie se enterara. En realidad, es un panel de made¬ra, sólo que está revocado 'y blanqueado; del lado de afuera, se le ha añadido una estatua, que también es de, madera aunque parece de piedra; todo ello gira sobre goznes ocultos. Oscuras ideas surgieron en mí al ver ese artificio; era como si hubiese sido dispuesto para accio¬nes que todavía no me habían sido reveladas. Justamen¬te en esos días había entregado a un caballero de la cor¬te una pieza valiosa que, bien lo sabía yo, estaba desti¬nada a una bailarina de la ópera. El fantasma de la muer¬te no me dejaba en paz, el espectro se adhería a mis pa¬sos. ¡Satanás susurraba en mis oídos! Me mudé a la casa. Me revolcaba en el lecho bañado por un sudor de angustia. Como en un sueño veo al hombre que sigilo¬samente se encamina hacia la casa de la bailarina y le lleva mi joya. Furioso, me levanto, me pongo la capa, desciendo por la escalera secreta y a través del muro sal¬go a la calle Nicaise. Él se acerca, me arrojo sobre él, grita, pero agarrándolo de atrás con fuerza, le. clavo el puñal en el corazón. ¡La joya es mía! Hecho esto, se apo¬deró de mi alma una paz y una serenidad que nunca an¬tes había sentido. El fantasma había desaparecido; la voz de Satanás ya no se oía. Entonces supe lo que mi ma¬la estrella quería; debía ceder o sucumbir. ¡Ahora com¬prendes todo Olivier ! No vayas a creer que porque me veo obligado a hacer eso que es irresistible he olvidado totalmente aquellos sentimientos de compasión, de mise¬ricordia que son propios de la naturaleza humana. Bien sabes cuánto me cuesta entregar una joya; sabes que al siquiera trabajo para aquellos cuya muerte no quiero, `y también que si sé que al día siguiente mi espectro exi¬girá la sangre de mi cliente, me doy por satisfecho gol¬peándolo de modo que el poseedor de mi joya cae al sue¬lo y ella regresa así a mis manos.'
"Después de contarme todo esto, Cardillac me condu¬jo a su sótano secreto y me permitió echar un vistazo al gabinete de las joyas. Ni el mismo rey tiene tantas y tan valiosas. Al lado de cada pieza había un pequeño cartel donde figuraba para quién había sido realizada, cuándo había sido recuperada por robo, asalto u homi¬cidio.
'El día de tu boda', dijo Cardillac con voz ahogada y solemne, 'ese día, Olivier, vas a jurar solemnemente so¬bre un crucifijo, que no bien yo haya muerto harás des¬aparecer todas estas joyas transformándolas en polvo mediante un procedimiento que yo mismo te indicaré en su momento. No quiero que ningún ser humano, y me¬nos Madelon y tú, posea este tesoro adquirido con sangre.'
"Atrapado en ese laberinto de crímenes, destrozado por el amor y la indignación. por la alegría y el espanto, yo era comparable al condenado a quien un ángel celes¬tial llama desde el cielo con una sonrisa, pero al que Sa¬tanás retiene con sus garras ardientes, de modo que la amorosa sonrisa del ángel se convierte para él en el más espantoso de los tormentos. Pensé huir, también pensé en suicidarme. ¡ Y Madelon ! Acúseme, acúseme, seño¬rita, de haber sido demasiado débil para vencer una pa¬sión que me ligaba al crimen, pero ¿no estoy acaso ex¬piándola ahora con una muerte vergonzosa?
"Un día, Cardillac volvió a casa con una alegría desu¬sada. Acarició a Madelon y a mí me trató con el mayor afecto; durante la comida tomó una botella de buen vino, cosa que reservaba para los días de fiesta, y se puso a cantar; parecía muy contento. Madelon se había reti¬rado, y yo iba a dirigirme al taller. `¡Quédate sentado, muchacho!', exclamó Cardillac. 'No más trabajo por hoy, bebamos otro trago a la salud de la dama más maravillo¬sa y más digna de estima de todo París.' Después de brin¬dar con él, me preguntó: '¿Dime Olivier, qué te parecen estos versos?
Un amant qui eraint les voleurs

N'est point digne d'amour'.

"Me refirió entonces aquella escena de la que usted ha¬bía participado en los salones de la Maintenon, y agregó que siempre había sentido por usted un respeto profun¬do, rnás que por cualquier otro ser humano, y que ni si¬quiera luciendo la joya más hermosa que él hubiese re¬alizado podría despertar en él a su espectro, a sus ideas asesinas, porque su inmensa virtud hacía empalidecer, inerme, a su mala estrella. 'Escucha, Olivier', me dijo, 'lo qué he decidido: Hace mucho tiempo debí hacer una gargantilla y un par de brazaletes para Enriqueta de In¬glaterra zl, y se me encomendó que yo mismo eligiera las piedras. Las joyas son las más perfectas que he reali¬zado, pero se me destrozaba el corazón al pensar en que tendría que desprenderme de aquellas alhajas, que se habían convertido en el tesoro de mi corazón. Es¬tás enterado sin duda de la muerte desgraciada de la prin¬cesa, que fue asesinada. Retuve así las joyas, y quiero ahora enviárselas como señal de mi respeto y de mi agra¬decimiento a la señorita de Scudéry, en nombre de la per¬seguida banda. Además de que con ello la señorita reci¬birá una expresiva prueba de su triunfo, me burlo al mis¬mo tiempo de Desgrais y de sus amigos, que bien se lo merecen. Tú le llevarás las joyas.' Apenas había mencio¬nado Cardillac su nombre, señorita, fue como si se hu¬biese descorrido un negro velo y hubiese vuelto a apare¬cer la hermosa imagen luminosa de aquella primera in¬fancia feliz, son sus matices brillantes y variados. Un maravilloso consuelo envolvía mi alma, y brillaba un ra¬yo de esperanza ante el cual desaparecían todos los es¬pectros tenebrosos. Cardillac percibió la impresión que hicieron en mí sus palabras, y las interpretó a su modo. `Parece que mi idea te agrada', dijo. `Puedo confesarte que una voz interior muy honda es la que me ordena ha¬cerlo, muy distinta. de' aquélla que como un ave de rapi¬ña cebada me exige víctimas sangrantes. A veces siento algo extraño, una angustia interior se apodera de mí, el miedo de algo terrible cuyos estremecimientos se intro¬ducen en el tiempo desde un más allá lejano. Siento en¬tonces como si lo que la mala estrella ha emprendido a través de mi persona, pudiera ser atribuido a mi alma inmortal que sin embargo no participa de ello. Con ese sentimiento había decidido realizar una corona de dia¬mantes para la Virgen de la iglesia de San Eustaquio. Pero aquel miedo incomprensible se apoderaba de mí vio¬lentamente cada vez que quería empezar a trabajar en ella, hasta que finalmente abandoné la idea. Al enviar a Mademoiselle de Scudéry la joya más hermosa que he realizado, es como si hiciera una ofrenda y elevara una plegaria, humildemente, a la virtud y a la inocencia.' Con
un conocimiento minucioso de sus costumbres, Cardillac me indicó cómo y cuándo tenía yo que entregar las alha¬jar que colocó dentro de un cofrecito. Yo me sentía al borde del éxtasis, porque el cielo mismo me indicaba por intermedio de Cardillac, del criminal, un camino para . salvarme del infierno en el que me consumía como un pecador repudiado. Eso era lo que yo pensaba. Pensa¬ba llegar hasta usted de una manera completamente dis¬tinta de la dispuesta por Cardillac. Como el hijo de Anne Brusson, como ,u protegido quería arrojarme a sus pies y revelarle todo, absolutamente todo. Usted habría guar¬dado el secreto, conmovida al comprender el indescripti¬ble dolor que hubiese significado para la pobre e ino¬cente Madelon la revelación de aquel horrible misterio; pero su espíritu agudo y elevado habría hallado sin du¬da medios seguros para reprimir la perversa maldad de Cardillac, sin que se hiciera pública. No me pregunte cuáles habrían debido ser . esos medios; no lo sé, pero estaba totalmente convencido de que usted salvaría a Madelon, y también me salvaría a mí. Tan seguro esta¬ba de .eso como del auxilio consolador de la sagrada Vir¬gen. Usted sabe bien, señorita, que mi intención fracasó aquella noche. No perdí las esperanzas de poder lograrlo otra vez. Pero sucedió entonces que de pronto Cardillac perdió toda alegría. Andaba por ahí sombrío, con la mi¬rada fija, mascullaba palabras incomprensibles, movía las manos como si estuviera resistiéndose a fuerzas adversas, y su espíritu parecía atormentado por malos pensamien¬to. Así pasó toda una mañana; finalmente se- sentó a trabajar, pero volvió a levantarse sin ánimo; miró por la ventana, y dijo serio y sombrío: `¡-Cómo quisiera que Enriqueta de Inglaterra hubiera lucido mis joyas!' Esas palabras me llenaron de espanto. Supe entonces que su espíritu enajenado había sido nuevamente capturado por el siniestro. fantasma de la muerte; que la voz de Satanás había resonado otra vez en sus oídos. Vi amenaza¬da su vida por el perverso demonio asesino. Pero si Car¬dillac recuperaba las joyas, usted estaría a salvo. Con cada minuto que pasaba era mayor el peligro... Fue en¬tonces cuando llegué hasta usted en el Pont-Neuf, me abrí paso hasta su carruaje y le arrojé aquella nota en la que le suplicaba que llevara enseguida las alhajas a Cardillac. Mi temor se convirtió en desesperación cuando al día si¬guiente Cardillac no habló de otra cosa más que de las valiosas joyas que la noche anterior se le habían apare¬cido ante los ojos. Para mí, no podían ser sino las jo¬yas que yo había dejado en su casa y estaba seguro de que planeaba un asesinato para esa misma noche. Te¬nía que salvarla, no me importaba si para ello Cardillac tuviera que morir. No bien él se encerró en su cuarto después de las oraciones que acostumbraba rezar en la noche; salí al patio por la ventana, me deslicé por la aber¬tura del muro y permanecí entre las sombras. Al poco rato salió Cardillac y se dirigió sigilosamente hacia la calle de Saint Honoré; el corazón me temblaba. De pron¬to Cardillac desapareció. Decidí detenerme ante la puer¬ta de esta casa. Entonces, cantando y silbando como aque¬lla vez en que el azar me hizo testigo del asesinato come¬tido por Cardillac, apareció un oficial que pasó a mi lado sin verme. En ese mismo instante; una figura negra se abalanza con un salto y cae sobre el oficial. Es Cardillac. Decido evitar este nuevo asesinato, grito, y en dos o tres pasos estoy en el lugar. No es el oficial sino Car¬dillac quien cae herido de muerte. El oficial deja caer el puñal, desenvaina la espada y se dispone a enfrentar¬me, creyendo que soy el ,cómplice del asesino. Pero al comprobar que sin preocuparme por él me inclino sobre el cadáver, se escapa rápidamente. Cardillac aún vivía. Después de guardarme el puñal que el oficial había de¬jado caer, cargué a Cardillac sobre mis hombros y con¬seguí con bastante esfuerzo llevarlo hasta la casa y me¬terlo en el taller pasando por la entrada secreta. El resto ya lo conoce usted. Ya ve, mi querida. señorita, que mi único delito consiste tan solo en no haber delatado al pa¬dre de Madelon ante el tribunal para poner fin de esa manera a sus crímenes. Ninguna tortura podrá arran¬carme el secreto de los asesinatos de Cardillac. No quie¬ro que contra la voluntad de Dios, que ocultó a la hija virtuosa los horrendos crímenes de su padre, caiga aho¬ra sobre ella toda la miseria del pasado con su peso mor¬tal; que la venganza de este mundo desentierre el cadá¬ver, que deje el verdugo su infame señal en los miembros del muerto. ¡ No! La amada de mi corazón ha de llorarme como a la víctima inocente y el tiempo calmará su dolor. Pero insuperable sería su desesperación si lle¬gara a conocer los crímenes atroces de su adorable padre."
Olivier hizo silencio; pero entonces, repentinamente, brotó de sus ojos un caudal de lágrimas. "¡Usted sabe que soy inocente!", le dijo a la señorita arrojándose a sus pies. "Estoy seguro, lo sabe. Tenga compasión de mí. Dígame, ¿cómo está Madelon" La señorita llamó en¬tonces a Martiniére, y después de un momento Madelon se arrojaba en brazos de Olivier. "¡Entonces todo está solucionado! Estás aquí. Yo lo sabía; sabía que la no¬ble señora te salvaría!" Así gritaba Madelon una y otra vez y Olivier olvidó su destino, todo lo que lo amenazaba y se sintió libre y feliz. Con conmovedores acentos se quejaban de todo lo que había sufrido uno por el otro, y volvían a abrazarse, y la felicidad de haberse vuelto a encontrar los hacía llorar.
Si la señorita de Scudéry no hubiese estado ya con¬vencida de la inocencia de Olivier, se habría convencido entonces, -al ver cómo en la felicidad de su amor inten¬so ambos olvidaban el mundo y su miseria. "¡No!", exclamó. "Sólo un corazón puro puede olvidar de ese mo¬do todas las cosas."
Las claras luces del amanecer entraban por la venta¬na. Desgrais llamó suavemente a la puerta de la sala y recordó que ya era hora de llevarse a Olivier Brusson,
porque más tarde sería imposible hacerlo sin alertar a ¡os curiosos. Así, pues, los amantes debieron separarse. Los oscuros presentimientos que acosaron el alma de la señorita de Scudéry desde la primera incursión de Oli¬vier en su casa habían cobrado vida de manera atroz. Veía al hijo de su adorada Anne tan gravemente enre¬dado que apenas poda pensar en la posibilidad de sal¬varlo de una muerte degradante. Respetaba el sentimien¬to heroico del muchacho, que prefería. morir como culpa¬ble antes que revelar un secreto que causaría un dolor mortal a Madelon. No encontraba en todo el dominio de lo posible un sólo medio para arrebatarlo dé las manos del espantoso tribunal.
Y sin embargo. albergaba en su corazón el pleno convencimiento de que no debía omitir ningún sacrificio para evitar la tremenda injusticia que iba a cometerse. Se torturaba ideando todo tipo de pla¬nes y proyectos que lindaban con lo extravagante y que desechaba con la misma velocidad con que los concebía. El resplandor de la esperanza iba haciéndose cada vez más tenue; a punto de caer en la desesperación, la confianza¬¡ ncondicional e infantil de Madelon, su manera de hablar sobre su amado Olivier -a quien pronto, libre de toda cul¬pa, abrazaría como esposo-, volvían a despertar. aquella esperanza en lo más hondo de su corazón.
Por fin, para hacer algo, la señorita de Scudéry escri¬bió una larga carta al presidente La Regnie. En ella le decía que Olivier Brusson le había probado del modo más incontrovertible su absoluta inocencia en lo referente a la muerte de Cardillac, y que sólo la valiente determinación de llevarse a la tumba un secreto cuya revelación aniquila¬ría a la inocencia y la virtud en persona, le impedía efec¬tuar ante el tribunal una declaración que no sólo lo libra¬ría de la espantosa sospecha de haber asesinado a Cardillac, sino también de haber pertenecido a la banda de los impíos asesinos. Había apelado a su fervor más ardiente y a su ingeniosa elocuencia para ablandar el duro corazón de La Regnie: Pocas horas después, el presidente le res¬pondió que lo alegraba de todo corazón el hecho de que Olivier Brusson se hubiese justificado absolutamente ante su distinguida y noble protectora. En lo que respecta a la heroica decisión de Olivier de llevarse a la tumba un secre¬to relacionado con el crimen, él sentía mucho que la Cham¬bre Ardente no pudiera respetar de igual manera esa he¬roica decisión, y que, por el contrario, procuraría vencerla apelando á los medios más poderosos. Al cabo de tres días pensaba estar en posesión de ese extraño secreto que segu¬ramente permitiría descubrir verdaderas maravillas.
Demasiado bien sabía señorita de Scudéry a qué se re¬fería el terrible La Regnie al hablar de los medios que ven¬cerían el coraje de Brusson. Era pues seguro que iban a torturarlo. Aterrada, se le ocurrió finalmente, sólo para conseguir un aplazamiento, que podría ser útil el consejo de un abogado. Pierre Arnaud d'Andilly era por aquella época el abogado más famoso de todo París. Sus vastos conocimientos y su amplia inteligencia eran tan notables como su honradez y sus condiciones morales. A él se diri¬gió la señorita de Scudéry, y le contó todo lo que era po¬sible contar sin descubrir el secreto de Brusson. Creía que d'Andilly se interesaría con fervor por aquel inocente, pe¬ro sus esperanzas se vieron defraudadas. D'Andilly escu¬chó atentamente todo el relato, y luego respondió sonrien¬do con las palabras de Boileau: "Le vrai peut quelquefois n'étre pas vraisemblable". Le. manifestó a la señorita que sobre Brusson recaían las sospechas más definidas, que el proceder de La Regnie no había sido en absoluto inhumano ni apresurado, sino estrictamente legal; que de ningún modo habría podido actuar de otra manera sin evadir sus deberes de juez. El mismo d'Andilly no creía posible salvar a Brusson de la tortura ni con la defensa más hábil. Sólo Brusson podía salvarse efectuando una confesión sincera o un relato minucioso de las circuns¬tancias que rodearon la muerte de Cardillac, lo que quizá podría dar pie -pero recién entonces-- a nuevas inves¬tigaciones. "¡Entonces me arrojaré a los pies del rey y le suplicaré que tenga compasión!", dijo la señorita de Scudéry, sin poder dominarse, con la voz ahogada por las lágrimas. "No haga eso", le replicó d'Andilly, "¡no lo haga, por amor de Dios! Guarde hasta el final ese recurso extremo, porque si falla una vez no podría vol¬ver a utilizarlo. El rey jamás indultaría a un delincuen¬te de. ese tipo, porque recibiría los más amargos repro¬ches del pueblo damnificado. Es posible que Brusson con¬siga anular las sospechas que pesan contra él, ya sea revelando su secreto o de alguna otra forma. Entonces habrá llegado el momento de suplicar la gracia del rey, que no preguntará qué es lo que el tribunal ha probado, sino que se guiará por su propia convicción interior."
La señorita de Scudéry tuvo que asentir y aceptar el consejo del experto abogado. Esa noche, mientras estaba en su cuarto sumida en profundas reflexiones, preocu¬pada respecto de lo que podría hacer para salvar al des¬graciado Brusson, entró Martiniére anunciándole que el Conde de Miossens, coronel de la Guardia del Rey, desea¬ba hablar urgentemente con ella.
"Discúlpeme, señorita", dijo Miossens, inclinándose con un saludo militar. "Disculpe que venga a verla tan tarde, a una hora tan desusada. Nosotros los soldados lo tenemos por costumbre, pero dos palabras bastarán para justificarme: es Olivier Brusson quien me trae hasta usted." La señorita, ansiosa por saber algo nue¬vo, exclamó: "¿Olivier Brusson? ¿El más desgraciado de todos los hombres?, ¿qué tiene usted que ver con él?` "Bien sabía yo", continuó' Miossens con una sonrisa, "que el nombre de su protegido bastaría para que acep¬tara escucharme. Todo el mundo está convencido de la culpabilidad de Brusson. Yo sé que su opinión es otra y que sólo se apoya en las afirmaciones del acusado. Con¬migo ocurre lo contrario. Nadie puede estar más segu¬ro que yo de la inocencia de Brusson en el asesinato de Cardillac." "¡Oh! ¡Hable, hable de una vez!", exclamó la señorita Scudéry, y sus ojos brillaban de felicidad. "Yo", dijo Miossens recalcándolo, "yo mismo fui quien apuñaló al viejo orfebre en la calle de Saint Honoré, no lejos de esta casa." "¿Usted? ¡Por todos los santos!% exclamó la señorita. "Y puedo jurarle, mademoiselle, que estoy orgu¬lloso de haberlo hecho. Sepa usted que Cardillac era el perverso, el horrible criminal que por las noches robaba y asesinaba sigilosamente y que durante tanto tiempo bur¬ló todas las trampas que se tendían. Ni yo mismo sé cómo fue tomando cuerpo en mi mente una íntima sospecha contra el malvado viejo. Cuando con inquietud visible me trajo las joyas que yo le había encargado, se informó exactamente para quién eran, y consiguió sonsacarle as¬tutamente a mi ayuda de cámara cuándo acostumbraba yo visitar a determinada dama. Hacía ya tiempo que me había dado cuenta de que las desgraciadas víctimas de aquella codicia horrorosa tenían, todas, la misma herida mortal. Estaba convencido de que el asesino tenía una buena práctica del golpe que debía matar instantánea¬mente a la víctima, y contaba con eso. Si erraba, enton¬ces la lucha sería pareja. Esto me permitió valerme de una medida preventiva, tan sencilla que no comprendo cómo no se les ocurrió antes a otros, que de ese modo se habrían salvado de la muerte que los amenazaba. Me puse una ligera corona bajó el chaleco. Cardillac me atacó por atrás. Me agarró con una fuerza monstruosa pero el golpe certero dio contra el hierro. En ese mismo instante con¬seguí soltarme y le clavé en el pecho el puñal que tenía preparado." "¡Y calló usted!", dijo la señorita. "¿No de¬nunció lo sucedido ante el tribunal?" "Permítame que le haga notar, señorita", continuó Miossens, "que una de¬nuncia de ese tipo, en caso de no llevarme directamente a la ruina, me envolvería, por lo menos, en un proceso su¬mamente desagradable. ¿Acaso me habría creído La Reg¬nie, que olfatea crímenes por todas partes, si yo hubiese acusado al honorable Cardillac, modelo de toda piedad y virtud, diciendo que él era el asesino que tanto buscaban? ¿Y qué si la espada de la justicia volvía su punta contra mí?" "Imposible"; exclamó la señorita de Scudéry, "su' ascendencia, su posición..." "!Oh!", continuó Miossens. "piense en el Mariscal 'de Luxemburgo, que por la ocurren¬cia de hacerse decir el horóscopo por Le Sage, cayó bajo la sospecha de ser un envenenador y fue a parar a la Basti¬lla. ¡No, por San Dionisio ! Ni una sola hora de libertad ni la punta de mi oreja le cedo a La Regnie, que colocaría con gusto su cuchillo en la garganta de todos nosotros!" "¡Pero así pone en el patíbulo a Brusson, que es inocente!" "¿Inocente?", replicó Miossens. "¿Llama inocente, señorita, al cómplice de Cardillac? ¿A quien lo secundó en sus- crí¬menes, y que se ha ganado la muerte mil veces? No. Es justo que muera, y le he revelado la verdad del asunto pen¬sando que sin ponerme a mí en manos de la Chambre Ar¬d.ente, podría valerse de mi secreto para salvar a su pro¬tegido.
La señorita de Scudéry, con la intensa alegría de ver confirmado de manera tan definitiva su convencimiento respecto de la inocencia de Brusson, no vaciló en descu¬brirle todo al conde, quien después de todo ya conocía los crímenes de Cardillac, y en pedirle que se dirigiera con ella a ver a d'Andilly, a quien habría que revelarle toda la verdad bajo juramento de que la mantendría en secre¬to, y que les aconsejaría qué convenía hacer.
Después de escuchar el relato completo y detallado de todo el asunto, d'Andilly volvió a preguntar por las cir¬cunstancias más insignificantes. En particular, le pregun¬tó al conde de Miossens si tenía la plena seguridad de que había sido atacado por Cardillac, y si podría reconocer en Olivier Brusson a la persona que se había llevado el cuer¬po.."Aparte de ver perfectamente al orfebre a la luz de la luna", respondió Miossens, "he visto en lo de La Regnie el puñal con que Cardillac fue asesinado. Es el mío, y lo re¬conozco por el cabo labrado. A un paso solamente del mu¬chacho a quien además se le había caído el sombrero, vi claramente todos sus rasgos, y podría reconocerlo sin nin¬guna duda."
D'Andilly bajó la mirada y permaneció unos momen¬tos en silencio; luego dijo: "Por vía legal, es evidente que Brusson no puede ser librado de manos de la justicia. No quiere acusar a Cardillac por Madelon, y es mejor que no lo haga. Porque aun si se lograra demostrar todo descu¬briendo la salida secreta y el tesoro robado, igualmente sería condenado como cómplice. Lo mismo sucedería si el Conde de Miossens revelara a los jueces el encuentro con el orfebre tal como sucedió. Lo único que puede intentarse es un aplazamiento. Que el Conde de Miossens se presente a la Conciergerie, pida ver a Olivier Brusson, y lo reco¬nozca como la persona que se llevó el cuerpo de Cardillac. Que vaya a ver inmediatamente a La Regnie, y le diga: `En la calle de Saint Honoré vi que un hombre fue atacado; estaba yo muy cerca del cadáver, cuando se acercó otro hombre, que se inclinó sobre el caído, y al comprobar que todavía vivía, lo cargó sobre los hombros y se lo llevó. Re¬conocí a ese hombre: es Olivier Brusson', Esa declaración dará motivó a un nuevo interrogatorio y a una confron¬tación con el Conde de Miossens, suficiente para que se aplace la tortura y se continúe con la investigación. Entonces habrá llegado el momento de dirigirse al rey en persona. Quedará librado a su ingenio, señorita, hacerlo de la mejor manera. Por mi parte, creo que sería conve¬niente revelarle todo el asunto al rey. La declaración de Miossens respaldará las afirmaciones de Brusson. Lo mis¬mo podrá suceder si se investiga secretamente la casa de -Cardillac. Pero todo esto no podrá lograrse por ningún fallo judicial, sino sólo por la decisión personal del rey, que expresa su perdón allí donde el juez debe condenar". El Conde de Miossens siguió paso por paso los consejos de d'Andilly, y todo sucedió como éste lo había previsto.
Ahora había llegado el momento de interesar al rey, y éste era el punto más difícil, ya que aquél sentía tal re¬pugnancia contra Brusson, a quien tenía por el espantoso asesino que había desatado el terror y la angustia en todo París durante tanto tiempo, que apenas se le recordaba el tristemente célebre proceso era acometido por la ira más violenta. La marquesa de Maintenon, fiel a su premisa de no hablar jamás al rey de cosas desagradables, se negó a intervenir, y de tal manera la suerte de Brusson quedó exclusivamente en manos de la señorita de Scudéry. Des¬pués de largas reflexiones, tomó una decisión y la llevó a cabo de inmediato. Se vistió con un vestido negro de seda, se adornó con las valiosas alhajas de Cardillac y se cubrió con un largo velo negro. Así hizo su entrada en los salones de la marquesa a la hora en que el rey solía estar allí. La noble figura de la anciana dama, con aquellos vestidos tan solemnes, era de una majestad que despertaba profundo respeto incluso entre la gente acostumbrada a andar por las antesalas sin prestar atención a nada. Todos se hicieron respetuosamente a un lado, y cuando entró, hasta el mismo rey, admirado, se puso de pie y le salió al encuentro. Brillaron entonces ante sus ojos los bellísimos diamantes de la gargantilla y de los brazaletes y exclamó:
"¡Por todos los cielos, si estas son alhajas de Cardillac!" Y luego, dirigiéndose a la marquesa de Maintenon agregó con una sonrisa delicada: "Mire, señora marquesa, qué bien le queda a nuestra bella novia el luto por su prome¬tido". "¡Ah, mi señor!", lo interrumpió la señorita de Scu¬déry, como continuando la broma. "¿Cómo podría lucir tan¬to brillo una novia agobiada por el dolor? No; habría olvi¬dado ya totalmente al orfebre, no me acordaría más de él, si no se me apareciera a veces ante los ojos la horrible imagen de su cuerpo apuñalado, que vi tan de cerca." "¿¡Cómo!?", preguntó el rey. "¿Lo vio usted al pobre?" La señorita de Scudéry relató entonces con pocas pala¬bras las circunstancias en que la casualidad (no quería mencionar todavía la intervención de Brusson) la había llevado hasta la casa de Cardillac justo en el momento en que se había descubierto el crimen. Describió el sufrimien¬to intenso de Madelon, la profunda impresión que había causado en ella, esa criatura angelical, el modo como la había rescatado de las manos de Desgrais, entre los gritos de júbilo del pueblo. Con interés creciente comenzaron a desfilar entonces las escenas en que aparecían La Regnie, Desgrais, el mismo Brusson. El rey, arrastrado por la fuer¬za vital que ardía en el relato de la señorita de Scudéry, no se dio cuenta de que se estaba hablando del horrible proceso de Brusson que tanto le repugnaba; no podía pro¬nunciar una sola palabra, sólo de vez en cuando emitía alguna exclamación con que desahogaba la emoción de que era presa. Y en un abrir y cerrar de ojos, antes de que pudiera ordenar todo en su mente y reflexionar al respec¬to, la señorita de Scudéry estaba a sus pies suplicándole piedad para Olivier Brusson. "¡Pero qué hace usted!", ex¬clamó el rey tomándola de las manos y obligándola a sen¬tarse en un sillón. "¡Me sorprende de manera tan extra¬ña! Es una historia tan insólita. ¿Quién puede garantizar la verdad del fantasioso relato de Brusson?" Entonces le replicó la señorita: "La declaración de Miossens, la inves¬tigación en la casa de Cardillac, el convencimiento inte¬rior... ¡Ah! el corazón puro de Madelon,- que reconoció la misma pureza en el desdichado Olivier". El rey, que estaba a punto de decir algo, se dio vuelta de pronto al es¬cuchar un ruido que provenía de la puerta. Louvois, que estaba trabajando en el cuarto vecino, miró al rey con ex¬presión. preocupada. Este se levantó y abandonó el cuarto, siguiendo a la Louvois. La señorita de Scudéry y la marque¬sa de Maintenon consideraron que esa interrupción era peli¬grosa, por cuanto sorprendido una vez, el rey se cuidaría muy bien de volver a caer en la trampa preparada. Pero al cabo de algunos minutos volvió a entrar, recorrió un par de veces el salón, se detuvo después con las manos en la es¬palda ante la señorita, y dijo en voz baja, sin mirarla: "Quisiera ver a su Madelon". A lo que ella replicó: "¡ Oh, señor! ¡ Qué alegría inmensa se le concede a la pobre niña! i A su señal vendrá la pequeña y se postrará a sus pies!" Y entonces se dirigió hasta la puerta con pasitos cortos y rápidos, tan rápidos como sus pesados vestidos se lo permitían, y anunció que el rey quería ver a Madelon Car¬dillac. Cuando se dio vuelta, lloraba de felicidad y emoción. Ella había presentido esa gracia, y por eso había llevado consigo a Madelon que esperaba junto a la doncella de la marquesa llevando en la mano una breve petición que le había redactado d'Andilly. En pocos momentos estaba a los pies del rey, sin poder hablar. El temor, la turbación, un respeto tímido, el amor y el dolor hacían bullir la san¬gre en sus venas. Sus mejillas ardían, intensamente rojas, sus ojos brillaban con lágrimas de perlas que se desli¬zaban de vez en cuando desde su sedosas pestañas sobre el pecho de azucenas. El rey parecía turbado por la mara¬villosa belleza de esa criatura angelical. Levantó suavemen¬te a la muchacha y luego pareció querer besar su mano, que había tomado. Pero la dejó caer nuevamente y miró a la dulce niña con los ojos húmedos de lágrimas. En voz baja le susurró la marquesa a mademoiselle: "¿No es pareci¬dísima a la Valliére esta pequeña? El rey se abandona a sus recuerdos más dulces. La partida 'está ganada". Aun¬que había dicho todo esto en voz muy baja, el rey pareció haber escuchado. Un ligero rubor cubrió su semblante, miró á la marquesa: "Quiero creer, pequeña, que estás convencida de la inocencia de tu amado; pero oigamos lo que tiene que decir al respecto la Chambre Ardente". Un ademán delicado de su mano despidió a la pequeña que se ahogaba en lágrimas. La señorita de Scudéry se dio cuen¬ta, angustiad á, de que el recuerdo de la Valliére, tan venta¬joso como le había parecido al principio, había alterado la intención del rey en cuanto la marquesa pronunció su nom¬bre. Podía ser que el rey hubiese sentido que estaba por sacrificar la justicia en aras de la belleza, o quizá le pasó como al soñador, que despertado bruscamente comprende que . no existían las mágicas visiones, que creía reales. Quizá ya no veía ante sí a su Valliére sino a Sor Louise de la Miséricorde -el nombre que había adoptado la Va¬lliére entre las monjas carmelitas- atormentándolo con su devoción y su penitencia. Ya sólo podría esperarse la resolución del rey.
Entretanto, la declaración del Conde de Miossens ante la Chambre Ardente se había hecho pública; y como el pue¬blo se deja llevar con facilidad de un extremo a otro; aquel a quien primero habían condenado como al asesino más perverso, y al que amenazaban con descuartizar antes de que subiera al cadalso, ahora. era ya compadecido como la víctima inocente de una justicia bárbara. Recién ahora recordaban los vecinos la conducta intachable de Olivier, el inmenso amor que profesaba por Madelon, la fidelidad y la devoción que había demostrado en todo momento al viejo orfebre. -A menudo aparecían manifestaciones ante el palacio de La Regnie y gritaban: "Danos a Olivier Brusson, es inocente!" y hasta llegaban a arrojar piedras contra las ventanas, de manera que La Regnie se veía obli¬gado a refugiarse en la Marechaussée para protegerse de la furia del pueblo.
Varios días pasaron sin que la señorita de Scudéry tuviera absolutamente ninguna noticia del proceso contra Olivier Brusson. Desconsolada, se dirigió a ver a la mar¬quesa de Maintenon, quien sin embargo le aseguró que el rey no mencionaba el asunto, y que no creía que fuese acon¬sejable recordárselo. Preguntó después cómo estaba la pe¬queña Valliére, y la señorita de Scudéry llegó a la con¬clusión de que a aquella orgullosa mujer le disgustaba una cuestión que podía llevar al rey, tan sentimental, a un ámbito cuyo encanto ella no podía dominar. De la mar¬quesa, pues, no podía esperarse absolutamente nada.
Con la ayuda de d'Andilly consiguió por fin averiguar que el rey había mantenido una larga conversación en pri¬vado con el Conde de Miossens ; que además Bontemps, el ayuda de cámara de máxima confianza del rey, y que era además su comisionado, había estado en la Conciergerie y había hablado con Brusson; que finalmente una noche, el mismo Bontemps había permanecido con varias perso¬nas en la casa de Cardillac durante largo tiempo. Claude Patru, que vivía en la planta baja, aseguró que había oído pisadas sobre su cabeza durante toda la noche, y que Oli¬vier había estado allí porque había reconocido claramente su voz., por más que fuera seguro que el rey mismo estaba promoviendo la investigación de las verdaderas circuns¬tancias que habían rodeado aquel crimen, seguía siendo incomprensible la demora en la decisión. La Regnie pare¬cía estar recurriendo a todos los medios a su alcance para retener entre los dientes a la presa que iba a serle arreba¬tada. Eso oscurecía cualquier esperanza.
Había transcurrido casi un mes cuando la señorita de Scudéry, por medio de la marquesa, se enteró de que el rey deseaba verla esa noche en sus salones. El corazón empezó a latirle con violencia; sabía que había llegado la hora en que iba a decidirse la suerte 'de Brusson y así se lo dijo a la pobre Madelon, que rezaba fervientemente a la Virgen y a todos los santos, para que despertaran en el rey el convencimiento de la inocencia de Olivier.
Y sin embargo, parecía que -el rey había olvidado todo el asunto, porque entretenido como siempre en animada conversación con la marquesa y -con la señorita, no hacía la menor alusión al tema. Por fin apareció Bontemps, se acercó al rey, le dijo algunas palabras en voz tan baja que ninguna de las dos damas pudo enterarse de nada. La señorita de Scudéry temblaba interiormente. El rey se puso entonces de pie, se dirigió a ella y le dijo con un brillo especial en los ojos: "¡Felicitaciones, señorita! ¡Su pro¬tegido Olivier Brusson está en libertad!" La señorita de Scudéry, sin poder contener las lágrimas, incapaz de pro¬nunciar una sola palabra, quería arrojarse a los pies del rey.. Pero éste se lo impidió diciendo: "¡Vaya, vaya, seño¬rita! Usted debería ser abogado del Parlamento y defen¬der todas mis causas. Porque, ¡por San Dionisio!, nadie en toda la tierra podría resistirse a su elocuencia. Pero además" continuó diciendo en todo más serio, "aquel a quien la virtud en persona toma bajo su protección, ¿puede acaso no estar seguro ante cualquier acusación, ante la Chambre Ardente y todos los tribunales del mundo?" La señorita de Scudéry encontró entonces palabras para ex¬presar su agradecimiento más ferviente. El rey la inte¬rrumpió, diciéndole que en su casa la esperaría a ella misma un agradecimiento mucho más ardiente que el que él pudiera merecer de ella, porque posiblemente en ese mismo momento ya estaría Olivier abrazando a su Made¬lon. "Bontemps", concluyó el rey, "le entregará mil luises que usted dará en mi nombre a la pequeña como dote. Que se case con su Brusson, que no merece tanta felicidad; pero que luego ambos se vayan de París. Esa es mi voluntad." Martiniére salió rápidamente al encuentro de la seño¬rita, y detrás iba Baptiste, ambos con la mirada resplan¬deciente de alegría y gritando jubilosos: "¡Está aquí, está libre! ¡Qué pareja adorable!" Ambos se postraron feli¬ces a los pies de la señorita de Scudéry. "¡Yo sabía que usted, sólo usted salvaría a mi Olivier !", exclamó Made¬lon. "¡La fe en usted, como en una madre, reposaba firme en mi alma!", dijo Olivier, y ambos le besaban á la digna dama las manos y vertían mil lágrimas de felicidad. Y luego volvían a abrazarse y decían que la felicidad de ese momento compensaba todo el sufrimiento indescriptible de los días anteriores, y juraban que no se separarían has¬ta la muerte.
A los pocos días se celebró la boda con la bendición del sacerdote. Aunque no hubiese sido ésa la voluntad del rey, Brusson no habría podido permanecer en París, don¬de todo la recordaba aquella época espantosa de los críme¬nes de Cardillac, donde cualquier circunstancia podía des¬cubrir el pavoroso secreto que ya varias personas cono¬cían, y destruir así para siempre su vida dichosa.Luego de la boda se marchó con su joven esposa a Ginebra, acom¬pañado de las bendiciones de la señorita de Scudéry. Con la rica dote de Madelon, dueño de una habilidad extraor¬dinaria para su trabajo y de todas las virtudes de un buen ciudadano,su vida transcurrió allí sin problemas.Vio cumplidas aquellas esperanzas que habían defraudado a su padre y lo habían llevado a la tumba.
Un año. había pasado desde la partida de Brusson, cuando apareció una proclama firmada por Harloy de Chauvalon, Arzobispo de París, y por el abogado del Par¬lamento, Pierre Arnaud d'Andilly, donde se explicaba que un pecador arrepentido había entregado bajo secreto de confesión un valioso tesoro de joyas y piedras preciosas robadas. Se invitaba a todo aquel a quien hasta fines del año 1680 le hubiese sido robada alguna joya (y que hu¬biese sido atacado en plena calle) a que se presentara en el despacho de d'Andilly, donde recuperaría su alhaja en caso de que la descripción previa de la pieza robada coin¬cidiera exactamente con alguna de las joyas recuperadas y no hubiese duda alguna acerca de la autenticidad de re¬clamo. Muchos de aquellos que figuraban en la lista de Cardillac no como asesinados, sino sólo desmayados por un golpe, fueron presentándose ante el abogado del Parla¬mento y recuperaron así, con no poca sorpresa, las joyas que les habían robado. El resto fue donado al tesoro de la iglesia de San Eustaquio.

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1:02 pm - La Señorita de Scudery segunda parte
LA SEÑORITA DE SCUDERY-E. T. A. HOFFMANN
Despavorida, la señorita de Scudéry exclamó enton¬ces: "¡Por todos los santos!, ¿qué le ocurre a este hom¬bre?" Pero la marquesa, con un buen humor y una ex¬presión traviesa que no era usual en ella, estalló en una risa clara y dijo: "¡Eso es! ¡El maestro René está per¬didamente enamorado de 'usted y, siguiendo los usos y las costumbres de la galantería, comienza a ,asediar su corazón con valiosos regalos!" La Maintenon siguió bro¬meando y le aconsejó a la señorita de Scudéry que no fuera demasiado desalmada con el desesperado amante; y ésta, por ese humor que le era tan propio, se dejó arras¬trar a un torbellino de mil graciosas ocurrencias. Se imaginaba que cuando finalmente fuera vencida por el asedio del galán, se vería en el trance de dar al mundo el inaudito ejemplo de una novia de setenta y tres años, de virtud inmaculada, otorgando su mano al orfebre. La Maintenon se ofreció a trenzarle la corona de novia y a enseñarle los deberes de una buena ama de casa, de los que una muchacha tan inexperta no podía saber mucho.
Cuando finalmente la señorita de Scudéry se puso de pie para marcharse, una expresión seria se deslizó nuevamente por su rostro a pesar de todas aquellas ri¬sueñas bromas al tomar otra vez el cofrecillo, y dijo en¬tonces: "A pecar de todo, señora marquesa, jamás podré lucir estas joyas. Han estado una vez, como quiera que las cosas hayan sucedido, en manos de aquellos ladrones dia¬bólicos que roban y asesinan con una audacia del demo¬nio y que seguramente han hecho un pacto con las poten¬cias infernales. Lo que pueda estar adherido a estas al¬hajas me aterroriza... E incluso el comportamiento de Cardillac, debo confesarlo, tiene para mí algo de inquie¬tante, algo que me asusta. No puedo evitar que surja en mí el oscuro presentimiento de que detrás de todo hay al¬gún misterio siniestro y atroz, y aunque al repasar nue¬vamente todas las circunstancias del asunto, ni siquie¬ra llego a intuir en qué puede consistir ese misterio, y cómo alguien como René Cardillac, tan respetable y ho¬nesto, un modelo de ciudadano correcto y piadoso, podría tener algo que ver con un asunto nefasto y condenable, le aseguro que jamás me atreveré a lucir esas joyas".
La marquesa consideró que eso era llevar demasiado lejos los escrúpulos; pero cuando la señorita de Scudéry le preguntó qué haría ella en su lugar, respondió con se¬riedad y firmeza: "Antes que lucir alguna vez esas alha¬jas, preferiría arrojarlas al Sena".
Aquel encuentro con René Cardillac lo volcó la seño¬rita de Scudéry en graciosos versos que durante la ve¬lada siguiente leyó al rey en los salones de la marquesa. Venciendo las angustias de sus oscuros presentimientos logró representar con vivos colores, a costa del maestro
René, la graciosa imagen de la aristocrática novia se¬tentona del orfebre, de modo tal que el rey rió con to¬das sus ganas, jurando que Boileau-Despreaux había sido superado, porque el poema de Mademoiselle era el más ingenioso que se hubiera escrito jamás.
Varios meses habían transcurrido ya cuando quiso el azar que la señorita de Scudéry paseara por el Pont¬neuf en el carruaje de cristales de la. duquesa de Mon¬tansier. Aquellas carrozas eran todavía algo tan nuevo que los curiosos se amontonaban en las calles para verla pasar, cuando aparecía alguna. Así sucedió pues, que una masa de curiosos se congregó alrededor del carrua¬je de la duquesa, impidiendo el pasó de los caballos. En ese mismo momento oyó la señorita una discusión, o gri¬tos y maldiciones, y vio que un hombre se abría paso a golpes y empujones entre la `apretada multitud. Y cuan¬do el hombre estuvo más cerca, se encontró con la mira¬da penetrante de un rostro joven, mortalmente pálido y desfigurado por el dolor. El joven la miraba fijamente, mientras trataba sin pausa de abrirse paso con puños y codos, hasta que por fin llegó a la portezuela del carrua¬je que abrió apresuradamente arrojando a la señorita un papel sobre el regazo. Luego, distribuyendo y recibien¬do golpes, desapareció tal como había llegado.
Martiniére, que acompañaba a la señorita, se había desvanecido con un grito de terror cuando el hombre apa¬reció en la portezuela. En vano la dama tiró de la cuer¬da, en vano trató de que el cochero la oyera; éste, como poseído por los demonios, fustigó a los caballos que con espuma en la boca se encabritaron y por fin se alejaron en estampida cruzando el puente. La señorita de Scudé¬ry vació su frasquito de sales aromáticas sobre la mujer desvanecida que finalmente abrió los 'ojos y, temblando angustiada, aferrándose a su ama con todas sus fuerzas, con una expresión de espanto gimió casi sin voz: "¡Por la Santísima Virgen! ¿Qué quería. ese hombre espanto¬so? ¡Ah! Era el mismo, el que trajo el cofrecito aquella noche terrible". Mademoiselle tranquilizó a la pobre mu¬jer; explicándole que no había sucedido nada malo, y qué lo importante era saber qué decía el papel. Desdobló la hojita, y leyó lo siguiente:

"Un destino nefasto, que usted podría alterar, me arroja al abismo; le suplico, como un hijo a su madre, le lleve a René Cardillac la gargantilla y los brazaletes que recibió por mi intermedio; dé cualquier pretexto: mejorar algún detalle, cambiar alguna piecita; v que lo haga antes de pasado mañana. Su bienestar, su vida misma dependen de ello. Si no lo hace, entraré a su casa y me suicidaré ante sus ojos."

"No cabe duda", dijo la señorita cuando hubo leído la nota, "que aunque este hombre pertenezca a la banda de perversos ladrones y asesinos, no tiene ninguna maa intención para conmigo. Si aquella noche hubiese lo¬grado hablarme, quién sabe qué extraños acontecimientos, qué oscuras relaciones se me habrían aclarado, de las que en este momento nada puedo intuir. Pero no imrta cómo sucedan las cosas, voy a hacer lo que aquí se me pide, aunque no sea sino para desprenderme de esas alhajas funestas que me parecen un talismán dia¬bólico. Seguramente Cardillac, fiel a sus antiguas cos¬tumbres, no querrá desprenderse otra vez tan fácilmente de ellas.
Ya al día siguiente tenía pensado la señorita llevar las *joyas al orfebre. Pero fue como si todos los bellos espíritus dé París se hubiesen conjurado para asediarla con versos, obras de teatro y anécdotas. Apenas había acabado la Chapelle con la escena de una tragedia, asegurando con astucia que superaría a Racine, cuando en¬tró éste en persona, echando por tierra aquella afirma¬ción con el monólogo patético de algún rey, hasta que Boileau dirigió al negro cielo de la tragedia sus focos luminosos, para no tener que seguir escuchando al arqui¬tectónico doctor Perrault que lo aburría hablando eter¬namente de las arcadas del Louvre.
Así llegó el mediodía, y como la señorita de Scudéry tenía un compromiso con la duquesa de Montansier, la visita a Cardillac quedó postergada para la mañana si¬guiente. Una cierta intranquilidad la afligía. No podía dejar de pensar en aquel joven, y un recuerdo pugnaba por surgir de lo más hondo, como si esos rasgos y ese rostro ya los hubiese conocido desde mucho antes. El más leve sueño era conmovido por terribles pesadillas; se sentía culpable, como si por ligereza hubiese desperdi¬ciado la oportunidad de tomar bondadosamente la mano que le había tendido aquel pobre hombre que se hundía en el abismo, como si ella hubiese podido impedir algún hecho funesto, algún crimen atroz. Por eso a la mañana siguiente ordenó muy temprano que la vistieran y fue a ver al orfebre, llevando el cofrecito. .


Un mar de gente se dirigía hacia la calle Nicaise,, donde vivía Cardillac, y se agolpaba gritando ante la puerta de su casa, como si pretendiera entrar por asalto, siendo a duras penas contenida por la Mareschaussée, que rodeaba la casa. Voces enfurecidas gritaban salva¬jemente: "¡Destrozadlo, aniquilad al perverso asesino!" Por fin aparece Desgrais con una comitiva que logra abrirse camino entre la muchedumbre abigarrada. En¬tonces se abre la puerta y un hombre cargado de cade¬nas es sacado de allí entre las maldiciones más espanto¬sas de la multitud enfurecida. Mientras la señorita de
Scudéry presencia esto, un grito desesperado llega a sus oídos. "¡Adelante, adelante!", le grita fuera de sí al cochero que con un movimiento hábil y rápido dispersa a la muchedumbre y se detiene frente a la puerta de Car¬dillac. Allí ve a Desgrais, y a sus pies una muchacha joven, hermosa como la luz del día, con el cabello des¬atado, a medio vestir, con una angustia salvaje y una desesperación desconsolada en el rostro le abraza las ro¬dillas y grita con voz desgarradora y dolorida: "¡Es ino¬cente! ¡Es inocente!" Inútiles son los esfuerzos de Desgrais y de su gente para apartarla, para levantarla del suelo. Aparece entonces un hombre corpulento, enor¬me, que la agarra con manos torpes, la arranca violen¬tamente de Desgrais, tropieza y suelta a la muchacha que cae por la escalera y queda tendida en la calle, si¬lenciosa, como muerta. La señorita de Scudéry no puede ya contenerse: "¡En nombre de Cristo, qué ha sucedido, qué es lo que pasa aquí?", exclama, mientras abre rápida¬mente la portezuela y desciende. La gente se aparta con respeto ante la anciana dama, quien al ver cómo algunas mujeres compadecidas, luego de colocar a la muchacha sobre la escalera, le frotan la cara con agua, se acerca a Desgrais y repite con vehemencia su pregunta. "Ha su¬cedido lo más espantoso", le dice Desgrais : "René Car¬dillac fue hallado esta mañana muerto de una puñalada. Su oficial Olivier Brusson es el asesino. Acaban de lle¬várselo a la prisión". "¿Y la muchacha?", exclama Ma¬demoiselle. "Es Madelon", la interrumpe Desgrais, "la hija de Cardillac. El asesino era su amante. Ahora llo¬ra, grita y repite una y otra vez que Olivier es inocente. En el fondo ella sabe bien lo que ocurrió y debo llevarla también a la Coriciergerie." Mientras decía esto, Des¬grais miraba a la muchacha con una expresión maligna que hizo temblar a Mademoiselle. La muchacha recu¬peraba el aliento, pero no podía moverse ni emitir una
sola palabra; yacía ahí con los ojos cerrados, y nadie sa¬bía qué hacer: si llevarla a la casa o esperar a que reco¬brara el sentido. Hondamente conmovida y con los ojos llenos de lágrimas miraba la señorita a ese ángel ino¬cente; sentía terror ante Desgrais y sus hombres. En ese momento : ataron de la casa el cadáver de Cardillac. Tomando rápidamente una decisión, la señorita de Scu¬déry exclamó: "A la niña me la llevo yo; ocúpese usted del resto, Desgrais". Un sordo murmullo de aprobación se elevó de la muchedumbre. Las mujeres levantaron a la muchacha, todos se acercaron, cien manos querían ayu¬dar, y como flotando en el aire fue introducida en el ca¬rruaje la hija de Cardillac, mientras que de todos los labios .brotaban bendiciones para la anciana dama que había arrancado a la inocente criatura de las manos del tribunal del sangre.
Los esfuerzos de Seron, el más famoso de los médi¬cos de París, dieron por fin. resultado y Madelon reco¬bró el sentido tras un desvanecimiento de varias horas. La señorita completó lo que el médico había comenzado, dejando que una leve luz de esperanza brillara en el al¬ma de la muchacha, hasta que finalmente un llanto co¬pioso consiguió aliviarla. Y aunque de tanto en .tanto la violencia del dolor más intenso ahogaba sus palabras con profundos sollozos, pudo por fin relatar lo que había sucedido.
Golpes suaves en la puerta de su habitación la desper¬taron hacia medianoche, y enseguida escuchó la voz de Olivier rogándole que se levantara de inmediato porque su padre agonizaba. Aterrada se levantó y abrió la puer¬ta. Olivier, pálido y alterado, empapado en sudor, se di¬rigió al taller llevando la luz con pasos inseguros, y ella lo siguió. Allí yacía su padre, con la mirada fija y- lu¬chando con la muerte. Llorando se arrojó sobre él, y só¬lo entonces vio la camisa. ensangrentada. Olivier la apar¬tó con delicadeza y luego intentó lavar con bálsamo la herida en el pechó del orfebre y vendarlo. Entretanto, éste había recobrado el sentido y respirada regularmen¬te. Mirando a su hija y después a Olivier expresivamen¬te, tomó la mano de aquella y la puso- sobre la de Olivier apretando ambas con fuerza. Los dos jóvenes cayeron de rodillas junto al lecho del padre que sé incorporó con un grito desgarrador, pero enseguida volvió a caer ex¬pirando con un hondo suspiro. Confundidos en un abra¬zo, lloraron sin consuelo. Olivier le contó cómo el maestro había sido asesinado en su presencia, mientras lo acompa¬fiaba en una diligencia, y como él, Olivier, había llevado hasta la casa con gran esfuerzo a aquel hombre corpu¬lento, sin pensar que estaba mortalmente herido. Al ama¬necer, los vecinos, que habían escuchado el ruido,. los sollozos y el llanto de la noche anterior subieron y encon¬traron a los jóvenes arrodillados junto al cadáver del or¬febre. Entonces se oyeron voces, llegó la Marechaussée y detuvo a Olivier acusándolo de asesinato.
Madelon habló entonces con emoción de la virtud, la piedad, la fidelidad de su adorado Olivier. Cómo había respetado y honrado al maestro como a su propio padre; cómo éste había' retribuido en igual medida su afecto y lo había escogido para que fuese el esposo de Madelon, a pesar de su pobreza, porque su habilidad era tan grande tomó su fidelidad y la nobleza de su alma. Todo esto lo dijo Madelon desde lo más hondo de su corazón, y ter¬minó asegurando que si Olivier hubiese apuñalado al pa¬dre delante de ella, habría pensado que se trataba de un engaño del diablo, porque jamás podría creer que Olivier fuera capaz de cometer un crimen tan atroz y tan tremendo.
La señorita de Scudéry, profundamente conmovida por el dolor indescriptible de Madelon y convencida de la inocencia de Olivier, recabó informaciones que le con-
firmaron todo lo que Madelon le había dicho acerca de la relación afectuosa del maestro y su oficial. Los vecinos alabaron a Olivier, considerándolo un modelo por su con¬ducta moral, piadosa y fiel y nadie podía decir nada ma¬lo de él. Sin embargo, cuando se llegaba al horrible cri¬men, todos se encogían de hombros y decían que alguna cosa incomprensible había en -todo ese asunto.
Al comparecer ante la Chambre Ardente, Olivier ne¬gó, según supo luego la señorita, con toda firmeza y con la mayor sinceridad, ser autor del crimen del que se lo acusaba, y afirmó que su maestro había sido atacado y apuñalado en plena calle ante sus ojos y que él lo había llevado, todavía con vida a su casa, donde había expira¬do al poco tiempo. 0 sea que también sus declaraciones coincidían con el relato de Madelon.
Una y otra vez se hacía repetir la señorita los deta¬lles más insignificantes del horrible suceso. Investigó minuciosamente si en algún momento había habido algu¬na discusión entre el maestro y su oficial; si tal vez Oli¬vier padecía de aquel mal genio que a veces ataca como un delirio ciego a los hombres más pacíficos y bondado¬sos, y los lleva a cometer actos que parecen no poder con¬trolar. Pero cuanto más apasionadamente hablaba Ma¬delon de la serena felicidad hogareña en que aquellos tres seres convivían en íntimo afecto, tanto más desaparecía cualquier sombra de sospecha contra Olivier, acusado de aquella muerte. Aun si todo se hubiese podido compro¬bar exactamente; aun si Olivier hubiese asesinado a- Car¬dillac, prescindiendo de todo aquello que hablaba a su fa¬vor, la señorita de Scudéry no encontraba en todo el cam¬po de las posibilidades un móvil para ese crimen que ine¬vitablemente iba a destruir la felicidad de Olivier. Es po¬bre, pero hábil -pensaba-. Logra ganarse el afecto del orfebre más famoso, ama a la hija, el maestro aprue¬ba esa relación, tiene en sus manos la posibilidad de una vida dichosa. Pero aceptando que Olivier, sabe Dios por qué, enceguecido por la ira hubiese asesinado a su maes¬tro, ¡qué hipocresía diabólica entonces comportarse lue¬go como lo hizo! Así pues, firmemente convencida de la inocencia de Olivier, la señorita de Scudéry tomó la de¬terminación de salvar a aquel joven inocente a cualquier precio.
Consideró que antes de apelar a la clemencia del rey, lo más aconsejable era dirigirse directamente al presi¬dente La Regnie, llamarle la atención sobre todas las cir¬cunstancias que hallaban claramente de la inocencia de Olivier con el objeto de despertar en su alma un conven¬cimiento interior favorable al acusado que luego pudie¬ra transmitir a los jueces.
La Regnie recibió a la señorita de Scudéry con el res¬peto que con toda justicia merecía aquella noble dama a quien el mismo rey dispensaba su favor. Escuchó sere¬namente todo lo que ella le refirió acerca del espantoso crimen, de las relaciones de Olivier, de su carácter. Una sonrisa leve y solapada fue- la única manifestación que habría podido hacer pensar que no pasaba de largo por sus oídos sordos las aseveraciones, las exhortaciones acompañadas de copiosas lágrimas, por cuyo medio ella pro¬curaba demostrarle que el juez no debía ser enemigo del acusado, y que, por el contrario, era aconsejable tener en cuenta lo que hablaba en su favor. Cuando la señorita terminó de hablar, agotada y secándose las lágrimas, La Regnie le respondió: "Es digno de su admirable corazón -dijo- conmoverse por las lágrimas de una joven enamorada, señorita, y creer todo lo que ella le diga; sé que no puede comprender la idea de un crimen tan atroz; pero muy distinto es el caso del juez,acostumbrado a arrancar la máscara a cualquier hipocresía,por más audaz que sea.No me corresponde explicar a todo aquel que me lo pregunte el curso de un proceso criminal.Cumplo con mi deber,
señorita, y poco me importa el juicio del mundo. Que tiemblen los malvados ante la Chambre Ardente. Pero no querría dejarla con el pensamiento de que soy un monstruo de dureza y crueldad. Por eso, permítame desplegar ante sus ojos claramente y en pocas palabras el crimen de este joven asesino que gracias a Dios ha sido puesto en manos de la justicia que ha de tomar venganza. Su inteligencia aguda repudiará entonces esa bondad y benevolencia que tanto la dignifica, pero que en mí sería un defecto. ¡ Vea¬mos pues! Por la mañana se encuentra a René Cardillac asesinado de una puñalada. No hay nadie a su lado salvo su oficial Olivier Brusson y su hija. En el cuarto de Oli¬vier se encuentra, entre otras cosas, un puñal manchado de sangre todavía fresca que coincide exactamente con la for¬ma de la herida. `Cardillac' dice Olivier, `ha sido apuña¬lado esta noche ante mis ojos. `¿Querían robarle?' 'Eso no lo sé'. 'Tú ibas con él, ¿no te fue posible resistir al asesino, atacarlo, pedir ayuda?' `El maestro iba a unos quince o veinte pasos delante de mí. Yo- lo seguía'. `¿Por qué tan alejado?' `El lo quería así.'`¿Qué tenía que hacer Cardillac tan tarde en la calle? 'Eso no puedo. decirlo.' `Nunca antes había salido de la casa después de las nueve de la noche,¿no es cierto?- Aquí Olivier se queda sin saber qué decir, suspira,llora,asegura por lo más sagrado del mundo que esa noche Cardillac había salido,y que había sido asesinado en la calle.Ahora bien, señorita: se ha comprobado con absoluta certeza que esa noche Cardillac no abandonó la casa; por consiguiente,miente al afirmar que había salido con él, miente desvergonzadamente.La puerta de calle tiene un cerrojo pesado que hace mucho ruido cuando se abre o se cierra,y además los goznes de la puerta crujen y rechinan de tal manera (lo hemoscomprobado en las pruebas realizadas) que el ruido se oye inclusive en el último piso de la casa. En la planta baja, junto a la puerta de entrada,
vive el viejo señor Patru con su ama de llaves, una per¬sona de unos ochenta años, pero todavía sana y activa. Ambos oyeron que también esa noche y según su costum¬bre, Cardillac bajó la escalera a las nueve en punto, cerró ruidosamente la puerta, echó el cerrojo y luego volvió a subir, leyó la oración de la noche en voz alta y se dirigió a su dormitorio, cerrando de un golpe la puerta. El señor Claude Patru sufre de insomnio, cosa común entre la gen¬te anciana. Tampoco esa noche pudo pegar un ojo. Por eso alrededor de las nueve y media la criada cruzó él za¬guán, llegó a la cocina, prendió allí la luz y se sentó a la mesa junto al señor Claude. Allí comenzó. a leer una antigua crónica mientras el viejo, siguiendo el rumbo de sus pensamientos, se sentaba en el sillón, volvía a le¬vantarse y lentamente recorría en silencio la habitación de una punta a la otra con el objeto de. cansarse y poder dormir. Hasta la medianoche todo estuvo tranquilo y si¬lencioso. Pero entonces oyeron arriba pasos firmes, un golpe seco, como si algo pesado cayera al suelo, y de in¬mediato un gemido ahogado. Ambos se sintieron, extra¬ñamente atemorizados y angustiados. Junto a ellos cru¬zaron los horrores del espantoso crimen que acababa de cometerse. Con la claridad del día siguiente salió a la luz lo que había comenzado en la oscuridad".
"¡Pero", lo interrumpió la. señorita, "por todos los santos! ¿qué motivo cree usted que pudo existir, después de las circunstancias que le relaté, para cometer seme¬jante crimen?" "Mm...", replicó La Regnie. "Cardi¬llac no era nada pobre... Tenía piedras preciosas de gran valor." "¿Pero acaso todo eso no iba a ser para la hija?", le dijo entonces la señorita. "¿Olvida acaso que Olivier iba a convertirse en su yerno?" "Quizá tenía que repartir", arguyó La Regnie, "o asesinar para otros." "¿Repartir? ¿Asesinar para otros?" preguntó ella es¬tupefacta.. "Sepa usted, señorita", continuó el presidente, "que Olivier Brusson habría muerto hace bastante tiem¬po en la Plaza de la Gréve si no fuera porque su crimen está relacionado con ese misterio impenetrable que hasta hoy amenazaba a todo París. No cabe duda de que Oli¬vier pertenece a esa banda maldita que burlando todo los recursos, esfuerzos y pesquisas del tribunal, ha llevado a cabo su acción segura e impunemente. Olivier Brus¬son aclarará todo, deberá aclararlo., La herida de Car¬dillac es muy similar a la que presentaban todos los que fueron asesinados y robados en las calles o dentro de las casas. Pero lo decisivo es que desde que Olivier Brusson está detenido han cesado los crímenes y robos. Las calles son ahora tan seguras de noche como de día: prueba su¬ficiente de que tal vez Brusson fuera el jefe de esa banda criminal. Todavía no quiere confesarlo, pero hay modos de hacerlo hablar aunque no quiera." "¿Y Madelon?", ex¬clamó la señorita. "Esa palomita inocente..." "¡Ay!", exclamó La Regnie con una sonrisa maligna. "¿Quién me asegura que no está ella también en el asunto? ¿Qué le importó su padre? ¡Sólo llora por el asesino!" "¿Qué dice usted?', exclamó ella. "¡No es posible! ¡Al padre! ¿Esa muchacha?" "Oh", continuó La Regnie, "recuerde a la Brinvillier. Tendrá que disculparme, señorita, si tal vez pronto me veo obligado a arrebatarle a su protegida para encerarla en la Conciergerie." La señorita sintió pavor ante una sospecha tan atroz. Le parecía que ante un hombre tan tremendo como La Regnie ninguna vir¬tud, ninguna fidelidad podía quedar en pie. Era como si en los pensamientos más íntimos, en los más recónditos, sospechara la existencia del delito y del crimen. Se le¬vantó. "Sea usted humano", fue todo lo que pudo articu¬lar. Cuando estaba por llegar a la escalera acompañada cortésmente por La Regnie, tuvo una extraña ocurrencia que ella misma no supo explicarse: "¿Se me permitiría ver al desgraciado Olivier Brusson?", le preguntó al pre¬sidente volviéndose rápido hacia él. Este la miró con ex¬presión grave, luego su rostro se deformó en esa sonrisa repugnante que le era tan propia. "Lo que seguramente quiere usted, señorita, es convencerse por sí misma de la culpabilidad o la inocencia de Olivier, confiando en su intuición y voz interior más que 'en lo que sucede ante nuestros ojos. Si no la espanta la lúgubre morada del de¬lito, si no le repugna ver las imágenes de la abyección en todas sus formas, entonces dentro de dos horas se le abrirán las puertas de la Conciergerie y podrá ver a ese Olivier Brusson de cuya suerte tanto se compadece."
En realidad, la señorita de Scudéry no podía conven¬cerse de que el joven fuese culpable. Todo estaba en con¬tra de él, es cierto; ningún juez en todo el mundo habría obrado de otro modo que como lo había hecho La Reg¬nie ante pruebas tan contundentes. Pero aquel cuadro de felicidad hogareña que Madelon había pintado con los más vivos colores descartaba cualquier sospecha, y así la señorita de Scudéry prefería aceptar la existencia de un enigma indescifrable antes que convencerse de aquello contra lo que todo su ser se rebelaba.
Pensaba pedirle a Olivier que volviera a relatarle todo lo que había sucedido durante aquella noche fatídica, para penetrar cuanto fuera posible en un misterio que tal vez los jueces no habían conseguido divisar porque pare¬cía demasiado insignificante.
Cuando llegó a la Conciergerie, fue conducida a una habitación amplia y luminosa. Al poco tiempo escuchó ruido de cadenas: traían a Olivier Brusson. Pero no bien éste apareció en la puerta, la señorita de Scudéry cayó desvanecida. Cuando se hubo recuperado, Olivier ya no estaba allí. Casi con desesperación pidió que la conduje¬ran al carruaje: quería alejarse, alejarse enseguida de aquellos antros de la perversidad y del crimen. Había reconocido instantáneamente en Olivier Brusson al hombre joven que en el Pontneuf le había arrojado aquella nota, el que también le había llevado el cofrecito con las joyas... Ahora ya no cabía duda; la horrible sospecha de La Regnie se había confirmado: Olivier Brusson per¬tenecía a la terrible banda asesina y seguramente había matado al maestro Cardillac. ¿ Y Madelon ? Nunca hasta entonces su intuición la había engañado tan amargamente; mortalmente herida por los poderes diabólicos que domi¬nan esta tierra, en cuya existencia ella nunca había creí¬do, la señorita de Scudéry dudaba ahora de todas las ver¬dades. Admitió la sospecha monstruosa de que también Madelon estuviera en la conjura y pudiera haber parti¬cipado del atroz asesinato. Sucede con el espíritu humano que cuando se le manifiesta alguna imagen, busca afano¬samente y encuentra elementos para pintarla con colores aún más vivos; así también halló la señorita de Scudéry más y más elementos para alimentar aquella sospecha, al considerar cada circunstancia y los detalles más ínfimos del comportamiento de Madelon. Así pues, algunas cosas que hasta entonces habían valido para ella como pruebas de la inocencia y la pureza de la joven, se convertían de pronto en signos inequívocos de perversa maldad y de estudiada hipocresía: aquel llanto desgarrador y las do¬lientes lágrimas bien podían haber sido provocados por el terror, no ya de ver morir al amado, sino más bien de morir ella misma a manos del verdugo. Dispuesta a librar¬se de una vez de la serpiente que alimentaba en su pecho y que la estaba asfixiando, la señorita de Scudéry descendió del carruaje. Al entrar en la sala, Madelon se le arrojó a los pies. Con sus ojos celestiales vueltos hacia ella -ni un ángel tendría una mirada más fiel- y las manos cru¬zadas sobre su pecho palpitante, lloraba suplicando ayuda y consuelo. Logrando apenas contenerse y procurando dar a su voz tanta : seriedad y serenidad como le era posible, la señorita le dijo: "Ve, ve, consuélate y no llores por el asesino a quien aguarda el justo castigo por los crímenes que ha cometido. Quiera la Virgen Santa que no pese tam¬bién sobre ti un homicidio". "¡Ay! Entonces todo está per¬dido!" Con esta exclamación aguda Madelon cayó desva¬necida. La señorita dejó que Martiniére se ocupara de la muchacha y se encerró en otra habitación.
Destrozada interiormente, enemistada con todo lo te¬rreno, la señorita de Scudéry ya no quería vivir en. un mundo lleno de mentiras infernales. Acusaba al destino, que burlándose amargamente de ella, le había concedido una fe en la virtud y en la sinceridad, intensificada con los años, y que ahora en la vejez aniquilaba la bella ima¬gen que había iluminado su vida.
Oyó cómo Martiniére se llevaba a Madelon, que suspi¬raba y sollozaba voz casi imperceptible: "¡Ay! También a ella la engañaron esos hombres desalmados. Pobre de mi, pobre y desdichado Olivier". Esas palabras penetra¬ron en el corazón de la señorita, y en lo más hondo de su alma volvió a despertarse el presentimiento de la ino¬cencia de Olivier. Acosada por los sentimientos más con¬tradictorios y sin poder dominar: e, la señorita de Scudéry exclamó: "¿ ¡ Quién demonios me habrá metido a mí en esta historia espantosa que va a costarme la vida!?" En ese momento, pálido y asustado, entró Baptiste con la noticia de que Desgrais estaba afuera. Desde aquel espantoso pro¬ceso de la Voisine, la visita de Desgrais a una casa era presagio seguro de alguna penosa acusación; de allí el miedo de Baptiste, y la suave sonrisita con que la señorita le preguntó: "¿Qué te pasa, Baptiste? ¿Encontraron el nombre de Scudéry en la lista de la Voisine?" "¡Por Jesu¬cristo!", replicó Baptiste con un estremecimiento. "¡¿Cómo se le ocurre decir semejarte cosa?! Pero Desgrais, ese hombre horrible, se muestra tan misterioso y tan impa¬ciente... parece que no puede aguardar un solo instante para verla." "Entonces", dijo la señorita, "haz pasar sin demora al hombre que tan temible te resulta pero que por lo menos a mí no puede causarme preocupaciones." "El presidente La Regnie", explicó Desgrais cuando estuvo en la sala, "me envía con un pedido que me pare¬cería vano si no conociera las virtudes de usted, su valor; y si no estuviera en sus manos el último recurso para de¬velar un crimen y no hubiese participado ya en el desagra¬dable proceso que no da tregua a la Chambre Ardente ni a ninguno de nosotros. Olivier Brusson está medio loco desde que la ha visto. Cuando ya parecía dispuesto a reco¬nocer su culpa, de pronto, luego del encuentro con usted, comenzó a jurar por Cristo y todos los santos que es total¬mente inocente del asesinato de Cardillac ; sin embargo, dice que acepta sufrir la muerte que merece. Observe, señorita, que esta última frase indica claramente que otros delitos deben pesar sobre él. Pero es inútil todo esfuerzo por sacarle alguna palabra más; ni la tortura con que se lo ha amenazado consigue amedrentarlo. Nos ruega, nos implora que le permitamos mantener una conversación con usted, a usted, solamente a usted le confesará todo. Acepte este pedido, señorita; escuche la confesión de Olivier Brus¬son." "¿¡Cómo!?", exclamó la señorita totalmente alterada. "¿Acaso me está pidiendo que sirva como instrumento al tribunal de sangre?, ¿que traicione la confianza de ese po¬bre hombre?, ¿que lo ponga en el patíbulo? ¡No, Desgrais! Aunque Olivier Brusson fuera un asesino desalmado, ja¬más podría engañarlo de esa manera. No quiero saber nada de sus secretos, que quedarían encerrados dentro de mi pecho, tan sagrados como una confesión." "Quizá cambie de idea", añadió Desgrais con una extraña sonrisa, "luego de escuchar a Brusson. ¿Acaso no le pidió usted misma al presidente que fuera humanitario? Ya ve que lo es, puesto que accede al disparatado pedido de Brusson, y apela así al último recurso antes de ordenar que se le aplique la tortura para la que Brusson ya está maduro desde hace rato." La señorita de Scudéry se estremeció sin poder evitarlo. "De ninguna manera se le pedirá, se¬ñorita", continuó Desgrais, "que vuelva a pisar aquellas lúgubres moradas que le causaron horror y repulsión. En la serenidad de la noche, sigilosamente, Olivier Brusson será traído a su casa, como si fuera un hombre libre. Sin que nadie lo escuche más que usted, aunque sí bajo vigi¬lancia, podrá entonces confesarlo todo sin ningún apremio. Y respondo por mi vida en cuanto a su seguridad perso¬nal ante ese miserable. Habla de su persona con intensa reverencia. Jura que sólo la fatalidad atroz que le impidió verla a usted antes lo ha arrojado al borde de la muerte. Luego quedará a su criterio decir lo que considere con¬veniente de lo que Brusson le revele. ¿Se le podría exigir más?
La señorita de Scudéry bajó la mirada sumida en pro¬funda reflexión. Se sentía como sometida a los poderes superiores que exigían de ella la revelación de un miste¬rio pavoroso; era como si ya le fuese imposible desatar los mágicos lazos en los que se había enredado sin darse cuenta. Tomando una rápida decisión dijo con dignidad: "Dios me concederá serenidad y firmeza; traiga a Brus¬son, yo hablaré con él".
Así como había sucedido aquella vez, cuando Brusson trajo el cofrecito, golpearon hacia medianoche a la puerta de la casa de la señorita de Scudéry: Abrió Baptiste, en¬terado ya de la visita nocturna. Un estremecimiento he¬lado recorrió a la señorita cuando por las pisadas leves y el murmullo ahogado percibió que los guardias que ha¬bían conducido a Olivier Brusson se distribuían por los corredores de la casa.
Por fin la puerta de la habitación se abrió lentamente. Entró Desgrais y detrás de él Olivier Brusson, sin ca¬denas y decentemente vestido. "Aquí está Brusson, señorita", dijo Desgrais inclinándose respetuosamente, y aban¬donó el cuarto.
Brusson cayó de rodillas ante la señorita y levantó sus manos- plegadas en ademán de súplica mientras vertía abundantes lágrimas. Pálida, la señorita de Scudéry lo
miró, sin poder decir una palabra. A pesar de sus ras¬gos desfigurados, alterados por el sufrimiento, por el dolor excesivo, resplandecía en el rostro del joven la ex¬presión sincera de un alma pura. Cuanto más tiempo permanecían los ojos de la señorita de Scudéry posados en el semblante de Brusson, tanto más se avivaba el re¬cuerdo de alguna persona querida, que no lograba pre¬cisar con claridad. Todo su horror desapareció; olvidó que era el asesino de Cardillac quien estaba de rodillas ante ella y le dijo, con aquella voz delicada y afectuosa que, la caracterizaba: "Bien, Brusson, ¿qué es lo que tienes que decirme?" Él, aún de rodillas, suspiró con un dolor profundo e intenso y dijo entonces: "¡Oh, mi que¬rida, mi tan querida señorita! ¿Acaso ha ;desaparecido de vuestro corazón. todo vestigio? ¿Acaso no queda en su memoria ningún recuerdo de mi?" La señorita, ob¬servándolo entonces aún más atentamente le replicó que había hallado en su rostro un parecido con algún ser muy querido, y que sólo a ese parecido debía agradecer que lo escuchara ella serenamente,' superando el profundo ho¬rror que le provocaba la presencia de un asesino. Hon¬damente herido por estas palabras, Brusson se levantó rápidamente y volviendo la mirada sombría hacia el sue¬lo retrocedió un paso. Luego dijo con voz apagada: "¿Acaso ha olvidado completamente a Anne Guiot? Su hijo Olivier, aquel niño que tantas veces meció en su re¬gazo, es quien está ahora de pie ante usted". `¡Oh, por todos los Santos!", exclamó la señorita dejándose caer en el sillón y cubriéndose el rostro con las mano-. Tenía razones suficientes para sorprenderse de ese modo.
Anne Guiot, la hija de un burgués venido a menos, había vivido desde pequeña en casa de la señorita de Scu¬déry, que la había criado como una verdadera madre, con toda devoción y cariño. Cuando fue mayor, comenzó a cortejarla un joven apuesto y cortés llamado Claude Brus¬son . Era un relojero muy hábil que seguramente ha¬ría carrera en París y como Anne lo quería realmente mucho, la señorita no tuvo ningún reparo en aceptar el casamiento de su hija adoptiva. La joven 'pareja se instaló en París: vivían en un hogar sereno y dichoso, y el nacimiento de un varoncito que era la fiel imagen de su encantadora madre vino a reafirmar aún más ese víncu¬lo de amor. La señorita de Scudéry hizo un ídolo del pequeño Olivier, que arrebataba a su madre durante ho¬ras y días enteros para. malcriarlo entre mimos y cari¬cias. De ahí que el niño se acostumbrara tanto a ella y que con ella estuviera tan a gusto como con su madre. Tres años habían pasado cuando la envidia de sus colegas de¬terminó que el trabajo de Brusson disminuyera día a día. Se sumó a ella la nostalgia de la hermosa Ginebra natal, y así sucedió que la pequeña familia se fue a vivir allá, a pesar de que la señorita prometía ayudarlos con todos sus medios. Luego de un par de cartas escritas por An¬ne a su madre adoptiva, se interrumpió la corresponden¬cia, y ésta se conformó entonces pensando que una vida dichosa en la patria de Brusson le había hecho olvidar los días del pasado.
Habían transcurrido ahora exactamente veintitrés años después de que Brusson abandonara París con su fa¬milia para radicarse en Ginebra.

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12:52 pm - La Señorita de Scudery-E.T.A.HOFFMAN 1 PARTE
LA SEÑORITA DE SCUDERY-E. T. A. HOFFMANN
RELATO DE LA EPOCA DE LUIS XIV
En una pequeña casita de la calle de Saint-Honoré I vivía Madeleine de Scudéry conocida por sus delicio¬sos versos y por la simpatía que le dispensaban Luis XIV y la Marquesa de Maintenon .
Hacia la medianoche -por el otoño de 1680- al¬guien llamó a su puerta con tal ímpetu que los golpes re¬sonaron por todo el corredor. Baptiste, que en la peque¬ña casa era a un tiempo cocinero, criado y portero, ha¬bía partido al campo con permiso de su ama para asis¬tir a la boda de su hermana, de modo que la única que todavía estaba despierta en la casa era Martiniére, la ca¬marera de la señorita. Oyó los repetidos golpes y se dio cuenta de que, al haberse marchado Baptiste, ella ha¬bía quedado sola con la señorita en la casa sin ninguna protección. Le vinieron a la mente todos los actos de violencia -asaltos, robos y asesinatos- que en aquel tiempo se cometían en París; estaba convencida de que un grupo de sediciosos, enterados de que la casa había quedado sin protección, estaba armando allá afuera aquel alboroto, y, en caso de que se los dejara entrar, llevarían a cabo algún atentado perverso contra su ama. Así pues se quedó en su cuarto temblando de miedo y maldicien¬do a Baptiste y la boda de su hermana. Entretanto, se¬guían resonando los golpes, y le pareció oír también una voz que llamaba: ";Ábranme, por el amor de Dios, ábranme!" Finalmente, cada vez más asustada, tomó Mar¬tiniére el candelero con la vela encendida y salió al vestí¬bulo. Allí escuchó claramente la voz del que llamaba "¡Abran la puerta, por amor de Dios!" "En realidad" pensó Martiniére, "así no habla ningún asaltante; quién sabe si no es alguien que, acosado, busca refugio en casa de mi ama, conocida por sus bondadosas inclinaciones. ¡ Pero seamos prudentes!"
Abrió la ventana, y preguntó quién era el que alboro¬taba de ese modo allá abajo, tan tarde y despertando a todo el mundo; y al hablar, procuró dar a su voz de por si gruesa el tono más varonil posible. Al resplandor de los rayos de luna que asomaban entre las nubes oscuras, per¬cibió una figura alta y delgada envuelta en una capa de color gris claro y con un sombrero de ala ancha bien en¬casquetado sobre los ojos. Entonces exclamó en voz bien alta, como para que pudiera oírse desde abajo: "¡ Baptis¬te, Claude, Pierre, levántense y vean quién es el pillo que quiere derribarnos la puerta!" Pero entonces la voz ex¬clamó desde abajo, suave, y casi suplicante: "¡Ay, Marti¬niére, bien la reconozco, querida señora, por más que procure alterar su voz; sé que Baptiste se fue al campo y que está sola con su ama en la casa. Ábrame con con¬fianza, no tema. Es imprescindible que hable con la se¬ñorita en este mismo momento". "¿Qué quiere usted?", replicó Martiniére, "¿hablar con mi señorita en plena no¬che? ¿Acaso no sabe que duerme desde hace rato, y que por nada del mundo la despertaría del primer sueño, el más dulce, y que a sus años tanto necesita?" "Yo sé", di¬jo el que estaba abajo, "yo sé que la señorita acaba de dejar a un lado el manuscrito de su novela Clelia, en la que trabaja sin descanso, y que ahora está escribiendo algunos versos que piensa leer mañana en casa de la Mar¬quesa de Maintenon. Se lo suplico, señora Martiniére, ten¬ga piedad y ábrame la puerta. Sepa usted que se trata de salvar a un desgraciado de la perdición; que el honor, la libertad y hasta la vida de un hombre dependen de este instante... Debo hablar con la señorita. Piense que la ira de su ama pasaría eternamente sobre usted si llega¬ra a saber que le cerró sin misericordia la puerta al des¬graciado que vino a implorar su ayuda". "Pero ¿por qué quiere apelar a la compasión de mi señorita a una hora tan inusual? Vuelva mañana, de día", le respondió Marti¬niére; y el de abajo dije entonces: "¿Acaso se fija el des¬tino en el tiempo y la hora cuando se abate aniquilador como un rayo mortal? ¿Puede aplazarse la ayuda, cuan¬do sólo por un momento todavía es posible la salvación? ¡Ábrame la puerta; nada tema de un desdichado que sin amparo, abandonado de todos, perseguido y acosado por un destino monstruoso, quiere suplicar a su señorita que lo salve del peligro que lo amenaza!" Martiniére oyó có¬mo aquel hombre gemía y sollozaba con profundo dolor al pronunciar estas palabras; y el tono `de su voz joven pe¬netraba suavemente en su corazón. Se sintió profunda¬mente conmovida y sin más reflexión fue a buscar las llaves.
No bien hubo abierto la puerta, la figura envuelta en la capa se arrojó precipitadamente al interior, y gritó, pasando por delante de Martiniére hacia el vestíbulo, con voz salvaje: "¡Lléveme ante la señorita!" Asustada, Mar¬tiniére levantó el candelero y el resplandor de la vela alumbró el semblante de un joven pálido de muerte y des¬encajado. Aterrada, casi se desmaya la camarera cuando al abrir el hombre su capa vio un puñal brillante entre su ropas. El hombre la miró con ojos encendidos y excla¬mó más impetuosamente que antes: "¡Lléveme hasta la señorita, le digo!" Al comprender Martiniére el peligro apremiante que amenazaba a su ama, se encendió más in¬tenso todo el amor hacia ella, sintiendo que despertaba en su interior un coraje del que no se había creído capaz.
Rápidamente cerró la puerta de su cuarto, que había de¬jado abierta, se detuvo ante ella y dijo con voz firme y se¬gura: "En realidad, su extraño comportamiento aquí en la casa no condice con sus palabras suplicantes allá afue¬ra, que en mala hora despertaron mi compasión.
es correcto que hable usted ahora con mi señorita, y no lo hará. Si no tiene malas intenciones no debe temer la luz del día. Vuelva mañana con su asunto. ¡Ahora, fuera de esta casa!" El hombre dejó escapar un sollozo ahoga¬do, miró a Martiniére con expresión aterradora y tomó el puñal. La camarera encomendó en silencio su alma al Se¬ñor, pero permaneció firme, mirando fijamente al hom¬bre, mientras se apretaba más fuerte contra la puerta del cuarto que él debía atravesar para llegar hasta la señori¬ta de Scudéry.
"¡Déjeme llegar hasta la señorita, le digo!", volvió a ex¬clamar el hombre. "Haga lo que quiera", le replicó Mar¬tiniére, "yo no me muevo de aquí; termine la hala acción que ha comenzado. También usted hallará una muerte ver¬gonzosa en la Plaza de la Gréve, lo mismo que sus per¬versos compañeros". "Ah", gritó el hombre, "tiene usted razón, Martiniére, lo parezco; estoy armado como un la¬drón, como un asesino, pero mis compañeros no han sido ejecutados, ¡no, no lo han sido!" Y con estas palabras ex¬trajo el puñal, lanzando malignas miradas a la mujer ate¬rrorizada. "¡Jesús!% gritó ella, esperando el golpe mortal; pero en ese mismo instante se oyó desde la calle un ruido de armas y de caballos. "La Marechaussée , la Mare¬chaussée. ¡Socorro, ayuda!% gritó Martiniére. "Maldita mujer, quieres mi perdición... Entonces, todo se acabó, ¡todo!... ¡ Toma! Entrega esto a la señorita hoy, maña¬na si quieres." Murmurando esto, el hombre le arrebató a Martiniére el candelero, apagó la vela y puso un cofreci¬to en sus manos. "¡Por la salvación de tu alma, entrégale este cofrecito a Mademoiselle", exclamó el hombre y huyó
precipitadamente. Martiniére había caído al suelo. Cuan¬do se pudo incorporar, a tientas, regresó en la oscuridad a su cuarto, donde totalmente agotada y sin poder pro¬nunciar una palabra se dejó caer en la mecedora. Escu¬chó entonces el ruido de las llaves que había dejado pues¬tas en la cerradura de la puerta de entrada. Alguien aca¬baba de cerrarla, y pasos sigilosos e inseguros se acerca¬ban a su cuarto. Inmóvil, sin fuerzas para levantarse, es¬peraba lo peor; pero cuál no habrá sido su sorpresa cuan¬do se abrió la puerta y a la luz de la lámpara reconoció inmediatamente al buen Baptiste, pálido y alterado como un cadáver.
"¡Por todos los santos", exclamó, "por todos los santos! Dígame, señora Martiniére, ¿qué es lo que ha pasado? ¡ Qué espanto! ¡Qué angustia! No sé cómo fue, pero algo me arrancó ayer violentamente de la boda. Llego ahora a la calle. La señora Martiniére, pienso, tiene un sueño liviano, seguramente me oirá si llamo con suavidad a la puerta. Entonces me encuentro con una patrulla nume¬rosa, algunos hombres a caballo, otros a pie, armados has¬ta los dientes; me detienen y no quieren dejarme seguir. Pero por suerte está Desgrais entre ellos, el teniente de la Marechaussée, que me reconoce cuando ponen el farol bajo mis narices; luego me dice: `Eh, Baptiste, ¿de dónde vienes a estas horas? Debes quedarte en la casa y prote¬gerla. Aquí no hay ninguna seguridad; esta noche pen¬samos hacer una buena redada'. No puede usted figurar¬se, señora Martiniére, cómo sonaron esas palabras en mi corazón. Y cuando estoy en el umbral, sale precipi¬tadamente de la casa un hombre embozado, con un puñal en la mano, me atropella y huye corriendo... La casa está abierta, las llaves en el cerrojo.. Explíqueme, ¿qué significa todo esto?" Libre ya del mortal espanto, Mar¬tiniére le relató lo sucedido. Luego, ambos salieron al vestíbulo y encontraron el candelero en el suelo, donde lo había arrojado el desconocido al huir. "No cabe nin¬guna duda", dijo Baptiste, "de que pretendieron robar e incluso quizás asesinar a Mademoiselle. El hombre sa¬bia, por lo que usted me dice, que estaba usted sola con la señorita e incluso que ella aún estaba despierta, escri¬biendo; seguro que era uno de esos malditos rateros que se meten en las casas y observan detenidamente todo lo que puede serles útil para llevar a cabo sus perversos proyectos. Y el cofrecito, señora Martiniére, me parece que será mejor arrojarlo al Sena, donde las aguas sean más hondas. ¡Quién puede garantizarnos . que algún de¬monio perverso no esté atentando contra la vida de nues¬tra señorita y que al abrir el cofrecito no caerá muerta, como el anciano Marqués de Tournay cuando abrió aque¬lla carta que recibió de manos desconocidas!"
Después de deliberar un rato largo, los fieles servi¬dores decidieron contarle todo a la señorita por la ma¬ñana, y entregarle también el misterioso cofrecito, que podría ser abierto tomando las precauciones adecuadas. Al considerar detalladamente cada una de las circuns¬tancias de la aparición del sospechoso desconocido, creían que tal vez hubiera algún secreto en el asunto que ellos no podían juzgar y que, en todo caso, debían dejar que lo revelara la señorita Scudéry.
Las preocupaciones de Baptiste tenían sus buenos mo¬tivos. En aquel entonces, París era escenario de las más perversas atrocidades; y para colmo, el más diabólico de los descubrimientos vino a facilitar el modo de poner¬las en práctica.
Glaser, un boticario alemán, el mejor químico de su tiempo, realizaba, como suelen hacerlo las personas de su profesión, experimentos alquímicos. Quería encontrar la piedra filosofal. Un italiano de nombre Exili se aso¬ció con él. Pero para éste el arte de la alquimia era un pretexto. Sólo pretendía aprender a mezclar, cocer y su¬blimar aquellos materiales venenosos en los que Glaser esperaba encontrar la felicidad; y así obtuvo aquel ve¬neno sutil que, sin olor ni sabor, mata lenta o instantá¬neamente, sin dejar el menor vestigio en el cuerpo huma no, engañando a los médicos que, sin sospechar el en¬venenamiento, terminan atribuyendo la muerte a alguna causa natural. Por muy cuidadosamente que Exili re¬alizara su trabajo, cayó sobre él la sospecha del tráfico de venenos y fue llevado a la Bastilla. En la misma cel¬da encerraron poco tiempo después al capitán Godin de Sainte-Croix. Éste había vivido durante largo tiempo con la marquesa de Brinvillier en una relación infaman¬te para toda la familia, y dado que al marido parecían no importarle los delitos de su esposa, el padre de ella, Dreux d'Aubray, teniente civil en París, obligó a la pare¬ja a separarse gestionando una orden de arresto contra el capitán. Pasional, sin carácter ni piedad, simulador e inclinado a vicios de todo tipo desde su infancia, en¬vidioso, vengativo hasta el ensañamiento, nada podía ve¬nirle mejor al capitán que el diabólico secretó de Exili, por medio del cual podría aniquilar a todos sus enemi¬gos. Se convirtió en ferviente discípulo de aquél, y pron¬to llegó a igualar a su maestro, de modo que una vez en libertad estuvo en condiciones de seguir trabajando solo.
La Brinvillier era una mujer pervertida, y con ayu¬da de Sainte-Croix se convirtió en un monstruo. Él la¬ fue induciendo a envenenar primero a su propio pa¬dre, a quien cuidaba en la vejez con perversa hipocresía, luego a sus dos hermanos y finalmente también a su her¬mana: al padre por venganza, a los demás, por la he¬rencia. La historia de múltiples envenenadores propor¬ciona la espantosa prueba de que los crímenes de ese ti¬po acaban convirtiéndose en pasiones irresistibles. Sin
otra finalidad, por el mero placer, así como el químico se complace en hacer experimentos, muchas veces asesi¬naron los envenenadores a personas cuya vida o muerte les era indiferente. La repentina muerte de varios indi¬gentes en el Hótel Dieu despertó más tarde la sospecha de que los panecillos que la Brinvillier, modelo de piedad y beneficencia, repartía allí todas las semanas, estaban envenenados. Pero ha podido comprobarse que también envenenaba los pasteles de ave que ofrecía luego a sus invitados. El caballero du Guet y muchas otras perso¬nas murieron víctimas de aquellas comidas infernales. Sainte-Croix, su ayudante La Chaussée y la Brinvillier pudieron ocultar con un velo impenetrable sus horribles crímenes durante mucho tiempo; pero por + astutos que hayan sido los hombres perversos,el eterno poder de los cielos ha determinado q fueran condenados en este mundo.
Los venenos que Sainte-Croix preparaba eran tan su¬tiles que si el polvo -poudre de succession lo lamaban en París- permanecía descubierto durante la prepara¬ción, bastaba aspirarlo una. sola vez para morir instan¬táneamente. Por eso Sainte-Croix utilizaba en sus ope¬raciones una máscara delgada de cristal. Un día, cuan¬do estaba por volcar un polvo venenoso que pocos minu¬tos antes había terminado de preparar en una redoma, la máscara se le cayó, y al aspirar el polvillo venenoso murió instantáneamente. Como había muerto sin dejar herederos, los tribunales se apresuraron a sellar la he¬rencia y hacerse cargo de la misma. Entonces se halló en un cajón todo el diabólico arsenal del envenenador, y también las cartas de la Brinvillier que no dejaban lugar a dudas respecto de su participación en los crímenes. Ella huyó a Lüttich y se asiló en un convento. Desgrais, un funcionario de la Marechaussée, fue enviado tras ella. Dis¬frazado de sacerdote apareció en el convento donde ella
se había ocultado. Logró entablar una relación amorosa con esa perversa mujer y citarla para un encuentro se¬creto en un parque solitario de las afueras de la ciudad. No bien había llegado allí fue rodeada por los esbirros de Desgrais : el amante sacerdote se convirtió de pronto en el funcionario de la Marechaussée y le ordenó subir al coche que aguardaba ante el parque, el cual, rodeado de esbirros, se dirigió directamente a París. La Chaussée ya había sido guillotinado, la Brinvillier murió de la mis¬ma manera; después de la ejecución su cuerpo fue inci¬nerado y las cenizas arrojadas al viento.
Los habitantes de París respiraron aliviados cuando el mundo se libró de aquel monstruo que podía dirigir impunemente su arma secreta contra amigos y enemi¬gos. Pero pronto fue evidente que las artes del perverso Sainte-Croix contaban con aplicados herederos. Como un fantasma invisible e insospechado se deslizaba el crimen en los círculos más estrechos, los que pueden crear el pa¬rentesco, el amor y la amistad, atrapando rápido y segu¬ro a la desgraciada víctima. Aquel a quien hoy se había visto saludable y fuerte, se tambaleaba mañana enfer¬mo y consumido, y no podía salvarlo de la muerte la ha¬bilidad de ningún médico. La riqueza, un empleo bien remunerado, una mujer bonita, quizá demasiado joven: eso bastaba para ser perseguido hasta la muerte. La desconfianza más cruel destruía los vínculos más sagra¬dos. El esposo temblaba ante la esposa, el padre ante el hijo, la hermana ante su hermano. Intactos quedaban los manjares .y el vino que el amigo ofrecía a sus ami¬gos. Así, donde antes reinaban la alegría y las bromas, miradas terribles acechaban buscando al asesino oculto. Se veía a padres de familia asustados que compraban provisiones en barrios apartados y las preparaban por sí mismos en alguna fonda sucia, temerosos de que se los traicionara diabólicamente en sus propias casas. Y sin embargo, a veces hasta la precaución más extrema era inútil.
Para controlar la confusión, que era cada día mayor, el rey creó un tribunal específico encargado de investi¬gar y castigar esos misteriosos homicidios. Se creó así la llamada Chambre Ardente, que sesionaba cerca de la Bastilla bajo la residencia de La Regnie. Durante mu¬cho tiempo, los más denodados esfuerzos de La Regnie no dieron sus frutos; al astuto Desgrais le estaba reser¬vado descubrir la más recóndita guarida del delito. En los suburbios de Saint-Germain vivía una vieja a quien llamaban la Voisine, que se ocupaba de la adivinación y el exorcismo, y que con ayuda de sus compinches Le Sage y Le Vigoureux lograba incluso asustar y sorprender a personas a las que no podía calificarse de débiles o cré¬dulas. Pero hacía más que eso: discípula de Exili, como Sainte-Croix, preparaba también el sutil veneno que no dejaba huellas y ayudaba así a hijos desalmados a obte¬ner una herencia temprana o a mujeres perversas a con¬seguir un marido más joven. Desgrais penetró en su secreto y ella lo confesó todo; la Chambre. Ardente la condenó a morir en la hoguera, lo que sucedió en la Pla¬za de la Gréve. En su guarida se encontró una lista de todas las personas que habían acudido a ella, y así no sólo las ejecuciones se fueron sucediendo una tras otra, sino que también recayeron graves sospechas sobre per¬sonalidades de alto prestigio. Se creía. que el Cardenal Bonzy había hallado en lo de la Voisine el medio de ha¬cer que murieran en breve tiempo todas las personas a las que él, como arzobispo de Narbona, tenía que pagar¬les pensión. Así fueron acusadas también por su rela¬ción con- aquella diabólica mujer la duquesa de Bouil¬lon y la condesa de Soissons, cuyos nombres fueron en¬contrados en la lista; y mi François Henri de Montmo¬rency, Conde de Luxemburgo, Par y Mariscal del Im¬perio, permaneció libre de sospecha. También a él lo per¬siguió la terrible Chambre Ardente. Se presentó volun¬tariamente a la Bastilla, donde por el odio de Louvois y La Regnie fue arrojado en un agujero de seis pies de largo.Pasaron meses antes de que se descubriera que el delito del conde no podía merecer ninguna censura.Una vez le había encomendado a Le Sage que le hiciera el horóscopo.
Lo cierto es que el ciego afán del presidente La Reg¬nie condujo a atropellos y atrocidades sin cuento. El tri¬bunal se convirtió en una especie de Inquisición; la sos¬pecha más insignificante bastaba para ordenar un seve¬ro encarcelamiento, y muchas veces era sólo por azar que se revelaba la inocencia del condenado a muerte. Ade¬más, La Regnie tenía un aspecto repulsivo y era un ser pérfido, que pronto despertó el odio de aquellos a quie¬nes debía vengar a proteger. La condesa de Bouillon, cuando él le preguntó en la audiencia si había visto al diablo, replicó: "Me parece que lo estoy viendo en este mo¬mento".
Mientras en la Plaza de la Gréve corría a raudales la sangre de culpables y sospechosos, y así los misteriosos envenenamientos fueron haciéndose menos frecuentes, apa¬reció otra calamidad que produjo nueva consternación. Una banda de ladrones parecía obstinada en apoderarse de todas las joyas. Las valiosas alhajas, apenas compra¬das, desaparecían de manera incomprensible por mejor guardadas que estuvieran. Sin embargo, mucho más gra¬ve era que cualquiera que se atreviera a salir por la no¬che llevando alguna joya, resultaba asaltado y a veces asesinado en plena calle o en los oscuros zaguanes de las casas. Los que salían con vida, aseguraban que un golpe seco en la cabeza los había derribado como un rayo, y que al recobrar él conocimiento comprobaban que les habían robado y que se encontraban lejos del sitio donde habían sido asaltados. Las personas muertas que casi todas las mañanas eran halladas en las calles o en las casas presen¬taban todas la misma herida mortal: una puñalada tan rápida y certeramente mortal, según el juicio de los mé¬dicos, que el herido se precipitaba al suelo sin poder emi¬tir un solo grito.
¿Quién, en la suntuosa corte de Luis XIV, enredado en alguna intriga amorosa, no se deslizaba bien entrada la noche a ver a su amada, llevando a veces consigo algún valioso regalo? Como si hubiesen tenido tratos con los es¬píritus, los pillos sabían exactamente cuándo iba a suce¬der algo por el estilo. Muchas veces el infeliz no llegaba a la casa donde lo esperaban las delicias del amor; otras, caía en el umbral, o incluso ante el cuarto de la amada, que tropezaba horrorizada con el cadáver ensangrentado.
En vano Argenson, el jefe de policía, ordenaba la de¬tención de todos los que en París resultaban sospechosos para el pueblo, en vano se enfurecía La Regnie y pro¬curaba arrancar confesiones; en vano se reforzaban las guardias y las patrullas. era imposible hallar la huella de los criminales. Sólo la precaución de armarse hasta los dientes y de hacerse acompañar con algún farol era útil en alguna medida. Sin embargo, hubo casos en que luego de atacar al sirviente a pedradas, se robaba y asesinaba a su señor.
Lo extraño era que, a pesar de todas las pesquisas que se hacían en los sitios donde podían venderse las alhajas, no aparecía ni el menor rastro de las joyas ro¬badas, y por lo tanto ninguna huella que pudiera conducir hasta los malhechores.
Desgrais se enfurecía al ver que los pillos eludían incluso su astucia.El distrito de la ciudad donde él se encontraba no eraperturbado, pero en el otro, donde no se sospechaba que pudiera pasar nada malo, el robo y el asesinato acechaban a sus preciosas víctimas.
A Desgrais se le ocurrió el ardid de crear varios Des¬grais, tan similares entre sí en el modo de andar, la pos¬tura, la voz, el aspecto y el rostro, que ni siquiera sus propios esbirros sabían dónde se encontraba el verda¬dero. Entretanto, él mismo se introducía, a riesgo de su vida, en los escondrijos más encubiertos, y seguía desde lejos a cualquiera que pudiese llevar alguna joya. Como pasaba el tiempo y nadie atacaba al perseguidor, todos supusieron que también de esa medida estaban enterados los ladrones. Desgrais se desesperaba.
Una mañana, pálido, desencajado y fuera de si, llega Desgrais a ver al presidente La Regnie. "¿Qué ocurre?, ¿qué noticias hay?, ¿encontró la pista?", exclamó el presidente al verlo. "¡Ah, señor mío!", empieza Desgrais, balbuceando de rabia. "¡Ah, señor mío! Ayer por la noche, no lejos del Louvre, el Marqués de La Fare fue atacado ante mis propios ojos." "¡Por todos los cielos!", exclamó jubiloso La Regnie. "¡Los tenemos!" "¡Oh, por favor!% lo interrumpe Desgrais sonriendo amargamente. "Escuche antes cómo sucedieron las cosas. Estoy detenido junto al Louvre y con el infierno dentro del pecho espero a los dia¬blos que se burlan de mí. Alguien se acerca con paso inseguro, dándose vuelta a cada momento, y pasa a mi lado sin verme. A la luz de la luna reconozco al Marqués de La Fare. Bien podía esperar que pasara por allí; sabia a dónde iba. Cuando está apenas a diez o doce pasos de mí, salta una persona como surgida de la tierra, lo arroja al suelo y se precipita sobre él. Sin reflexionar, sorprendido por el instante que podía poner al asesino en mis manos, doy un grito y quiero salir de mi escondite para caer de un salto sobre él; pero me enredo en la capa y me caigo. Veo que el hombre se escapa como llevado por las alas del viento; me levanto, lo persigo, doy la señal con el silbato (los esbirros responden desde lejos), todo se anima (rui¬do de armas y de caballos por todas partes). ¡Por aquí!
¡Por aquí! -Desgrais, Desgrais'-, gritó, y el eco resuena por las calles. A la luz de la luna sigo viendo delante de mí al hombre que para engañarme dobla en una y otra calle; llegamos así a la calle Nicaise; sus fuerzas parecen decaer; yo redoblo las mías. No me lleva más de quince pasos de ventaja." "¡Lo alcanza usted, lo captura, lle¬gan los esbirros!", exclama La Regnie con ojos centellean¬tes, tomando del brazo a Desgrais, como si fuera él el asesino perseguido. "¡ Quince pasos!", sigue diciendo Des¬grais con voz ahogada y respirando con dificultad. "A quince pasos, el hombre salta hacia un costado, a las som¬bras, y desaparece a través de la pared." "¿Desaparece? ¿Por la pared? ¡Usted delira!", exclama La Regnie retro¬cediendo dos pasos. "Llámeme loco", continúa Desgrais, pasándose la mano por la frente como para despejarla de malos pensamientos. "Llámeme loco, señor mío, o vi¬sionario disparatado, pero las cosas son tal como se las cuento. Me quedo como petrificado ante la pared, llegan sin aliento unos cuantos esbirros (y con ellos el Mar¬qués de La Fare que se ha recuperado) blandiendo la espada, encendemos las antorchas, revisamos la pared mi¬nuciosamente: ni un vestigio de puerta, ventana o aber¬tura. En una gruesa pared de piedra que da contra una casa cuyos inquilinos son personas sobre las que no pue¬de recaer ni la más mínima sospecha. Hoy he vuelto a observar todo detenidamente. ¡Es el mismo diablo que se burla de nosotros!"
La historia de Desgrais se difundió por todo París. Las mentes estaban llenas de hechizos, exorcismos de espíritus y pactos con el diablo, de la Voisine, de Vigou¬reux y del tristemente célebre sacerdote Le Sage. Y como es propio de la naturaleza humana que la tendencia a lo sobrenatural y lo maravilloso supere todo lo razonable, pronto se creyó aquello que Desgrais había dicho en el colmo de su furia: que el diablo mismo protegía a los in¬fames que le habían vendido sus almas.
Bien puede uno imaginarse que la historia de Des¬grais fue notablemente aderezada. Se imprimió el relato de esa historia (que se vendía en todas las esquinas), con un grabado en madera que representaba una espantosa imagen del demonio sumergiéndose en la tierra ante el espanto de Desgrais. Esto fue suficiente para amedren¬tar al pueblo y acobardar a los esbirros que ahora anda¬ban de noche por las calles temblorosos y vacilantes, pro¬tegidos con amuletos y bañados en agua bendita.
Argenson veía que los esfuerzos de la Chambre Ar¬dente no daban ningún resultado, y propuso al rey la creación de un tribunal específico, con mayores atribu¬ciones, encargado de perseguir y castigar a los delincuen¬tes. Pero el rey, convencido de que había dado ya dema¬siado poder a la Chambre Ardente, y perturbado por el horror de las incontables ejecuciones ordenadas por el sanguinario La Regnie, descartó la propuesta.
Se trató entonces de interesar al rey apelando a otro recurso.
En los salones de la Maintenon, donde el rey solía pa¬sar las tardes, y también trabajar con sus ministros hasta bien entrada la noche , se le entregó un poema en nom¬bre de los amantes amenazados, quienes elevaban su que¬ja, ya que si la galantería les imponía llevar un regalo valioso a la amada, cada vez arriesgaban en ello sus vi¬das. Constituía un honor y un placer derramar la propia sangre por la amada en un duelo caballeresco; pero muy distinto era el caso de un ataque traidor, insospechado, contra el cual era imposible defenderse. Pedían pues que Luis, la resplandeciente estrella polar del amor y la ga¬lantería, rasgara con su claro brillo la tenebrosa noche y develara el oscuro misterio que en ella se escondía. Así, agregaban, el divino héroe que ha vencido a sus enemigos, desenvainará su espada siempre victoriosa y esplen¬dente, y como Hércules a la serpiente de Lerna, como Teseo al Minotauro, derrotará al monstruo amenazador que devoraba todo placer amoroso y eclipsaba toda alegría, convirtiendo los días en sufrimiento sin fin y dolor sin consuelo.
Por más serio que fuera el asunto, no carecía el poe¬ma de giros ingeniosos y llenos de gracia, particularmen¬te en la descripción del miedo que acometía a los amantes cuando iban a visitar secretamente a la amada, y que aguaba desde un comienzo toda aventura galante. Puesto que el poema acababa con un panegírico ampuloso en ho¬nor de Luis XIV, era inevitable que el rey lo recibiera con visible agrado. Sin apartar los ojos del papel se vol¬vió hacia la Maintenon, releyó el poema en voz alta, y le preguntó luego sonriendo qué pensaba ella de los deseos . de los arriesgados amantes. La Maintenon, fiel a su sen¬tido de seriedad, y siempre con un cierto matiz de candi¬dez, replicó que los caminos ocultos y prohibidos no mere¬cían una protección especial, pero que los espantosos cri¬minales debían ser aniquilados. No satisfecho el- rey con esa respuesta ambigua, dobló el papel y ya estaba por regresar junto al secretario de Estado que trabajaba en la sala vecina, cuando sus miradas recayeron sobre la se¬ñorita de Scudéry que se había sentado en un pequeño sillón, no lejos de la marquesa. Se volvió a ella y la son¬risa gentil que se había esbozado en sus labios y mejillas y luego había desaparecido, volvió a dibujarse. De pie junto a ella, desplegando nuevamente el poema, dijo con voz muy suave: "Esta vez la marquesa nada quie¬re saber de las galanterías de nuestros caballeros ena¬morados, y me esquiva con caminos que no están me¬nos que prohibidos. Pero usted, Mademoiselle, ¿qué opi¬na de esta súplica poética?" La señorita de Scudéry se puso respetuosamente de pie; un furtivo rubor cubrió como
luz crepuscular las pálidas mejillas de la anciana dama, que inclinándose levemente, con los ojos vueltos hacia abajo, dijo:

Un amant qui craint les voleurs

N'est point digne d'amour.

El rey, sorprendido por el espíritu caballeresco de esas pocas palabras que superaban y echaban por tierra todo aquel poema con sus interminables tiradas de versos, ex¬clamó con mirada encendida: "¡Por San Dionisio, Made¬moiselle, es cierto! ¡Ninguna medida ciega, que castigue tanto a inocentes como a culpables, debe amparar la co¬bardía! ¡Que Argenson y La Regnie hagan lo suyo!
Todos los horrores de la época los describió Martiniére con los colores más intensos cuando a la mañana siguiente le relató a la señorita los sucesos de la noche anterior y temblorosa y vacilante le entregó el cofrecito.
Tanto ella como Baptiste, que estaba de pie en un rincón, pálido como un muerto, y que con miedo y angustia re¬torcía entre sus manos el gorro de noche casi sin poder hablar, le pidieron a la señorita, le suplicaron, que tomara todas las precauciones posibles al abrir el cofrecito. Pon¬derando y examinando el objeto misterioso, dijo ella con una sonrisa: "¡Los dos ver fantasmas por todas partes 1 Tan bien como ustedes y como yo saben esos infames ase¬sinos que espían, según ustedes dicen, hasta los rincones más recónditos de las casas, que no soy rica, y que aquí no hay tesoros por los que valga la pena matar. ¿Que se trate acaso de mi vida? ¿A quién puede importarle que muera una persona de setenta y tres años, que jamás per¬siguió a nadie más que a los malvados y a los pillos en las novelas que ella misma escribe; que compone poemas mediocres que no pueden despertar la envidia de nadie, que no va a dejar nada en el mundo, sino los vestidos de la anciana dama que visitaba la corte de vez en cuando, y unas docenas de libros bien encuadernados, con perfiles dorados? Y tú Martiniére: aunque relates la aparición de ese desconocido con todos los matices del horror, no creo que haya tenido mala intención." "Pero. . . "
Martiniére retrocedió tres pasos y Baptiste cayó de ro¬dillas ahogando una exclamación, cuando la señorita apretó un botón de metal en el cofrecito, y la tapa se abrió ha¬ciendo ruido.
Y cuál no sería la sorpresa de la señorita al ver que dentro del cofrecito brillaban un par de pulseras de oro, una con abundantes incrustaciones de piedras preciosas, y una gargantilla haciendo juego. Extrajo las joyas, y mien¬tras ella elogiaba el delicado trabajo de la gargantilla, Mar¬tiniére examinaba los ricos brazaletes y repetía una y otra vez que ni la misma Montespan tenía alhajas tan soberbias. "Pero ¿qué es esto? ¿Qué significa?", dijo la señorita de Scudéry. En ese mismo momento, vio que en el fondo del cofrecito había un papel plegado. Esperaba encontrar allí la solución del enigma. Apenas hubo ter¬minado de leer lo que decía la nota, el papel se le cayó de las manos trémulas; ella elevó una expresiva mirada al cielo y luego se dejó caer semidesvanecida en el sillón. Mar¬tiniére y Baptiste, asustados, trataron de ayudarla. "¡Oh!", exclamó con voz casi ahogada por las lágrimas, "¡ Qué ofensa, qué vergüenza! ¡Que tenga que pasarme esto a mi edad! ¿Acaso he sido imprudente y frívola, como una mu¬chacha? ¡Oh Dios, qué tremenda interpretación admiten aquellas palabras vertidas casi en broma! ¿Podrá acaso envolverme el crimen diabólico a mí, que desde la infan¬cia me he mantenido fiel a la virtud y a la piedad?"
Con el pañuelo ante los ojos, la señorita lloraba y so¬llozaba intensamente, de manera que Martiniére y Bap¬tiste, totalmente perplejos y angustiados, no sabían qué hacer para calmar el dolor inmenso de su bondadosa ama. Martiniére había recogido del suelo el nefasto papel, donde se leía

Un amant qui craint les voleurs

N'est point digne d'amour.

"Su agudeza de espíritu, señora, ha evitado que nosotros, que ejercemos sobre la debilidad y la cobardía el derecho del más fuerte y nos apropiamos de tesoros que iban a ser vergonzosamente dilapidados, fuéramos perseguidos con mayor encono. Reciba usted estas alhajas como prueba de nuestro agradecimiento. Es lo más precioso que hemos podido obtener, aunque usted debería lucir joyas mucho más hermosas. Le rogamos que no nos prive de su amis¬tad y guarde de nosotros un recuerdo benévolo."
LOS INVISIBLES
"¿Es posible?", exclamó la señorita de Scudéry cuando se hubo recuperado. "¿Es posible que alguien pueda tener la osadía desvergonzada de llevar tan lejos una burla per¬versa?" El sol brillaba claramente a través de los cortina¬dos de seda roja, y los brillantes que estaban sobre la meta junto al cofrecillo abierto adquirieron un resplandor ro¬jizo. Al verlos así, la señorita ocultó espantada su rostro, y ordenó a Martiniére que se llevara por el momento las terribles alhajas manchadas con la sangre de las víctimas. Después de guardar inmediatamente la gargantilla y los brazaletes en el cofrecillo, opinó Martiniére que lo más aconsejable seria llevar las alhajas al jefe de policía y relatarle lo sucedido desde el principio.
La señorita de Scudéry se puso de pie y empezó a reco¬rrer la habitación lentamente y en silencio, como reflexio¬nando acerca de lo que convenía hacer. Entonces ordenó
a Baptiste que preparara la litera y a Martiniére que la vistiese, porque sin demora iría a ver a la marquesa de Maintenon.
Llegó a casa de la marquesa cuando ésta se hallaba sola, como bien sabía la señorita, y llevó consigo el cofre¬cito con las alhajas.
Mucho se sorprendió la marquesa al ver que Made¬moiselle de Scudéry, que a pesar de sus años era la dig¬nidad y la gentileza personificadas, entraba pálida y trastornada, caminando con pasos inseguros. "¡Por todos los santos! ¿Qué ha sucedido?", exclamó ante la angustia¬da dama que totalmente fuera de sí apenas podía mante¬nerse en pie y trataba de llegar al sillón que la marquesa le acercaba. Cuando por fin estuvo en condiciones de ha¬blar, la señorita de Scudéry le relató la afrenta insoporta¬ble que había sufrido a causa de aquélla broma con la que irreflexivamente había respondido a la súplica de los amantes amenazados. Después de haber oído todo el relato, la marquesa le dijo que no se tomara tan a pecho el extra¬ño suceso, que la burla de aquella gentuza infame jamás podría herir a un alma noble y piadosa; finalmente, le pidió que le mostrara las joyas.
La señorita de Scudéry le entregó el cofrecito abierto, y la marquesa, al ver las maravillosas alhajas, no pudo evitar una exclamación de asombro. Tomó la gargantilla y los brazaletes y se dirigió con ellos hasta la ventana, de¬jando que el sol se reflejara y jugueteara sobre ellos; lue¬go acercó las delicadas piezas a sus ojos, para admirar la maravillosa habilidad con que estaba trabajado cada uno de los eslabones de las cadenillas.
De pronto, la marquesa se volvió hacia la señorita de Scudéry y dijo: "Mademoiselle, estos brazaletes y esta gar¬gantilla no puede haberlos hecho sino René Cardillac ".
René Cardillac era por entonces el mejor orfebre de todo París, uno de los hombres más ingeniosos y al mismo tiempo más singulares de su época. Algo menudo, pero de
anchas espaldas y constitución fuerte y robusta, Cardillac, con sus casi sesenta años, tenía la fuerza y la agilidad de un joven. Testimonios de aquel vigor inusual eran tam¬bién su cabello abundante, rizado y rojizo y su semblante recio y resplandeciente. Si no se hubiera sabido a ciencia cierta en París que Cardillac era un caballero de probada honra, desinteresado, franco, sin ambigüedades, siempre dispuesto a prestar su ayuda, la extraña mirada de sus pe¬queños ojos verdes y hundidos habría podido suscitar la sospecha de alguna astucia oculta, de cierta malignidad. Como se ha dicho ya, Cardillac era en su oficio el orfebre más hábil de París, y quizá. también de todo él mundo en aquella época. Profundo conocedor de la naturaleza de las piedras preciosas, sabía trabajarlas y engarzarlas de tal manera que las gemas que antes parecían deslucidas salían de su taller con brillante esplendor. Tomaba cada encargo con ardiente entusiasmo, y le que cobraba' era mínimo en relación con lo valioso de su trabajo. A partir de ese mo¬mento no descansaba; día y noche se lo oía martillar en su taller, y a menudo, cuando la obra estaba ya casi terminada, repentinamente le desagradaba la forma, du¬daba de la elegancia de algún engarce o de cualquier otro detalle mínimo y ello era motivo suficiente para vol¬ver a arrojar todo en el crisol y empezar de nuevo. De este modo, cada pieza era una obra de arte insuperable, que despertaba gran asombro en el cliente. Pero en tales cir¬cunstancias, apenas era posible obtener de él la joya terminada. Dilataba con mil pretextos la entrega de una se¬mana a otra, de un mes al mes siguiente. En vano le ofre¬cía el cliente pagarle el doble por el trabajo; Cardillac no quería aceptar ni un solo luis más de lo estipulado. Y cuando por fin tenía que ceder ante el acoso del cliente y entregarle la alhaja, no podía evitar la manifestación de su profundo disgusto, de la furia que lo abrasaba. Después de haber entregado algún trabajo importante, particularmente valioso, tal vez por el inmenso valor de las gemas o por la delicadeza de la orfebrería, entonces se ponía a an¬dar de un lado a otro como un enloquecido, maldiciéndose a si mismo, a su trabajo y a todo lo que lo rodeaba. Pero bastaba que alguien lo persiguiera gritando en voz alta: "René Cardillac, ¿querría usted hacer una bella gargan¬tilla para mi novia ... pulseras para mi niña. . . " u otra cosa, para que se detuviera, mirara a la persona con ojos centelleantes y frotándose las manos le preguntara: "¿Qué tiene usted para ello?" El otro muestra un cofrecito y dice: "Aquí hay algunas piedras; nada extraordinario, pero en sus manos..." Cardillac no lo deja terminar; le arrebata el cofrecillo de las manos, saca las gemas, que realmente no valen mucho, las expone a la luz y exclama entusiasmado: "¡ Oh! ¿Nada extraordinario dice usted? De ninguna manera, son piedras hermosas, magníficas pie¬dras... ¡ Déjeme hacer a mí! Y si no le importa un pu¬ñado más o menos de luises, agregaré todavía algunas ge¬mas más que resplandecerán ante sus ojos como el mismo sol!" El otro responde: "Dejo todo en sus manos, maestro René, y le pagaré lo que pida". Sin hacer diferencias entré un burgués rico o un importante caballero de la corte, Car¬dillac le arroja los brazos al cuello, lo abraza y exclama que ahora está contento otra vez, y que el trabajo estará listo en ocho días. Corre a su casa atropelladamente, se mete en el taller y empieza a martillar, y en ocho días ha hecho una verdadera obra de arte. Pero en cuanto llega el cliente era pagar la escasa suma acordada y quiere lle¬varse -la alhaja, Cardillac se irrita, se muestra descortés y obstinado. "¡Pero maese Cardillac, piense que mañana es mi boda!" "¡Qué me importa a mí su boda, vuelva en catorce días!" "La joya está terminada; aquí está el dine¬ro, la necesito hoy." "Y yo le digo que tengo que cambiar algunas cosas y que hoy no se la entregaré!" "¡Y yo le digo que si no me la entrega por las buenas a pesar de que ofrezco pagarle el doble, me verá regresar enseguida con los esbirros más serviciales de Argenson !" "¡Que Sa¬tanás lo torture con cien tenazas al rojo vivo, y cuelgue un peso de tres quintales de la gargantilla para que su novia se asfixie!" Con estas palabras, Cardillac le mete al novio la alhaja en el bolsillo, lo arrastra del brazo y lo arroja por la puerta de tal modo que el pobre baja la esca¬lera rodando, y desde la ventana se ríe diabólicamente cuando ve que el hombre sale de la casa rengueando y san¬grando por la nariz.
Otra conducta inexplicable: muchas veces, luego de aceptado con entusiasmo algún trabajo, de pronto Car¬dillac le suplicaba al cliente, con todas las muestras de una profunda agitación interior, con los ruegos más es¬tremecedores, con sollozos y lágrimas, por la Virgen y por todos los santos, que le permitiera abandonar la ta¬rea encomendada. Varias personas que gozaban de gran consideración por parte del rey y de la opinión pública habían ofrecido en vano altísimas sumas de dinero por obtener de Cardillac aunque más no fuera una pieza in¬significante. El se arrojaba a los pies del rey y, entre ruegos, le pedía ser dispensado de trabajar para él. Del mismo modo evitaba cualquier encargo de la Maintenon; así, rechazó con espanto y horror el pedido de ella con¬sistente en hacer un pequeño anillo con los emblemas del arte que queria obsequiarle a Racine.
"Apuesto", dijo la Marquesa, "apuesto a que si manda llamar a Cardillac para averiguar para quién hizo estas joyas, se negará a -venir temiendo tal vez algún encargo; decididamente, no quiere hacer nada para mi... Sin embargo, desde hace algún tiempo parece estar un poco menos obstinado; por lo que escuché, trabaja ahora con más empeño que nunca y entrega su trabajo sin dila¬ciones, si bien aún conserva una mueca de profundo dis¬gusto y suele no mirar al cliente."
La señorita de Scudéry, muy preocupada porqué la joya volviera lo antes posible a manos de su legítimo due¬ño, observó que podía explicársele a aquel extraño orfe¬bre que sólo se requería dé él un juicio respecto de al¬gunas piezas, y que de ningún modo se le encomendaría algún trabajo. La marquesa estuvo de acuerdo; mandó llamar a Cardillac y al poco rato, como si ya hubiese estado en camino, hizo su entrada.
Al ver a la señorita de Scudéry pareció turbarse, como alguien que, sorprendido por lo inesperado, olvida las exigencias sociales que prescriben las circunstancias, se inclinó primero profunda y respetuosamente ante ella, y sólo después se dirigió a la marquesa. Esta, señalando las alhajas que brillaban sobre el oscuro terciopelo verde que cubría la mesa, le preguntó apresurada si las había hecho él. Cardillac las miró de soslayo, colocó rápidamente los brazaletes y la gargantilla dentro del cofrecito que estaba al lado y lo apartó con desagrado. Entonces, mientras una fea sonrisa se e deslizaba sobre el rostro rubi¬cundo, dijo: "En verdad, señora marquesa, hay que cono¬cer muy mal el trabajo de René Cardillac para pensar sólo por un instante que cualquier otro orfebre del mundo hu¬biese sido capaz de realizar estas alhajas. Por supuesto que son obra mía". "Dígame entonces", lo interrumpió la marquesa; "para quién las ha realizado". "Para mí", repli¬có Cardillac. "Sí", agregó al observar que la marquesa y la señorita de Scudéry lo miraban asombradas, aquélla con desconfianza, ésta curiosa por ver cómo se resolvería el asunto. "Sí, tal vez le parezca extraño, señora marquesa, pero es así. Sólo por la belleza del trabajo reuní mis pie¬dras más hermosas, y trabajé con más alegría, empe¬ño y cuidado que nunca. Hace poco . tiempo, las joyas desaparecieron de mi taller de manera incomprensible." ";Gracias a Dios!", exclamó la señorita de Scudéry, con la mirada resplandeciente de alegría, y levantándose de su sillón con la agilidad de una muchacha, se dirigió a Cardillac y poniéndole ambas manos sobre los hombros le dijo: "Recupere pues, maestro, lo que perversos la¬drones. le han robado". Relató entonces detalladamente cómo habían llegado hasta ella las alhajas. Cardillac escuchaba en silencio con la mirada baja y de vez en cuando dejaba escapar alguna exclamación casi imper¬ceptible en medio del relato, llevándose las manos a la es¬palda o acariciándose la barbilla o las mejillas. Cuando la señorita de Scudéry dio fin al relato, Cardillac pare¬cía estar luchando con extrañas ideas que entretanto se le hablan ocurrido; era como si estuviera debatiéndose para tomar alguna difícil decisión. Se pasaba la mano por la frente, suspiraba, y se llevaba luego la mano a los ojos como para retener las lágrimas. Por fin, tomó el cofrecito que la señorita le ofrecía, se hincó de rodillas y dijo: "A usted, noble señora, le destinó el hado estas joyas. Sí, recién ahora me doy cuenta de que mientras trabajaba en ellas pensaba en usted y trabajaba para usted. No se niegue a 'aceptar de mí estas alhajas que son lo mejor que he hecho desde hace muchos años". "¡Ay, ay, ay!", replicó la señorita de Scudéry en son de broma. "¿Piensa usted, maestro René, que estaría bien que a mis años me adornara con piedras preciosas? ¿Cómo se le ocurre hacerme un regalo tan valioso?. Vamos, vamos, maestro René, si yo fuera tan hermosa y rica como la marquesa de Fontanges, realmente no dejaría escapar este presente, pero ¿cómo luciría tanto lujo en mis brazos marchitos? ¿De qué serviría ese adorno resplandeciente en mi cuello siempre cubierto?" Entretan¬to, Cardillac se había puesto de pie, y con ojos trastornados, casi obligando a la señorita de Scudéry a tomar el cofrecito que él le tendía, decía: "Sea bondadosa, mademoiselle, acepte las joyas. No sabe la honda veneración que profeso por usted, por sus virtudes, por sus méritos. Acepte mi pequeño obsequio como una muestra de mis profundos sentimientos". Como la señorita de Scudéry vacilaba aún, la Maintenon tomó el cofrecito de manos de Cardillac diciendo: "Por todos los cielos, mademoiselle, siempre está hablando de sus años. ¡Qué tenemos que ver usted y yo con los años y su carga! ¿No se está comportando ahora mismo como una tímida mu¬chacha que gustosamente tomaría el dulce fruto que se le ofrece, si para ello no tuviera que emplear sus manos y sus dedos? No rechace este regalo del maestro René, que otras mil mujeres jamás podrían obtener de él, a pe¬sar de todo el oro ofrecido, de todos los ruegos y las súplicas".
La marquesa le había puesto así el cofrecito entre las manos y la había forzado a tomarlo. Entonces Cardillac se arrodilló, besó las faldas de la señorita y sus manos, suspiró, gimió, lloró, se levantó, y se alejó co¬rriendo como un loco, llevándose por delante sillas y sillones y haciendo temblar porcelanas y cristales.

current mood: cranky
current music: dANCE OF cURSE

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12:50 pm - Gatos de Ulthar el Suicida de Borges
LOS GATOS DE ULTHAR-H.P.LOVECRAFT
Se dice que en Ulthar, que se alza más allá del río Skai, a ningún hombre le está permitido el matar un gato; y eso es algo que puedo muy bien creer cuando contemplo al que se enrosca ronroneando ante el fuego. Ya que el gato es un ser críptico, y está cerca de cosas extrañas que resultan invisibles para el hombre. Es el alma del viejo Egipto, el portador de cuentos sobre las olvidadas ciudades de Meros y Ofir. Es de la estirpe de los señores de la jungla y heredero de los secretos del África antigua y siniestra. La esfinge es su prima, y el gato habla su lenguaje; aunque el primero es más viejo que la segunda y recuerda cuanto ella ha olvidado.
En Ulthar, antes de que los ciudadanos prohibieran matar gatos, vivían un viejo campesino y su esposa, y disfrutaban tendiendo trampas y dando muerte a los gatos de sus vecinos. Por qué lo hacían no se sabe, excepto que hay quien aborrece los maullidos de los gatos durante la noche, y le enferma que merodeen por patios y jardines durante el crepúsculo. Pero, por lo que fuese, ese anciano y su mujer gozaban atrapando y matando a cualquier gato que se aproximara a su chabola; y a juzgar por algunos de los sonidos que se oían tras la caída de la noche, algunos ciudadanos suponían que el medio de muerte empleado debía ser sumamente peculiar. Pero la gente no discutía tales cosas con el viejo y su esposa; tanto por la expresión que se leía habitualmente en sus rostros marchitos como por el hecho de que su casa fuera tan pequeña y estuviera tan oculta en la oscuridad, bajo corpulentos robles, al fondo de un patio descuidado. Realmente, por mucho que los propietarios de gatos odiaran a esa gente extraña, aún los temían más, y en vez de encararlos como asesinos brutales se limitaban a cuidarse de que sus queridas mascotas, o sus cazadores de ratones pudieran extraviarse por la alejada chabola bajo los oscuros árboles. Cuando a causa de algún descuido inevitable se perdía un gato, y aquellos sonidos se alzaban en la oscuridad, el damnificado podía lamentarse impotente o consolarse dando gracias a la suerte de que no se tratase de uno de sus hijos el perdido, ya que la gente de Ulthar era sencilla y no conocía el origen de los gatos.
Un día, una caravana de extraños vagabundos del sur penetró en las estrechas calles adoquinadas de Ulthar. Oscuros viajeros eran, distintos a las demás gentes errabundas que pasaban por el pueblo un par de veces al año. En la plaza del mercado leían el porvenir a cambio de plata y compraban hermosas baratijas a los comerciantes. Nadie sabría decir cuál era la tierra natal de esos viajeros; pero se les había visto rezar extrañas plegarias y los costados de sus carros estaban decorados con exóticas figuras de cuerpo humano y cabezas de gatos, halcones, carneros y leones. Y el jefe de la caravana lucía un tocado con dos cuernos y un curioso disco entre ambos.
En esa pintoresca caravana figuraba un muchachito sin padre ni madre, con tan sólo un diminuto gatito a su cargo. La plaga no había sido benévola con él, aun cuando le había dejado esa pequeña cosa peluda para consolarse en su pena; y cuando uno es muy joven puede encontrar gran alivio en las vivaces trastadas de un gatito negro. Así que el niño a quien el pueblo oscuro llamaba Menes sonreía más a menudo de lo que lloraba al sentarse jugando con su gracioso minino en los peldaños de un carro exóticamente decorado.
La tercera mañana de estancia de los trotamundos en Ulthar, Menes no pudo encontrar a su gato; y mientras sollozaba a solas en la plaza del mercado, algunos lugareños le hablaron del anciano y su esposa, así como de los sonidos que se oían durante la noche. Y cuando escuchó tales cosas, el sollozo dejó paso a la reflexión, y finalmente a un ruego. Tendió sus brazos hacia el sol y oró en una lengua que los ciudadanos no podían entender; aunque tampoco se cuidaron demasiado de comprenderla, ya que su atención estaba mayormente vuelta al cielo y a las extrañas formas que iban tomando las nubes. Resultaba muy curioso, porque según el muchachito hubo completado su petición, parecieron formarse sobre las cabezas las sombrías, nebulosas formas de seres exóticos; de híbridas criaturas coronadas con discos flanqueados por cuernos. La naturaleza es pletórica en tales ilusiones, listas para impresionar a los imaginativos.
Esa noche los vagabundos abandonaron Ulthar y nunca volvieron a ser vistos. Y los lugareños se vieron turbados al advertir que en todo el pueblo no podía encontrarse un solo gato. El familiar gato había desaparecido de cada hogar; gatos grandes y pequeños, negros, grises, listados, amarillos y blancos. El viejo Kranón, el burgomaestre, juraba que el pueblo oscuro se los había llevado en venganza por la muerte del gatito de Menes, y maldijo tanto a la caravana como al mozuelo. Pero Nith, el enjuto notario, aventuró que el viejo campesino y su mujer resultaban más sospechosos, ya que su aversión a los gatos era de sobra conocida, y cada vez parecía más audaz. No obstante, nadie osó quejarse a la siniestra pareja, aun cuando el pequeño Atal, el hijo del ventero, juró haber visto al crepúsculo a todos los gatos de Ulthar en ese maldito patio bajo los árboles, desfilando lenta y solemnemente en círculo alrededor de la choza, de a dos, como ejecutando algún desconocido rito de las bestias. Las gentes no sabían si prestar atención a alguien tan pequeño; y aunque temían que la maligna pareja hubiera embrujado a los gatos para matarlos, prefirieron no encararse con el viejo campesino hasta que pudieran pillarle fuera de su oscuro y repulsivo patio.
Así que todo Ulthar se acostó lleno de rabia impotente; y cuando la gente despertó al alba... ¡mirad! ¡Cada gato había vuelto a su hogar! Grandes y pequeños, negros, grises, listados, amarillos y blancos, ninguno se había perdido. Los gatos aparecían muy gordos y lustrosos, atronando de ronroneos satisfechos. Los ciudadanos hablaban entre sí sobre el asunto, no poco maravillados. De nuevo, el viejo Kranón insistió en que habían sido retenidos por el pueblo oscuro, ya que no hubieran regresado vivos de la choza del viejo y su mujer. Pero todos estaban de acuerdo en algo: en que la renuncia de los gatos a comer sus raciones de carne o beber sus platillos de leche resultaba sumamente curioso. Y durante dos días completos, los lustrosos, los perezosos gatos de Ulthar no tocaron su comida, limitándose a dormitar junto al fuego o al sol.
Transcurrió una semana completa antes de que los pueblerinos se percataran de que no se encendían luces tras las polvorientas ventanas de la choza bajo los árboles. Entonces el enjuto Nith apostilló con que nadie había visto al viejo o a su mujer desde la noche en que desaparecieron los gatos. Una semana más tarde, el burgomaestre decidió sobreponerse a sus miedos y acudir, como a un deber, a la morada extrañamente silenciosa; aunque tomó la precaución de hacerse acompañar por Shang el herrero y Thul el picapedrero a modo de testigos. Y cuando hubieron echado abajo la endeble puerta, tan sólo hallaron esto: dos esqueletos humanos, mondos y lirondos, sobre el suelo de tierra, así como gran número de curiosos escarabajos escabulléndose por los rincones en sombras.
Subsecuentemente, hubo muchas discusiones entre los ciudadanos de Ulthar. Zath, el alguacil, discutió largo tiempo con Nith, el enjuto notario; y Kranón y Shang y Thul fueron acosados a preguntas. Incluso Atal, el hijo del ventero, fue interrogado a fondo y recibió una golosina a modo de recompensa. Se habló del viejo campesino y de su esposa, de la caravana de oscuros vagabundos, del pequeño Menes y su gatito negro, de la plegaria de Menes y del cielo durante tal oración, de lo que hicieron los gatos la noche de la partida de la caravana, y de lo que más tarde fue hallado en la choza bajo los árboles oscuros en aquel patio repulsivo.
Y por fin los lugareños aprobaron esa señalada ley que es comentada por los mercaderes en Hatheg y discutida por los viajeros en Nir; a saber, que en Ulthar nadie puede matar a un gato.
El Suicida-Borges
.No quedará en la noche una estrella.
No quedará la noche.
Moriré y conmigo la suma
Del intolerable universo.
Borraré las pirámides, las medallas,
Los continentes y las caras.
Borraré la acumulación del pasado.
Haré polvo la historia, polvo el polvo.
Estoy mirando el último poniente.
Oigo el último pájaro.
Lego la nada a nadie.

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Wednesday, November 5th, 2008
8:46 pm - El ojo de Dios y el gato negro
En el principio del tiempo hubo un solo dios,y tuvo dos hijos,un leon y una leona,que dieron origen a la humanidad.Pero la humanidad deshecho lo que Dios les ofrecìa se rieron y depredaron.
El dios sol permanecio donde estaba,sufriendo por la maldad de los humanos.
Su hija,el OJO DE RA,La Poderosa,Señora de la Flama,la Hija de Dios,no lo soporto y enloquecida de furia se lanzò sobre la tierra y la agostò con su ardiente aliento.Mato a miles y el sabor de la sangre envicio su deseo de vengar a Dios.
Ra sintio entonces compasion por sus criaturas que se lamentaban entre las cenizas del mundo que èl aùn estaba creando.Pero la furia de Sekhmeth no podia detenerse.
Envio entonces a Shu,su hermano,señor del aire,y a Thot,la Sabiduria,a intentar convencerla de aplacar su colera y volver junto a èl.
Shu la amaba profundamente y Thot hizo brotar rios de vino que ella bebio creyendo que era sangre.El vino aplacò su sed de sangre y la leona volvio en sì.Retorno entonces junto a Ra,que la puiso sobre su frente,como su protectora.
Tefnut era su nombre,Sekhmeth el de la Poderosa,la Dama Roja,y cuando se aplaca,se convierte en Bastet,la diosa de Bello Rostro,señora de la mùsica,de madres y niños,pero que confunde el ojo de Rah,que en egipcio significa el Gran Verde,en sus ojos esmeraldas para horadar las sombras y atacar a Apopis,la Serpiente que todas las noches amenaza al dios sol.
Sekhmeth es tambien señora de la Alquimia y la Medicina,la Vengadora de Dios,la defensora de los justos en el Juicio de las Almas,y su mision es preservar el gran principio por el que se regìa la vida de los egipcios;LA MAAT,LA VERDAD Y LA JUSTICIA.
El Ojo de Horus eventualmente fue a manos de Bastet,la deliciosa diosa gata,que con èl cura a la humanidad de las heridas que ha infligido Sekhmeth cuando orguyllosa la castiga por sus malos hechos antes Dios.
Ying y yang,este sincretismo de la diosa felina llegò a sobrevivir a la furia iconoclasta de Akhenaton,cuando los arqueologos entraron en las ruinas de Akhetaten,estatuas de sekhmet estaban desparramadas entre modles de los rayos de Aton y las escenas de la vida familiar privada del faraòn...
Y es que Sekhmeth no es exactamente una diosa,sino que es llamada Princesa,la Hija de Dios,su protectora,y protectora por ende del Faraòn.El titulo Hija de Dios serìa resucitado cientos de siglos màs tarde por una doncella campesina en los campos de Francia,la Puccelle Jeanne d'arc...
Es curioso que el ojo de rah,la antigua leyenda del Ojo de Dios me ronda cada vez que alguien indica que le disgusta la presencia de un gato o còmo le mira,indefectiblemente a la larga o a la corta su doblez queda revelada.
Aun sin ser dioses,estos pequeños descendientes de Bastet aun juzgan y taladran malas intenciones en el alma humana.El ojo de rah,su regalo,el ojo de Dios aùn resplandece en sus pupilas mientras ronronean suavemente o se mecen entre las rmas de los arboles,salvajes,inasequbles,magnìficas,sedosas,capaces de leer los malos pensamientos,pero sin el arma terrible de Sekhmeth...
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En Halloween los gatos negros son mala suerte.Debes destruirlo,evitarlo¡
Me pregunto de dònde habrà nacido este disparate...
A ver,en el Antiguo Egipto el culto de la diosa Bastet se materializaba en una mujer con cabeza de gata NEGRA.Bastet no era una diosa agresiva,resultaba tan efusiva y encantadora como una gatita de compañìa.Su culto fue tan importante como que cuando la dinastia Tinita se removio a buscar otra capital,transportaron con ellos el culto y los templos de la diosa gata,y hubo dinastìa que estaban dedicadas a ella.Asimilada a Artemis,diosa de los bosques,es una rara sincretizacion de credos que armaron una deidad proteccionista(?),señora de la Luna,de los niños,la mùsica,la alegria.
En la vida de los celtas,el gato negro era una criatura privilegiada,sus verdes ojos de Bastet incluso eran las puertas al reino elusivo de las hadas.A causa de este don,los celtas tenian gatos negros protegiendo sus umbrales en contra de los espìritus malignos...Existe la leyenda de Irusan,Rey de los Gatos,que vivian bajo las colinas como los Tuatha de Danan,los Sidhe,un igual...
Y en Japon un paraiso llamado la Montaña de Los Gatos està vedado a los humanos,sòlo entran aquellos dueños que han sido gentiles y amados por sus mininos por breve lapso,los intrusos son destrozados.Pero no todo es tan temible en los gatos,que por un lado eran tramposos como la dama Zorra,y por otro lado capaces de abnegados ejemplos de agradecimiento a que tan afectos son los japoneses.Y el gato negro tambien ha entrado por esta puerta.
La Maneki-neko es una invencion japonesa,ni china ni coreana,nace en el siglo XVII y aunque se dan muchas versiones,todas parecen narrar una simple casualidad afortunada tan bonita como un cuento de hadas,con una simple gatita juguetona de protagonista.A veces es un Daymio perdido en un bosque atezado de enemigos que le acechan,y la gatita es de un monje pobre,a veces Tama es mascota de un pobre tabernero y un aunh màs pobre poblado en medio del paisaje invernal,abandonados de los demàs,y que salva un joven monje de una tormenta de nieve y da a los aldeanos la apertura del templo y la renovacion de la riqueza y los contactos con los otros poblados.Maneki neko es Tama,la gatita que alza su manecita jugando,quiza cazando mariposas,o copos de nieve y que atrae la atencion del personaje en peligro,sustrayendolo de este a la lumbre de un hogar confortable.
El color de Maneki neko cambia segun el ineteres de la fortuna,el blanco para la Buena suerte,el dorado para atraer dinero,el verde para hacer crecer las plantas,el rosado para atraer el amor.
Hay una Maneki-neko negra.Aleja los demonios que amenazan el hogar.
Los pescadores solian llevar un gato en sus embarcaciones para tener buena suerte.
Y ahpra digo yo,si sumamos toda esta suma de folcklore y mitologias,de dònde nacio que el gato negro trae mala suerte?
Algunos dicen:en la edad media.Con su portentoso claroscuro,el tema de la quema de brujas no es precisamente un logro,y tampoco voy a criticarlo,mediaba la epoca y la falta de conocimiento para diferenciar casos de locura,maledicencia,medicina natural.Por ejemplo,los Templarios trajeron de las cruzadas una familia de gatos para cazar las ratas,y eso les preservo de l a peste negra.Eventualmente caidos en desgracia,frente a una propaganda fenomenal pergeñada por Felipe el Hermoso y el Patarino,sus gatos grises tambièn fueron mal vistos,y se acuso a los templarios de adorar a un gato negro...El hàbito de los templarios es negro.Habrà bacido acà?
Tristemente,el caso de los Templarios està aun mal cerrado,y la bula papal descubierta recientemente donde el papa que les condeno les exoneraba frente a sus enemigos,no recupera aùn su prestigio ante la iglesia.Y sus compañeros que cazaban ratones han seguido su triste suerte...
Repito,no es la ignorancia de la Edad Media,es la estupidez de estos tiempos presentes la que hace victimas de estas hermosas y dignas e INOCENTES criaturas.
Y en el final de todo,si pertenecemos a la Cristiandad,hay un extraño segmento donde Jesus alaba a los pajaros y las flores,comparandolos por encima de las riquezas y joyas de Salomòn.Toda criatura es la Gloria de Dios.Y el rol del hombre no es depredar,en el gènesis su rol es el de Pastor.Nosotros protegemos la gloria de Dios,la Naturaleza,y es una grave falta,un pecado de soberbia,pretender destruirla.No es el mundo nuestro,porque estamos en èl apenas por unos cientos de miels de años.Los dinosaurios han vivido millones,eran ellos mejores?Què nos hace mejores?La supervivencia solamente?O el ejercicio de la compasiòn?
En què momento el La llama de La Poderosa devendrà en la suave caricia de la señora de la Alegrìa?Mientras tanto,el ojo de Dios aùn se refleja en los verdes ojos felinos,su pequeña criatura,diminuta,fràgil,que no mueve pueblos ni agita tormentas de guerra,sòlo observa...Observa a traves del tiempo y el espacio...y su vision llega al lugar adonde sòlo sabrenos la verdad de nuestras acciones cuando abandonemos nuestra corteza y vistamos la veste del espìritu,a la que todos pertenecemos,los hijos de la Naturaleza,la hija de Dios.
Los Hijos de Dios.

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Thursday, September 11th, 2008
10:49 pm - I STILL REMEMBER...


I STILL REMEMBERVERY WELL

current mood: sad
current music: The Passion of the Christ soundtrack

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Sunday, December 30th, 2007
7:58 pm
Estoy tan cansada de Miriam...Su mente està devariando,pero indefectiblemente yo llevo la peor parte de su "falta de memoria",y se encarga de que los demàs sepan Su lado de la verdad.Si es que tiene la verdad en algùna parte de su persona.
Y còmo creer a una mujer que perdiò su casa,sun trabajo,sus maridos,su auto,la pensiòn de su padre,y su dni?Debemos ser muy dementes Rosita y yo para creerla.Ni Guillermina ni Alejandra la toleran.
Pero lo malo es que vive murmurando conspiraciones,algunas pesonales,como las de su celular y el nùmero de Susana-crease o no-la del vecino abogado de enfrente,que la siguiò hasta el supermercado y le enviaba su hijito de 3 años para que la molestara(?),el complot de 5 casas distintas para volverlas locas a ella y Rosita-que se toma todo con filosofìa-o para robar la casa,o quièn sabe què locura se le ocurre.
Ayer fui a buscar la paga del fin de semana y la encontrè en la casa.La sobrina de Rosita me habia dado la sensacion de que querìa que cuidara la casa,pero Miriam,que al principio se lanzò de inmediato a la idea para que alimentara a las gatitas,cambio de pronto y agarrò la llave como si fuera a robarsela despuès de pasar gritando por el jardin que para què querìa yo la llave y que tenìa yo que hacerme una copia-aunque ra ella la que la habia perdido y armò un escandalo mayusculo con la empleadora-.A los 15 minutos de andar renegando,yo decidì irme,y la puerta de calle estaba cerrada,le dije que me abriera,que me iba.Y saltò conque la llave habìa desaparecido,y me empezò a atacar de que tenìa yo la llave.Jurado,llevaba pantaletas y el vestido,nada màs,y sandalias.El bolso fue abierto,y encima agarraba las llaves de casa una y otra vez-las de MI casa.Terminè amenazàndola-y amenazàndola con violencia-para que cortara y empezara a buscar en sus cosas.Al final la encontrò.Le sugerì que tratara de pedir permiso para unas vacaciones mientras Rosita estaba en el hospital,pero le vi saltar la sospecha cuando dije que me iba a hacer cargo de alimentar a los animales y limpiar-LIMPIAR¡LIMPIAR¡ESA CASA SE LA COMEN LAS CUCARACHAS CON ELLA ADENTRO¡¡-A estas horsas habrà ido corriendo con la sobrina a decirle que yo le tratè de robar la llave para quedarme adentro.Lo ùnico que me faltaba.
Va siendo hora de buscar un trabajo màs salubre-lo de Miriam sale màs fàcil,tarde o temprano,a pesar de todo su juego de mentiras la descubro a cad momento,y va a terminar por revelarse...Pero tengo miedo por Rosita,vive gritàndola y no està en condiciones de sufrir una energùmena histèrica y frustrada.Tiempo al tiempo.Tengo que hablar,tengo que quebrar el cascaròn,pero para mì esa càscara es como las paredes de FORT KNOXS

current music: Nightwish

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Monday, October 15th, 2007
11:44 pm - gh5
Ok.Pensamientos libres.Ayer fue un dìa horrible.
Sobre gh5,apesta.Eugenia afuera,y el pobre Esteban estaba inconsolable,Quièn lo hubiera dicho?No vi AM,estaba decidida a dejar de ver el programa,pero al final vi el del mediodìa.Eugenia estaba,no se habìa quedado a descansar,y se vio de frente con lo que hizo Damian a espaldas de ella,y còmo estaba Esteban...Y dio el ùnico dìa lindo de este gran hermano 5,porque hasta Marisa Brel estaba delirando cuando dijo que se habìa enamorado.Y despuès de la muestra de Esteban destruido sin interès en seguir-y èl entrò para jugar y ganar los 150.000¡-creo que todas las chicas estaban a los pies del pobre,incluìda Mariana-que ya se habìa fijado y notò que Esteban podìa llegar a la final.
Pero eso no quitaque este gh es decepcionante.Decepcionante porque el votante externo no diferencia entre un juego,una estrategia bien armada,y sencillamente votar marginales para divertirse.El juego se tornò mediocre y plano,y los dos lìderes son,para decirlo llanamente,repulsivos.Es màs,la suma de votos al final es extraña,alguien puede pagar votos masivos con una llamada de $3 cada vez?A menos que sean celulares robados,lo que no me extraña,en el barrio del Pimpi los chicos viven cion celulares robados y muchso votaron en los gh anteriores,dos marginales como Damian y Andrea pueden haber picado su curiosidad o incluso puede haber algùn circuito de apuestas que fuerza esa mano incluso contra jugadores hàbiles removidos simplemente porque prefieren darle el premio a uno de los dos-y jurarìa que la cosa està en Andrea...
La ùnica salida ahora es mezclar la imagen de Esteban con Juan Expòsito y Jacky Dutra y buscar a los votantes que optaron por esa lìnea,que desaparecieron cuando el juego se volviò agresivo y dejò de ser juego.
Pero se puede volver atràs?La mejor pareja es la de Esteban Eugenia.Javier y Florencia son una pareja,pero estàn tabn cercados como Soledad,que,a pesar de los ascos de Dorio,al final de cuentas fue forzada a convertirse en lo que era Juan Simòn para los worlds,aunque consentido por todos lados.

current music: Nightwish,Ghos Love Score

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